Lo extraordinario y crítico en la mira de las ciencias sociales

Existen abundantes términos analíticos para referirse a los eventos extraordinarios y críticos; desastres, crisis, calamidades, y catástrofes, solo para mencionar algunos. No es sencillo encontrar un ‘término paragua’ que defina al campo de estudio, pero para facilitar aquí la descripción de este campo multidisciplinario y cuál es el aporte de la antropología al mismo, nos atendremos a una categorización más usada por los investigadores, más precisamente la de desastre y crisis. Desde luego, existen también múltiples las definiciones de estos conceptos, y la diferencia cualitativa y cuantitativa de los mismos ha motivado debates y taxonomías varias (Quarantelli 1998; Oliver-Smith 1999). No es el lugar, ni el momento de ahondar en estos debates, sino que consideramos suficiente, para los fines de este número especial, aclarar aquí algunas características que los separan y otras que tienen en común. Como lo problematizará Sergio Visacovsky en su artículo, son conceptos y fenómenos intrínsecamente relacionados.

El concepto desastre suele usarse cuando hay un agente ambiental o tecnológico que dispara la situación, que tiene efectos materiales y humanos severos. En esta categoría se pueden ubicar tres de los artículos en este número, al analizar los efectos de un incendio en una discoteca (Diego Zenobi), la contaminación radioactiva en habitantes por el desmantelamiento de un dispositivo de radioterapia abandonado (Telma Camargo da Silva) y la inundación de un río (Susann Baez Ullberg). El cuarto artículo de nuestro número especial, escrito por Sergio Visacovsky, ahonda en el concepto de crisis, que refiere más bien a situaciones límites que ponen a la prueba a la sociedad y los actores sociales que la tienen que atravesar, que exigen explicaciones y motivan todo tipo de intervenciones, pero que no necesariamente hay efectos materiales inmediatos, ni víctimas fatales. Ambos fenómenos pueden entenderse como productos propios de la modernidad posindustrial y de nuestras sociedades de riesgo, tal como ha señalado Beck (1992), o para usar un concepto más reciente, el antrópoceno, si bien existen casos históricos que nos hacen pensar que los desastres y las crisis pueden ser fenómenos tan antiguos como la humanidad misma. Son momentos liminales que se hallan entre un antes y un después. Como dan cuenta los artículos en este número especial, son experiencias extraordinarias de la espacialidad (porque suceden en territorios determinados), de la temporalidad (porque ocurren en coyunturas determinadas) y de la materialidad (porque de cualquier modo afecta nuestra vida diaria en múltiples sentidos). Son eventos críticos porque son sucesos claves para la (re)definición y la (re)producción de relaciones sociales, políticas y ambientales en las sociedades (cf. Kapferer 2010; Meinert & Kapferer 2015), al mismo tiempo que son procesos porque son productos de la historia y tienen efectos tanto en el presente como para el futuro (cf. Oliver-Smith 2009). En palabras de Oliver-Smith y Hoffman (2002: 4) pueden definirse como eventos/procesos.

Los estudios sociales de estos fenómenos tienen relativamente larga data, aunque quizás no tanto si se compara con las ciencias naturales. Es interesante preguntarse, en este contexto, cuáles pueden ser los motivos que produzcan un nuevo objeto de conocimiento en cualquier campo de saberes y como se puede transformar las epistemologías sobre este objeto a través del tiempo. Los llamados desastres naturales, por ejemplo, han sido objeto de estudio ya desde el siglo XIV, pero principalmente en las ciencias naturales y tecnológicas. Recién a principios del siglo XX, los científicos sociales comenzaron a interesarse por los aspectos sociales de las calamidades de la naturaleza. La llamada sociología del desastre nació en los EEUU durante la guerra fría. Había en las autoridades inquietud por conocer que reacciones y actitudes colectivas tomarían las poblaciones en el caso de un ataque nuclear. Tomando a una situación de desastre (‘natural’) como una analogía de la catástrofe nuclear, se financiaron cientos de casos de estudio y se fundó así uno de los centros precursores sociológicos en el campo.1 En los años 1970, con el advenimiento de la ecología política, los científicos sociales empezaron a hablar de la vulnerabilidad social como un factor clave para que ante una amenaza ambiental -ya sea un movimiento sísmico o la crecida de un río- se produzca un desastre. Lejos de ser naturales o dadas por la naturaleza, empezaron a entenderse entonces los desastres como el resultado de vulnerabilidades sociales y políticos en interacción con las fuerzas del medio ambiente (Wisner 2016).

Desastres y crisis en la antropología social y cultural

Estamos ahora acercándonos al tema que nos concierne en este número especial, a saber, cual es la contribución de la antropología social y cultural al estudio de los desastres y crisis. El artículo de Visacovsky hace un recorrido detallado en los diferentes trabajos, investigaciones y escuelas que, a través del tiempo, han contribuido a conformar el estudio de crisis en la antropología. En lo que sigue de esta introducción, enfocaremos en el estudio antropológico de desastres.

Podemos decir que el estudio de los desastres y crisis es un campo multidisciplinario (a veces hasta interdisciplinario) al cual la antropología ha llegado más recientemente. Si bien hay algunos estudios etnográficos ya a mediados del siglo XX,2 son los trabajos de antropólogos destacados como por ejemplo Anthony Oliver-Smith3 que recién a partir de los 1970 han sentado las bases para una antropología de eventos críticos. Solamente podemos especular porque esto no se ha realizado antes (García Acosta próximamente). Visacovsky (2011: 22) ha afirmado que esto puede tener que ver con la misma expansión empírica de la disciplina y con el incremento de la comunicación transdisciplinar, así como con el comprender que los problemas antropológicos clásicos pueden encontrarse en las sociedades contemporáneas. Otra explicación puede ser que la antropología históricamente se enfoca en la vida cotidiana. A estos factores habría que agregarle la atención inmediata a las crisis en los medios de comunicación, la urgencia política por encontrar soluciones a tan costosos eventos y, fundamentalmente, la financiación disponible/en incremento para estos estudios. Además, muchos antropólogos se abocan a estudiar al desastre cuando les toca antes o durante un (otro) trabajo de campo en curso, o cuando una gran catástrofe golpea a su propio país, a modo de científico-ciudadano (Jimeno y Arias 2011), o sea, poniendo sus conocimientos al servicio de la sociedad y a las autoridades en un momento crítico para la propia comunidad del antropólogo.

Se pueden discernir al menos dos grandes enfoques en la antropología del desastre y de la crisis: una que analiza cómo una sociedad produce, afronta y gestiona una situación crítica y sus efectos, tanto en sus procesos políticos, actividades económicas y prácticas sociales, como en los procesos de significación cultural y diferenciación social. La otra vertiente toma el evento crítico más bién como una crise révélatrice, usándola como un lente etnográfico para comprender determinados aspectos sociales, culturales y políticos de una sociedad.4 Como los artículos de este número especial demuestran, estos dos enfoques van de la mano, pero se diferencian por sus preguntas de investigación y énfasis analítica. Es un campo e investigación que actualmente se encuentra en expansión a nivel internacional, a juzgar por el crecimiento en proyectos de investigación, la cantidad de publicaciones, la conformación de redes regionales e internacionales de investigadores, y sesiones sobre crisis y desastres organizadas en congresos nacionales e internacionales. Un ejemplo de esto es el simposio ‘Estudios sobre desastres, conflictos y crisis en una perspectiva comparada: ¿Cuáles son las contribuciones de la antropologia?’ en la 10ª Reunión de Antropología del Mercosur, llevada a cabo en Montevideo, Uruguay, en Diciembre de 2015, y en el que participaron los autores que aparecen en este número especial.

Antropología de desastres en América Latina

La antropología de los desastres se ha gestado en América Latina en relación a la evolución internacional de la subdisciplina en los EEUU y Europa, y ha sido realizada tanto por antropólogos de la región como por antropólogos latinoamericanistas. Si bien es un campo de investigación más bien incipiente en esta región, hay excepciones tempranas. Tenemos aquí, por ejemplo, a Fernando Ortiz que analiza la mitología y la simbología en torno a las huracanes en el Caribe (1947). Otro ejemplo es el importante trabajo y larga trayectoria del ya mencionado Oliver-Smith se inicia con un estudio sobre el impacto y la reconstrucción del terremoto de 1970 en el departamento de Ancash, Perú (1977, 1979, 1986). En el marco del trabajo de reducción de desastres de las Naciones Unidas en los 1990, muchos antropólogos participaron junto a otros científicos sociales en la creación de La Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina (LA RED) en 1992 en Puerto Limón, Costa Rica. Desde entonces se viene afianzando la antropología de los eventos críticos también en América Latina. Crece el número de investigaciones etnográficas en diferentes países de la región que indagan en diferentes aspectos de relevancia teórica e importancia política, de los cuales los artículos en el presente número especial forman parte. Podemos discernir algunas líneas de investigación que han sido particularmente trascendentales. Una es la que se inscribe en la antropología que hace énfasis en que los desastres no son meros accidentes, sino que son el resultado de múltiples procesos históricos que han producido vulnerabilidad social y riesgo en el continente, y que éstos se interpretan en diferentes marcos culturales y se gestionan mediante múltiples prácticas sociales que varían en el tiempo y en el espacio (Oliver-Smith 1994; García Acosta 2001; Lammel et al 2008; Briones Gamboa 2008; Altez 2010; Campos Goenaga 2012; Murgida et al 2016; Faas 2016). Otra línea de investigación concierne el interés por el rol del Estado y los agentes del mismo en la crisis, tal como plantea en este número especial Zenobi en su análisis del papel de los expertos en el llamado Masacre de Cromañon en Buenos Aires en 2004 (ver también Taddei 2012; Zenobi 2014; Marchezini 2015). Hay también estudios críticos sobre la gestión humanitaria en desastres de Venezuela (Revet 2007; Fassin & Vasquez 2005) y en Haití (Schuller 2016). Otra línea de trabajo, en la que se inscriben dos de los trabajos en este número especial, a saber, de Visacovsky sobre la crisis financiera, política y social en la Argentina en 2001 como el de Ullberg sobre la memoria material de la inundación en Santa Fe en 2003, es la cuestión de la temporalidad de la crisis y del desastre, tanto para la significación cultural de tales eventos y su uso político, pero también en términos de aprendizaje institucional y colectivo (ver también Silva 2009; Revet 2011; Ullberg 2013; Visacovsky próximamente). Íntimamente relacionado a la memoria está el papel de los afectos y las emociones, y cómo estos se gobiernan en situaciones de desastre y posdesastre, aspectos en que indaga Silva en su artículo sobre el sufrimiento después del desastre radiológico de Goiana en 1987 (ver también Silva 2009; Zenobi 2014; Barrios 2017). Por último, se puede mencionar también, a modo de ejemplo, los trabajos recientes que enfocan en problemas antropológicos clásicos -pero siempre actuales- para analizar su papel en desastres y crisis ocurridos en la región, como por ejemplo el de género (Faas et al 2014; Chávez-Rodriguez 2014), la familia, el parentesco y la niñez (Kulstad 2013), la identidad territorial (Nates Cruz 2011), las prácticas rituales (Hermesse 2016) y prácticas de reciprocidad social (Faas próximamente).

Queremos con este número especial dar cuenta de que la antropología en América Latina ha contribuido y sigue aportando conocimientos importantes a los estudios de desastres y crisis. La metodología etnográfica y las teorías sociales y culturales ofrecen herramientas muy adecuadas para analizar cómo se configuran las fuerzas sociales destructivas y creativas antes, durante y después de una crisis, y así hacer una diferencia en cuanto a las políticas de reducción de riesgo y mitigación del desastre.