Introducción: Desastre y memoria

Los desastres, como acontecimientos, son siempre considerados como extraordinarios y totales, ya que afectan todos los aspectos de la vida humana (Oliver-Smith 2002: xx). Los desastres pueden ser entendidos como el resultado de diferenciadas vulnerabilidades sociales (Wisner et al. 2004; Wisner et al. 2011) que son construidas en procesos históricos (García Acosta 2002) y que interrumpen un orden material y simbólico existente (Hoffman 1999). Son fenómenos espaciales que ocurren en uno o varios sitios; asimismo, son fenómenos temporales ya que constituyen un período liminal entre un antes y un después. Las experiencias derivadas de este tipo de acontecimientos se transmiten a través de los procesos individuales y colectivos de la memoria, los cuales concurren para crear un entendimiento y un significado de tal evento. En particular, los acontecimientos extraordinarios, como los desastres, tienden a ser evaluados políticamente. La creación de significados de un desastre actual tiene lugar en el marco de un contexto global contemporáneo, en el que la evaluación y el juicio de las acciones –o la falta de estas– de los diferentes actores sociales, tanto públicos como privados, es cada vez mayor (Boström & Garsten 2008; Boin et al. 2008). De esta manera, es posible argumentar que la memoria es una cuestión social y política.

En Santa Fe, al noroeste de la Argentina, ocurrió a fines de Abril de 2003 la peor inundación en la historia de esta ciudad que cuenta con aproximadamente medio millón de habitantes. Un tercio de la población fue afectada directamente, pero se puede decir que impactó en toda la comunidad urbana, tanto durante como después del mismo desastre. Los políticos y funcionarios, tanto a nivel local como provincial, argumentaban que la inundación se debió a un capricho impredecible de la naturaleza, mientras gran parte de la población cuestionaba públicamente a esta postura oficial. Surgió al poco tiempo un movimiento de protesta, demandando tanto la asignación de responsabilidades, como la compensación económica por las pérdidas sufridas por las víctimas. En el escenario del posdesastre se produjo una contienda entre los diferentes actores locales por significar el desastre. ¿Había sido una inevitable catástrofe natural o era un escándalo político? En este conflicto social y político, la creación de memorias era clave.

El propósito de este artículo es el analizar la constitución de lo que conceptualizo como el memo-paisaje de la inundación 2003 en Santa Fe. El concepto de memo-paisaje se refiere al conjunto de memorias y olvidos en un determinado lugar en un determinado momento. El artículo analiza cómo ciertos actores sociales en el escenario del posdesastre en Santa Fe usaron la memoria y el olvido de diferentes maneras, en esta contienda por determinar cómo se recordara el desastre. Me concentraré aquí en las formas espaciales y materiales de la memoria, es decir que analizaré el papel de los lugares y los objetos en la constitución del memo-paisaje del desastre. El análisis se basa en el material etnográfico recopilado durante el trabajo de campo translocal1 y transtemporal2 realizado en Santa Fe entre 2004 y 2011, y aplica las teorías antropológicas y sociológicas de la memoria a fin de entender estos procesos.

El caso de la inundación de 2003 en la ciudad de Santa Fe

El 29 de abril de 2003, tras varios días de intensas lluvias, ocurrió una inundación catastrófica en la ciudad argentina de Santa Fe de la Vera Cruz.3 El desastre pasó a ser llamado simplemente ‘la inundación’ por los habitantes, con énfasis en ‘la’, como si ésta hubiera sido la primera y única inundación en la historia de la ciudad. De hecho, a juzgar por la reacción general, el desastre parecía haber sido del todo inesperado. Tanto las autoridades como los habitantes estaban conmocionados por lo sucedido. Paradójicamente, no era la primera vez que se veían afectados por una inundación catastrófica. Santa Fe se ubica entre los ríos Paraná y Salado; y desde que la ciudad fue fundada por los conquistadores españoles en siglo XVI, ha sido golpeada repetidamente por inundaciones extraordinarias. A través de documentos históricos, es posible identificar por lo menos 30 de estas inundaciones, ocurridas desde mediados del siglo XVII. No obstante, el desastre de 2003 fue uno de los más graves. Un tercio del territorio urbano fue inundado. Veintitrés personas murieron durante la emergencia y otro centenar de víctimas falleció como consecuencia indirecta durante los meses y años consecutivos al desastre. Alrededor de 130 000 personas, alrededor de un tercio de los habitantes de la ciudad, fueron evacuadas durante semanas y meses, algunas por varios años. Cientos de estas familias no tenían ningún hogar al que volver. Las inundaciones rebasaron con creces la preparación para desastres de las autoridades municipales y provinciales que son las responsables, tanto en la gestión de riesgo y de la emergencia.4 Mucha gente en Santa Fe consideró que la gestión fue muy deficiente y hasta empeoró los efectos del desastre.

En primer lugar, las autoridades municipales no supieron aprovechar las obras de defensa contra inundaciones que tenía la ciudad, más precisamente los terraplenes, estaciones de bombeo, canales de conducción y lagos de almacenamiento temporario. El terraplén Oeste había sido inaugurado oficialmente en 1997 a pesar de que no estaba concluida la obra en su totalidad por razones presupuestarias. Esta desidia política había dejado una brecha de 15 metros en el terraplén. Estaba previsto en los planes municipales que en el caso de crecidas extraordinarias se hacía un cierre provisional con piedras, ripio y arena. Aunque por meses y semanas antes del desastre había sido evidente tanto para los técnicos y tomadores de decisión y los habitantes, que las extendidas lluvias en el Norte del país podrían causar una crecida extraordinaria en el Río Salado, ni las autoridades provinciales ni municipales decidieron efectuar tal cierre hasta que era demasiado tarde. No hasta el 28 de abril, cuando el agua ya corría hacia la ciudad entrando por esta brecha, el municipio envió excavadoras para cerrarla. Sin embargo, este fue un esfuerzo inútil. La enorme cantidad de agua hacía erosionar el terraplén rápidamente y la brecha de 15 metros de ancho se abrió hasta 100 metros, con lo cual más agua pudo entrar a la ciudad. Las otras obras de defensa no daban abasto con una enorme cantidad de agua que entró a la ciudad en muy poco tiempo. Las cuatro bombas de agua que estaban colocadas en estaciones de bombeo, los canales de desviación y los lagos de almacenamiento ubicados del lado de adentro a lo largo del terraplén, eran dimensionados para captar agua de lluvia excesiva, pero no las cantidades de un río que inundaba. Además, las bombas de extracción de agua estaban mal mantenidas desde hacía años. Con la extraordinaria fuerza que tenían que hacer, re-calentaron y dejaron de funcionar. El nivel del agua dentro de la ciudad subía rápidamente y llegó a los siete metros en algunos sitios. El terraplén, en vez de proteger la ciudad funcionó como un contenedor que no dejaba escurrir el agua y volver al río. Varias investigaciones independientes llegaron a la conclusión de que si los terraplenes hubiesen sido construidos adecuadamente, el desastre no habría ocurrido en absoluto, o al menos habría sido de menor magnitud (Bronstein et al. 2003: 163) o retrasado (Bacchiega et al. 2005: 17). A pesar de las advertencias, los tomadores de decisión y funcionarios públicos parecían estar más preocupados por la campaña política y las elecciones presidenciales que se celebraban el domingo 27 de abril.

Dos días más tarde, cuando el río Salado inundó la ciudad el 29 de abril, el entonces intendente municipal Marcelo Alvarez declaró en la radio que si bien la ciudad estaba en caos y la evacuación sería necesaria en ciertos barrios, no sería necesaria la evacuación masiva. Pocas horas después de esta declaración pública, todo el distrito del Oeste estaba completamente inundado. Muchas personas se habían abstenido de evacuar debido a las declaraciones del intendente. Como sus hogares fueron rápidamente inundados tuvieron que escapar de manera caótica. Estos fueron los barrios más afectados en el desastre, donde 23 personas se ahogaron durante la emergencia. En el lado suroeste, el nivel del agua alcanzó varios metros sobre el suelo, y hasta siete metros en algunas áreas. La desesperación aumentó a medida que el día llegaba a su fin. Las aguas continuaban subiendo y la ciudad estaba en tinieblas debido al apagón.

A pesar de la demora en reaccionar, personal del municipio comenzó a evacuar a mujeres y niños a diferentes puntos de la ciudad que no estaba afectada. Debido a la escasez de vehículos y rescate, muchas personas se vieron obligadas a autoevacuar donde pudieran; en las casas de parientes o amigos, en escuelas, fábricas e iglesias. Otros se refugiaron en las instalaciones de las asociaciones vecinales y hasta en el predio del cementerio municipal. Algunas personas levantaron carpas en puentes y caminos. La Secretaría Provincial de Promoción Comunitaria se encargó de atender tanto a los evacuados como a los autoevacuados. Se distribuyeron cajas de comida, colchones, mantas y ropa en los centros de evacuación y, para los autoevacuados, en puntos estratégicos de la ciudad. Sin embargo, esta respuesta de las autoridades públicas al desastre fue caótica. Asegurar la asistencia gubernamental fue una odisea virtual para las víctimas. Las víctimas contaron luego del estrés que les significaba tener que registrarse oficialmente como inundado siendo evacuados al mismo tiempo, hacer colas durante horas y sufrir la escasez de suministros en un contexto de devastación generalizada (Ullberg 2013: 78). El entonces gobernador Carlos Reutemann había encargado al Ejército que llevara a cabo las evacuaciones, la distribución de los alimentos y la salvaguarda del orden público. La presencia militar en la escena del desastre, evocó para muchos los años de gobierno militar5 y contribuyó a la angustia generalizada (Ullberg 2013: 78).

Pasada la emergencia, el gobierno provincial estableció una agencia especial para llevar a cabo el proceso de reconstrucción, la Unidad Ejecutora de Reparación de la Emergencia Hídrica y Pluvial, popularmente conocido como ‘el ENTE.’ Esta agencia fue la encargada de implementar todas las políticas de recuperación y reconstrucción y de administrar todos los fondos de reconstrucción después del desastre, incluyendo la compensación económica a los inundados otorgada por el gobierno provincial. Los hogares inundados recibieron 4.000 pesos argentinos.6 Las familias de las 23 personas que perecieron durante la inundación recibieron una indemnización de 45.000 pesos argentinos7 por familia. Posteriormente, se otorgó a los inundados otro subsidio para compensar aún más sus pérdidas materiales. Para obtener este subsidio, el propietario o arrendatario tenía que solicitarlo mediante un procedimiento en la oficina del ENTE ubicada en la centro de la ciudad. Para las víctimas que tuvieron que movilizarse hasta el centro empezaron nuevamente días de hacer largas colas en la vereda del ENTE que atendía con horarios reducidos de atención y poco personal. Una condición para recibir tal ayuda era renunciar a su derecho a presentar demandas legales contra el Estado. La cantidad de cada subsidio fue calculada de acuerdo con pautas específicas, a saber, la categoría catastral del edificio, la altura que el agua alcanzó dentro de la casa durante la inundación y el número de metros cuadrados afectados. Esta estimación fue realizada por los empleados del ENTE visitando a los barrios inundados para verificar la información proporcionada por los mismos inundados. La información era luego corroborada con la base de datos del Servicio de Catastro e Información Territorial. La mayoría de los inundados no estaban satisfechos con este cálculo. La mayoría de la gente afirmó que había habido más agua de la inundación en sus hogares, y durante un tiempo más largo, del que los verificadores habían concluido. Muchos inundados criticaron el hecho de que algunos de ellos hubieran recibido más dinero que otros, considerando que estas políticas de distribución, en vez de apoyar la reconstrucción de la vida en los barrios, dividía a estas comunidades suburbanas: ‘Al fin y al cabo, todos sufrimos la misma inundación’ (Ullberg 2013: 80).

En julio de 2004, cuando yo llegué por primera vez a la ciudad para iniciar el trabajo de campo para mi tesis doctoral, las personas afectadas, los inundados, todavía estaban tratando de reconstruir sus vidas. Los recuerdos de los momentos previos, simultáneos y posteriores a la inundación marcaban su vida diaria. Había mucha desilusión, indignación y bronca entre los inundados que acusaban públicamente a las autoridades y tomadores de decisiones de negligencia, corrupción y falta de preparación ante el desastre. Otros, no obstante, a pesar del dolor y de las pérdidas, preferían rescatar la solidaridad entre vecinos y la capacidad de los habitantes para afrontar el desastre. A modo de dar sentido a lo sucedido, se abocaron las víctimas del desastre a recordar el desastre. Así se fue constituyendo el memo-paisaje. Antes de analizar algunos ejemplos de este proceso, presentaré primero los postulados teóricos que sostienen el análisis.

Teorías de la memoria y el olvido

A lo largo de la historia, tanto los científicos como los artistas se han ocupado del fenómeno de la memoria. El propósito de muchos estudios y obras de arte ha sido explicar qué es la memoria, cómo funciona y por qué es tan esencial en nuestras vidas. Sin embargo, a menudo se subraya que a partir de la década de 1960, la memoria comenzó a desempeñar un nuevo papel en la sociedad (Huyssen 2003; Connerton 2009). Este reciente papel incluye nuevas maneras de entender qué es la memoria (Hodgkin & Radstone 2003), así como nuevas y numerosas prácticas sociales destinadas a recrear y preservar los recuerdos. Por ejemplo, la gente se involucra de manera más activa que antes en su pasado, a través de la genealogía y la decoración nostálgica del hogar. En el ámbito político encontramos otros ejemplos de esta tendencia, con gobiernos en todo el mundo que se dedican a lo que Olick (2007) llama la política del arrepentimiento. Este concepto se refiere a que los gobiernos de los Estados que han cometido abusos contra su propia población, o contra parte de ella, piden disculpas públicamente.

Con frecuencia, la memoria es considerada como un fenómeno cognitivo individual que es estudiado por los psicólogos, psicoanalistas y neurocientíficos. En años recientes, sin embargo, se ha puesto mayor énfasis en el contexto social dentro del que ocurre el proceso de la memoria (Fentress & Wickham 1992). Hay recuerdos que son compartidos por un grupo de personas, independientemente de si los individuos tienen experiencias propias del acontecimiento o no. Este fenómeno de recordar colectivamente, que ha sido ampliamente estudiado en las ciencias sociales,8 es el que yo conceptualizo como un memo-paisaje.9 El memo-paisaje puede ser definido como el conjunto de recuerdos compartidos por individuos y diferentes grupos sociales, en un momento y lugar determinados. El memo-paisaje se construye en un proceso social que transcurre en ámbitos públicos y privados mediante diferentes prácticas, por ejemplo en los rituales y monumentos públicos, a través de las historias escritas o en imágenes, y en paisajes y lugares. El memo-paisaje es, entonces, un fenómeno heterogéneo y dinámico que resulta de la interacción entre las experiencias individuales con los diferentes procesos culturales y políticos. Halbwachs (1941) observó que existen tantas memorias [colectivas] como grupos sociales hay en una comunidad. Todos los recuerdos no son tan prominentes en el memo-paisaje; algunos hechos se recuerdan por encima de otros, y ciertos sucesos son suprimidos por el olvido (Fabian 2007; Connerton 2009). El olvido, al igual que la memoria, es un fenómeno cognitivo y social. El concepto ‘amnesia estructural’ (Barnes 2006) ha sido empleado para describir un tipo de consenso social en el que públicamente se olvidan cuestiones determinadas, mediante la remembranza activa de otras. Sin embargo, los recuerdos pueden permanecer adormecidos en el memo-paisaje y aparecer más adelante. Después de muchos años de reprimir públicamente las memorias de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura militar en Argentina, se han reanudado desde 2003 los juicios contra los militares responsables, lo que está en línea con la política del arrepentimiento. En este proceso, la memoria es un componente central, tanto para establecer en el tribunal lo acontecido anteriormente y para asignar responsabilidades, como para la forma en que esta época será recordada en el futuro.

Lo que ha ocurrido en el pasado puede, por lo tanto, ser decisivo en el presente y el futuro, por lo que la memoria constituye un recurso moral y político. Por consiguiente, el memo-paisaje puede compararse con un terreno social en el que se libran batallas para establecer cómo deben ser recordadas determinadas cuestiones. La política de la memoria aborda la lucha de los diferentes actores por atribuirle significado al pasado. Esto es evidente sobre todo en momentos de crisis, cuando una intensiva creación de significado busca facilitar la comprensión de lo inesperado o impensable (cf. Oliver-Smith & Hoffman 1999; Fortun 2001; Petryna 2002; Hastrup 2011; Revet 2011), tal como fue el caso en la ciudad de Santa Fe después de la inundación de 2003. En dicho caso, el memo-paisaje post desastre fue constituido por múltiples formas de memoria que ya he analizado en previos trabajos (Ullberg 2013).

En este artículo me concentraré en dos de ellas, a saber, la memoria espacial y material, o dicho de otro modo, el papel de los monumentos y los lugares que fueron creados en memoria de la inundación de 2003 en Santa Fe. Podemos entender los monumentos como recuerdos materializados y asociados a un lugar (Nora 1989; Connerton 2009). Volk (2010) argumenta que los monumentos constituyen varios espacios simultáneamente, a saber, lugares físicos, retóricos y rituales, y que representan nociones y estéticas específicas del pasado que han sido creadas a través de historias y ceremonias. Los monumentos y las conmemoraciones son fundamentales, por ejemplo, para crear comunidad e identidad (Anderson 1991; Nora 1989; Volk 2010). Como veremos en lo que sigue, los monumentos para los inundados simbolizaban no solo el espíritu de la comunidad, la solidaridad y la recuperación después de una tragedia, sino también cuestiones relativas a la justicia y la responsabilidad. La forma en que fueron creados, utilizados e interpretados por varios actores sociales en la lucha por la asignación de responsabilidades y compensaciones económicas después de la inundación, ilustra mi argumento sobre cómo la memoria y el olvido pueden constituir recursos en una contienda por darle significado a un evento crítico.

El memo-paisaje de la inundación 2003

Las Madres Inundadas

En las afueras del barrio de bajos ingresos de Santa Rosa de Lima, frente al hospital infantil del distrito suroeste de la ciudad, había un terreno sin edificar. La dueña de la pequeña despensa de venta de alimentos situada al otro lado de la calle me contó que, antes de la inundación, la gente del barrio de clase media adyacente solía llevar a pasear a sus perros a dicho terreno. Después de la inundación, residentes –y también inundados– de Santa Rosa transformaron el lugar en una pequeña plaza. A lo largo del lado oeste del terreno, orientado hacia el barrio, se levantaba un muro de dos metros de alto y veinticinco metros de largo. Cuando visité la plaza por primera vez en 2005, estaba cubierto de coloridos murales realizados por los niños de las escuelas de la zona. Las pinturas representaban la inundación. Algunas imágenes representaban casas inundadas hasta el techo. En los techos de las casas se encontraban adultos y niños pidiendo ayuda, acompañados por sus gatos y perros, así como diversas pertenencias que trataban de rescatar de las crecientes aguas. En una pintura, el lluvioso cielo estaba repleto de helicópteros con reflectores; desde ellos se lanzaban cuerdas a la gente que estaba sentada en pequeños botes a remo, flotando en el agua. En una de las pinturas, se leía en grandes letras negras: ‘Con el agua hasta la cintura no hay tiempo para pensar. El torrente ahogó los gritos y el esfuerzo por crecer. Los que no tenían nada hoy tienen menos que ayer’. Este texto hacía referencia a que muchas personas sin recursos se vieron afectadas por el desastre, y a que sus esfuerzos para salir de la pobreza habían sido en vano. En el extremo norte del muro, el nombre de la plaza estaba escrito en letras rojas y grandes: Plaza 29 de Abril. El nombre conmemoraba la fecha en que ocurrió la inundación. Justo debajo del nombre de la plaza, las fechas en las que se realizaron las pinturas estaban escritas en letras negras y pequeñas. La primera fue pintada el 29 de abril de 2004, es decir, en el primer aniversario del desastre. Al año siguiente, se fortaleció la idea de la plaza como un sitio conmemorativo, mediante la inauguración de una estatua en memoria de los inundados.

El monumento (ver Figura 1) había sido colocado en el centro de un círculo de pedregullo. En un pedestal de dos metros de altura y pintado de blanco, descansaba una escultura de cerámica que representaba a una familia parada bajo un techo de tejas, el cual medía un metro cuadrado. La estatua simbolizaba a todos los inundados, de entre los cuales, miles de familias se habían visto obligadas a refugiarse en los tejados de sus casas cuando ocurrió el desastre. Las personas que participaron en la creación del monumento me explicaron que el objeto de la escultura era representar, por un lado, la desesperación que vivieron los inundados a través de sus experiencias y pérdidas, y por el otro, su dignidad, por haber reconstruido sus vidas después del desastre. Esta dignidad estaba simbolizada, por ejemplo, en el hecho de que la familia estaba de pie y no acostada, lo cual confirma la teoría de que los monumentos se crean de acuerdo a una estética específica (cf. Volk 2010). Además, los miembros de la familia estaban abrazándose; según mis interlocutores, esto hacía referencia a la importancia de la familia para una recuperación exitosa. En su opinión, la familia nuclear, era la piedra angular de la sociedad y, por lo tanto, debía permanecer unida en tiempos de crisis. Por consiguiente, en la inauguración del monumento, la estatua fue bendecida por un sacerdote católico.

Figura 1 

Monumento en memoria de los inundados, en la Plaza 29 de Abril (foto de la autora, 2005).

Las personas detrás de la creación de la plaza y el monumento eran un grupo de mujeres que se hacían llamar Madres Inundadas. A finales de junio de 2005, fui invitada a la casa de Mary, en el barrio aledaño de Santa Rosa de Lima. Ella era una de las fundadoras del grupo y me había prometido quince minutos de su tiempo para explicarme brevemente qué hacían las Madres Inundadas y qué las motivaba. Terminé pasando la mitad del día en su casa, conversando con ella; finalmente, me invitó a almorzar con su familia. Mary me dijo que el grupo estaba formado por una docena de mujeres de mediana edad, todas eran del barrio y se conocían de antes. Después de haber vuelto a sus hogares, al finalizar la evacuación por la inundación, comenzaron a reunirse periódicamente para procesar conjuntamente los terribles recuerdos del desastre y ayudarse unas a otras a salir adelante. Mary me explicó que habían elegido el nombre Madres Inundadas, inspiradas en la conocida organización argentina de derechos humanos, Madres de Plaza de Mayo.10 Mary enfatizó que una de las mismas madres de las Madres de Plaza de Mayo de la sección en Santa Fe,11 había asistido a la inauguración del monumento en la plaza, en 2005. Mary y sus compañeras querían ser asociadas con el principio de la no violencia que las Madres de Plaza de Mayo siguieron en su lucha por conocer la verdad sobre sus hijos desaparecidos durante la Guerra Sucia,12 a través de sus semanales marchas en silencio alrededor de la Plaza de Mayo en Buenos Aires. Mary me contó que el acondicionamiento del sitio conmemorativo sirvió para hacer memoria del desastre. Cuando le pregunté qué abarcaba esta memoria, ella respondió que en lugar de crear un monumento a la tragedia, la destrucción y las culpas del pasado, las Madres Inundadas deseaban mirar hacia el futuro, haciendo hincapié en la dignidad mostrada por las personas que lucharon contra, y superaron, severas adversidades. Por lo tanto, crearon el monumento a la memoria de los inundados que habían superado las pérdidas y dificultades derivadas de la inundación. Por esa razón, durante la ceremonia inaugural, varios niños y jóvenes del barrio de Santa Rosa –que Mary y las demás madres inundadas veían como una personificación de la supervivencia, la recuperación y, por lo tanto, el futuro– recibieron un diploma, cada uno, por sus sobresalientes logros deportivos, realizados a pesar de las difíciles circunstancias de los años posteriores a la inundación. Entre los galardonados se encontraba un talentoso niño de siete años, quien aprendió a jugar ajedrez durante la evacuación, o sea, se podría casi decir que gracias a dicho desastre.

Durante mi trabajo de campo en los años siguientes, me enteré de que los murales pintados por los niños habían sido cubiertos con otra pintura varias veces. Por ejemplo, durante las campañas electorales municipales y regionales de 2007, el mural fue pintado con lemas políticos. Esta es una forma común de comunicación política en Argentina. Los habitantes del barrio de Santa Rosa acusaron al entonces intendente, Martín Balbarrey, de permitir la destrucción del mural de los niños en la Plaza 29 de Abril. Dijeron que, dado que él estaba buscando su reelección, el hecho que se pintara encima del mural conmemorativo era en realidad una maniobra política para tratar de hacer que la gente olvidara el fracaso de Balbarrey en la prevención y gestión de la inundación y otras crisis.13 Sin embargo, a juzgar por las reacciones en el barrio y en los medios de comunicación locales, parece que dicha medida tuvo el efecto contrario: los murales cubiertos provocaron que la gente recordara y volviera a hablar sobre las inundaciones. El intendente Balbarrey perdió las elecciones. Cuatro años después, en el octavo aniversario de la inundación, los murales y la estatua de la Plaza 29 de Abril fueron restaurados por el mismo escultor, con la ayuda de otros artistas y de estudiantes de una de las escuelas de arte de la ciudad. La restauración fue financiada por el municipio, y al año siguiente participaron varios representantes estatales en las ceremonias de conmemoración del aniversario del desastre. En una de esas ocasiones, la organización Madres Inundadas entregó a los funcionarios presentes una petición firmada por cientos de residentes del barrio de Santa Rosa. La recogida de firmas tenía por objeto solicitar que la plaza fuera nombrada también oficialmente 29 de Abril. La propuesta fue aprobada por el Consejo Municipal. El sitio que años antes había sido un sitio para pasear perros se convirtió en 2012 oficialmente en la Plaza de la Memoria 29 de Abril.

Las Madres Inundadas crearon el sitio conmemorativo en la plaza para que la inundación fuese recordada de una manera determinada, es decir, como un suceso trágico y extraordinario que las autoridades evidentemente no fueron capaces de manejar, pero que los inundados lograron superar. Por lo tanto, el trabajo de la memoria impulsado por las Madres Inundadas estaba orientado a una especie de amnesia estructural, pues, implicaba la exclusión de partes sustanciales de la historia, tales como la asignación de responsabilidades en torno a la inundación. No obstante, es justo el tema de la asignación de responsabilidades, el cual fue enfatizado en el trabajo de la memoria realizado por lo que he llamado el Movimiento de los Inundados, lo que ahora me dispongo a examinar.

El Movimiento de los Inundados

Poco después de la inundación, una ola de protestas sociales dirigidas a los políticos y funcionarios –tanto municipales como provinciales– surgió en la ciudad. Con el tiempo, estas protestas se convirtieron en un movimiento local que sistemáticamente criticaba el manejo de desastres del gobierno y su preparación ante las inundaciones. El movimiento estaba conformado por un heterogéneo conjunto de grupos, asociaciones, redes e individuos, unidos bajo el nombre formal Asamblea Permanente de Afectados por la Inundación. Participaban en sus actividades un centenar de activistas, pero en ciertas ocasiones, como durante la ceremonia conmemorativa anual del 29 de abril, las protestas callejeras en el centro de la ciudad llegaron a reunir a miles de participantes. Por lo general, los activistas se llamaban a sí mismos ‘los Inundados.’14 La mayoría de los activistas habían sido afectados por el desastre de 2003, pero no todos habían sido inundados. Así mismo hubo muchos inundados en 2003 que no formaban parte de este movimiento de protesta. Aquellos que no lo habían sido participaban en las protestas y demandas de asignación de responsabilidades y compensación económica, en solidaridad con los afectados. La mayoría de los activistas no tenía ninguna experiencia en protestas callejeras o activismo político previa a la inundación, exceptuando a algunos que eran miembros de varias organizaciones.

Muchos de los métodos y formas de protesta utilizados en el movimiento de los Inundados tenían vínculos con movimientos políticos existentes en el país. Mediante el uso de la ironía y de una retórica sarcástica, el Movimiento de los Inundados empleó un lenguaje político argentino en sus protestas, a través del cual el desastre podría ser recordado y obtendría un significado especial. El movimiento fue una fuerza propulsora en la asignación pública de las culpas y responsabilidades de los políticos y funcionarios con respecto a la inundación, por ejemplo, al constantemente llamarles ‘los inundadores’. Carlos Reutemann, quien era gobernador de la provincia de Santa Fe cuando ocurrió la inundación y más tarde se convirtió en senador, era considerado como el máximo responsable del desastre. Los Inundados escenificaron burlescos ‘juicios públicos’ en las calles y las plazas, y en ellos, los inundadores eran condenados por sus acciones. Se ha sugerido que el sarcasmo y la sátira en el debate público son particularmente comunes en los países cuya historia ha sido marcada por la falta de libertad de expresión (Rosendahl 2002: 91–92), como ha sido el caso de Argentina. Esto puede explicar por qué este tipo de comunicación ha sido característica de las protestas de los activistas Inundados. Éstos también realizaron numerosos escraches frente a las casas y oficinas de funcionarios y políticos, y durante conferencias de prensa y reuniones políticas. Escrachar es un término argentino que significa revelar la responsabilidad o complicidad de una persona. Los escraches como una forma de protesta social en Argentina han aumentado desde la década de 1990, cuando la organización de derechos humanos H.I.J.O.S.15 comenzó a usarlos para denunciar y acusar públicamente a los oficiales y empleados públicos que habían participado en la Guerra Sucia, pero no habían sido llevados a juicio (Kaiser 2002). De la misma forma, los activistas Inundados denunciaron públicamente a los inundadores, cantando los nombres de los acusados o haciendo grafiti afuera de sus residencias o lugares de trabajo. Los activistas también tapizaron las paredes de la ciudad con carteles, reunieron documentos e informes, y repartieron panfletos. Lucharon por la asignación de responsabilidades relativas a las causas y efectos de la inundación. Esto requería un trabajo activo de la memoria para mantener vivo el tema en el debate público y hacer que se incluya en la agenda política. Para este fin, los Inundados tomaron estratégicos lugares en el espacio público de la ciudad como escenario de sus acciones, como lo ilustrarán los siguientes ejemplos etnográficos.

Los recuerdos en su lugar

El sol de la tarde todavía brillaba en lo alto del cielo ese día de otoño, el 29 de abril de 2005, cuando unas 40 personas se reunieron para realizar una ceremonia conmemorativa y una manifestación de protesta con motivo del segundo aniversario de la inundación. La ceremonia tuvo lugar en el terraplén de defensa contra las inundaciones, en la parte en la que finaliza la Avenida de Circunvalación Oeste, donde la inundación había comenzado exactamente dos años antes. Entre los participantes habían hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que llegaron al lugar en coches, autobuses locales y hasta en un autobuses fletados. Una familia con cuatro hijos pequeños arribó en una carreta de caballos que normalmente es usada para recolectar chatarra. Un puñado de periodistas también estuvo presente. Conforme arribaba, la gente recibía las pancartas que eran repartidas por los miembros del grupo Marcha de las Antorchas, el cual había organizado la ceremonia. Yo misma recibí una pancarta que decía: ‘Reutemann, Chabán, Cromañón, Inundación. Una sola explicación. Irresponsabilidad asesina.’ Estas palabras y nombres vinculaban la inundación y la responsabilidad por la catástrofe del entonces gobernador, Carlos Reutemann, con la misma pregunta en torno al papel del dueño de la discoteca Cromañón en Buenos Aires y el fatal incendio que ocurrió allí en 2004.16 Esta asociación discursiva muestra cómo diferentes eventos son articulados en el memo-paisaje, a fin de fortalecer aún más el poder simbólico del trabajo de la memoria.

Mientras los manifestantes poco a poco subían por el terraplén de contención –el cual tiene varios metros de altura–, un par de mujeres de mediana edad, pertenecientes al grupo Marcha de las Antorchas, permaneció en la parte de abajo, junto a la avenida. Con la ayuda de un altavoz sujetado al techo de uno de los coches, pronunciaron un breve discurso. Ellas explicaron por qué habían elegido llevar a cabo la ceremonia conmemorativa en este sitio en particular:

Este terraplén nunca fue construido. Sin embargo fue inaugurado por Gobernador Reutemann.… Nueve años después se inundó, pero a Reutemann nadie le avisó. ¡Por eso decimos que [él] es un mentiroso, perverso y culpable! [En el Gobierno Provincial] sabían que de no completarse el anillo [de defensa], por allí se entraría el agua del [Río] Salado. Y así fue porque el terraplén se convirtió en una trampa de contención y transformó la ciudad en un palangana. (Notas de campo, 29 de Abril 2005)

En la cima del terraplén de contención, un palo con una antorcha en llamas había sido clavado en el suelo. Según mis interlocutores, en la Marcha de las Antorchas, las antorchas simbolizaban la búsqueda de la verdad y la justicia; por ello, los activistas de este grupo habían elegido este emblema para su lucha. En la cima del terraplén se dio inicio a otra parte importante del ritual: se leyeron los nombres de las más de cien personas fallecidas en el desastre de 2003. Por cada nombre que se leía los activistas respondían: ¡Presente! Para la ocasión, los activistas de la Marcha también habían confeccionado pequeños botes de plástico con una vela adentro. Al tiempo que los nombres eran leídos, los activistas bajaban por la pendiente del terraplén para arrojar flores y poner los botecitos encendidos a flotar en el río Salado. De ese modo, se recordó conjuntamente que este río les había quitado la vida a las personas nombradas. Al invocar sus nombres y honrarlos en el aniversario del desastre, en este lugar en particular, se recreó y legitimó la lucha de los activistas inundados por la asignación de responsabilidades y compensaciones económicas.

El espacio urbano como escena de la memoria

El lado oeste del terraplén de contención, en el que los manifestantes se encontraban, fue construido en la década de 1990.17 Tal como fue explicado al principio del artículo, una de las razones fundamentales del desastre de 2003 fue que un tramo del terraplén (ubicado casi exactamente en el lugar donde se realizó la manifestación) no había sido terminado cuando sucedió la crecida del Río Salado. Fue completado recién en los años posteriores al desastre. Connerton (2009) ha argumentado que la tecnología moderna hace que los riesgos de la naturaleza sean omitidos por la sociedad. En Santa Fe, sin embargo, parecía que los terraplenes creaban tanto memoria, como olvido. Por una parte, los terraplenes y otra infraestructura de seguridad constituían, de varias maneras, aspectos esenciales del memo-paisaje local de las inundaciones, ya que, al rodear la ciudad, operaba como un recordatorio a la población sobre los desastres pasados y los riesgos futuros. Al mismo tiempo, esta infrastructura parecía promover una especie de amnesia estructural en torno a los factores de riesgo. La escasez de vivienda y la histórica falta de terrenos en la ciudad obligaron a los residentes de escasos recursos a establecerse en las zonas propensas a inundaciones, conforme estas fueron rodeadas de terraplenes y, de esta forma, desecadas (y por ende, habitables). Antes del 29 de abril de 2003, muchos Santafesinos no se habían percatado de los riesgos, hasta que el río Salado brutalmente les recordó que el terraplén de contención estaba incompleto. En general, la gente había asumido que se encontraba a salvo detrás del terraplén, y fue una cruel sorpresa para los ciudadanos el que las autoridades no hayan actuado de acuerdo con la legislación creada para protegerlos.

Desde una perspectiva de la memoria, la infraestructura pública también puede ser vista como un monumento de los gobernantes. Con el tiempo, se convierten en objetos creados en memoria de gobiernos y tomadores de decisiones específicos, ya que éstos son principalmente evaluados por los logros alcanzados durante su mandato. Entre los objetos más visibles para la valoración de los ciudadanos se encuentran infraestructuras como las carreteras, las presas y los puentes. En el caso de los tomadores de decisiones, por lo tanto, estos resultados son importantes para su recuerdo; esto es ilustrado por la presencia de las placas colocadas en las obras, en las que se muestra el nombre del político de turno, y la fecha de inauguración. En Santa Fe, tanto el entonces gobernador Jorge Obeid como su compañero en el Partido Justicialista, Carlos Reutemann (que fue a la vez su predecesor y sucesor en el cargo), junto con varios funcionarios, estuvieron presentes cuando el terraplén de contención occidental fue inaugurado oficialmente en 1997, a pesar de que su construcción no se había finalizado, hecho señalado por los activistas inundados en el ejemplo anterior. Las fotos de esta inauguración se utilizaron frecuentemente por el Movimiento de los Inundados para señalar el descaro de los tomadores de decisiones, quienes inauguraron una obra sin terminar que, además, resultó ser una trampa en caso de inundación. El crecido caudal del río no solo pudo entrar libremente a la ciudad a través del espacio abierto del terraplén incompleto; sino que además fue retenido por los terraplenes completos que rodeaban la ciudad, mismos que sirvieron como muros de retención e impidieron que el agua pudiera ser drenada, lo que desgraciadamente causó la inundación de un tercio de la superficie de la ciudad. En la zona sur de la ciudad, el nivel del agua alcanzó hasta cinco metros de altura y cubrió los tejados. No sino hasta que se solicitó la ayuda del ejército, parte de los terraplenes fue volada con dinamita para que el agua pudiera fluir nuevamente hacia el río.

De forma similar, en 2012 el entonces gobernador de la provincia, Antonio Bonfatti, inauguró la tercera parte finalizada del terraplén de contención occidental, y la ampliación de la Avenida de Circunvalación Oeste (El Litoral 2012). A la luz de la inundación y otras inundaciones anteriores, en las que las autoridades repetidamente desatendieron sus responsabilidades respecto a la preparación ante desastres, era políticamente importante que ahora mostraran resolución. Un nuevo terraplén de contención, a lo largo de la también nueva avenida, era una prueba de esta capacidad y con el tiempo se volvería un monumento político, no en memoria de una catástrofe histórica, sino de la voluntad política. Al respecto, los legisladores municipales y provinciales consideraron que la avenida de circunvalación merecía un nombre digno. Su sugerencia fue nombrar a la avenida en honor del ex presidente, ya fallecido, Raúl Alfonsín, quien para muchos argentinos ha simbolizado el retorno de la democracia a la Argentina a partir de 1983. Para los legisladores santafesinos esta fue una magnífica oportunidad para otorgar a ambos –Alfonsín y la democracia– un lugar en la memoria de la ciudad; justo en el momento preciso de la celebración del trigésimo aniversario de la restauración de la democracia. Así como los activistas inundados crearon vínculos con el incendio de la discoteca en Buenos Aires –lo cual ha sido descrito anteriormente–, las propuestas de los legisladores fueron vinculadas a un contexto nacional más amplio, en el que la Guerra Sucia y los derechos humanos ocupan un lugar destacado en el memo-paisaje político nacional. No obstante, la propuesta también puede ser vista como una expresión del olvido estructural en torno a la inundación que concierne a los tomadores de decisiones santafesinos. El Movimiento de los Inundados había propuesto otro nombre para la avenida de circunvalación, a saber: ‘29 de Abril.’ Para los activistas, la avenida de circunvalación y el terraplén de contención, ya finalizado, seguían siendo un recordatorio de la inundación. Fue en este lugar que el río Salado irrumpió en la ciudad, debido a la construcción incompleta del terraplén de contención ahí situado. A finales de 2012, algunos de los activistas escribieron en su página de Facebook que también pensaban que la Avenida de Circunvalación debía formar parte de la historia, pero a través de su vinculación con la inundación. Así decía el posteo en las redes sociales:

AVENIDA DE CIRCUNVALACIÓN OESTE “29 DE ABRIL”

A pesar de decisiones del Concejo Deliberante de la ciudad de Santa Fe y de la Cámara de Senadores de la Provincia, que implican un avance sobre la voluntad de los vecinos inundados y sobre la cosa pública, en relación al nombre de la Avda. Circunvalación Oeste y convencidos, de lo innecesario de abundar en argumentaciones, llevamos a estos cuerpos legislativos nuestra propuesta seguros que el único nombre que le cabe a esta obra es “29 de abril”.

Todos lo sabemos. (Notas de campo, 29 de Septiembre 2012).

En contraste con el reconocimiento público de la Plaza de la Memoria 29 de Abril, creada por las Madres Inundadas, las autoridades públicas no deseaban convertir la avenida de circunvalación y el terraplén de contención en sitios conmemorativos oficiales –como lo sugirieron la Marcha de las Antorchas y otros activistas–, porque sería un recuerdo constante de los fracasos políticos que llevaron a la inundación. Por lo tanto, vemos aquí cómo el trabajo de la memoria está influenciado por consideraciones políticas que son trascendentes tanto en el presente como en el futuro.

En suma, es posible decir que después de varios años y cambios de gobierno, ciertas cosas parecían haber cambiado en la Municipalidad con respecto a las actitudes en torno a la memoria de la inundación. Después de haberse abstenido completamente de realizar cualquier tipo de trabajo oficial de la memoria durante varios años, el gobierno municipal comenzó apoyando el trabajo de la memoria de las Madres Inundadas; y en 2013, junto con el gobierno provincial, tomó la iniciativa de celebrar una ceremonia conmemorativa oficial y de construir su propio monumento oficial. Por lo tanto, una década después del desastre, un desplazamiento había parcialmente ocurrido: del olvido oficial, a la participación en ceremonias conmemorativas y la construcción de monumentos. Con el paso del tiempo, los representantes de la ciudad también cambiaron su discurso: de la negación total de su responsabilidad en el desastre, a la aceptación parcial de las acusaciones realizadas por el Movimiento de los Inundados, por lo menos en su retórica. Mediante el reconocimiento de su responsabilidad en los errores del pasado y la búsqueda del perdón, las políticas del arrepentimiento, podían crearse también las condiciones necesarias para el olvido. Como lo sugieren las palabras amnistía y amnesia, el perdón y el olvido suelen ir de la mano (Klug 1998). Una década después de la catástrofe, el modesto lugar de paseo para los perros, ubicado frente al hospital infantil, se había convertido –también oficialmente– en un importante sitio conmemorativo de la inundación, de forma física, retórica y ritual (cf. Volk 2012). Sin embargo, en torno al terraplén de contención y la avenida de circunvalación, se llevaba a cabo una lucha por las memorias que este lugar representaría: el desastre local o el retorno de la democracia al país. Esto puede ser visto como una parte del proceso de la memoria política y social, en la que se recrean los recuerdos de ciertos acontecimientos históricos, a expensas de otros.

Consideraciones finales: Los usos sociales de la memoria en el posdesastre

Un desastre puede ser definido como una interrupción temporaria de un orden social determinado. La manera en la que el desastre es recordado puede contribuir al restablecimiento de dicho orden, al responder a preguntas sobre qué fue lo que sucedió, cómo pudo ocurrir y quiénes son los responsables. Por consiguiente, después de un desastre, es particularmente importante establecer qué pasó – qué debe ser recordado y qué debe ser olvidado. En este artículo he mostrado con varios ejemplos etnográficos cómo, después de la inundación de la Ciudad de Santa Fe en 2003, los diferentes actores sociales de la ciudad trataron de crear tales significados y de establecer un memo-paisaje posdesastre a través de diversas maneras de recordar, entre ellas, usando los lugares y los objetos. Las Madres Inundadas buscaban recordar sin politizar el desastre y para ello era necesario omitir ciertos aspectos del evento. Optaron por crear un espacio conmemorativo con una estética que apelaba a los valores de la familia y que recordaba un futuro promisorio más que un pasado doloroso. En cambio, el Movimiento de los Inundados trabajó activamente para mantener con vida la memoria de la inundación como un fracaso político. Los activistas recurrieron a diversas formas y prácticas de protesta ya establecidas en Argentina; en particular, provenientes de las protestas sociales que las organizaciones de derechos humanos del país han generado. En este proceso, los Inundados usaron y crearon lugares estratégicos del espacio público para este fin, lugares que hacían memoria de la inundación. Los políticos a su vez, buscaban durante los primeros años del posdesastre, y mediante prácticas materiales (como por ejemplo permitir cubrir el mural en la Plaza 29 de Abril) y decisiones simbólico-políticas (como decidir el nombre de la Avenida Circunvalación), la amnesia estructural de la inundación para evitar asumir responsabilidades políticas por el desastre. Esta posición oficial de olvido fue lentamente cambiando, pero no sin antes asegurar que pasara la suficiente cantidad de mandatos como para crear una distancia política y moral con ‘los inundadores.’

El caso da cuenta de cómo las relaciones espaciales y materiales constituyen un memo-paisaje de un desastre; un evento crítico que por su impacto y su complejidad siempre estará sujeto a interpretaciones varias en la comunidad afectada. La memoria es clave para dar sentido a lo impensable, y más cuando hay responsabilidades en juego. El caso de Santa Fe demuestra también que el memo-paisaje está envuelto en un contexto cultural y político (regional y nacional) más amplio, que también afecta qué y cómo recordamos hechos críticos de nuestro pasado. La memoria y el olvido interactúan a favor y en contra, el uno del otro, en la creación del memo-paisaje. Lejos de ser una historia uniforme, este es un proceso social dinámico en el cual la memoria y el olvido son creados y renegociados mediante luchas y reconciliaciones. En juego está nuestro ayer, pues, para bien o para mal, puede convertirse en nuestro mañana.