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Research Article

Élites y populistas: los casos de Venezuela y Ecuador

Authors:

Benedicte Bull,

Universidad de Oslo, NO
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Francisco Sánchez

Universidad de Salamanca, ES
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Abstract

In spite of the large number of studies of populism, few have discussed the relationship between populism and different types of elites, apart from showing the antielitism of the discourse that characterizes populist movements and leaders. This article argues that the relationship to elites is crucial to understand how populist regimes emerge, gain power and sustain themselves. Comparing Hugo Chávez of Venezuela and Rafael Correa of Ecuador, we show that they were not simply two authoritarian leaders that gained power through democratic channels. They had profound similarities as populist leaders with a maniquean anti-elitist discourse. One difference between them was that Chavez emphasized and succeeded with, his construction of alternative elites after his confrontation with traditional, elites, while Correa did not. This is part of the explanation for why the “Citizens Revolution” of Rafael Correa collapsed, while chavismo has survived and turned increasingly authoritarian form under the leadership of Nicolas Maduro. The comparison serves to open a field of study of elites and the concentration of economic and political power under populist leaders of all shadows, that may enrich the study of populism.

 

Resumen

La multiplicidad de estudios sobre el populismo, más allá explicar el antielitismo discursivo que lo caracteriza, dicen poco sobre los vínculos que tienen los distintos tipos de élites con los movimientos y líderes populistas. Por ello, abundando en el tema, este artículo plantea que el análisis del tipo de relación de los populistas con las élites es crucial para comprender cómo evolucionan, llegan y permanecen -o no- en el poder. Se comparan los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela y Rafael Correa en Ecuador, para mostrar que no eran simplemente dos líderes autoritarios llegados al poder por canales democráticos, sino presidentes populistas con un discurso maniqueo, para después mostrar sus distintas estrategias de relación con las élites. Mientras Chávez tuvo una estrategia deliberada y exitosa de construcción de élites alternativas -luego de su choque frontal con las preexistentes- Correa fracasa en esa dimensión, lo que explica en gran parte que, mientras la “Revolución Ciudadana” de Correa se derrumbó, el chavismo sobrevive, a través de un movimiento político cada vez más autoritario bajo el liderazgo de Maduro. El estudios de ambos casos sirve para mostrar, cómo el estudio de las élites enriquece la teoría populista pues, entender el cambio de élites abre un campo al estudio de la concentración del poder económico y político bajo líderes populistas de todo tipo.

 

Palabras clave: élites; populismo; Venezuela; Ecuador; Hugo Chávez; Rafael Correa

How to Cite: Bull, B. and Sánchez, F., 2020. Élites y populistas: los casos de Venezuela y Ecuador. Iberoamericana – Nordic Journal of Latin American and Caribbean Studies, 49(1), pp.96–106. DOI: http://doi.org/10.16993/iberoamericana.504
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  Published on 11 Dec 2020
 Accepted on 16 Nov 2020            Submitted on 01 Jun 2020

1. Introducción

La ciencia política se ha preguntado sobre los mecanismos que darían continuidad a los regímenes populistas una vez que el líder carismático, que por definición lo sustenta, termina su gobierno. En algunos casos, el sostenimiento se logra asumiendo rasgos autoritarios (De La Torre 2013); pero, como aquí planteamos, una condición necesaria para la continuidad de esos regímenes es la formación de élites alternativas en lo económico y en lo político, pues éstas contribuyen a consolidar el control del poder y la gestión del Estado.

A pesar de la proliferación de estudios sobre populismo, la explicación de la relación entre líder y élites se ha centrado en el antielitismo -como se verá más adelante- y por ello destaca el aporte de Di Tella (1965) que explica el surgimiento del populismo como resultado del aparecimiento de “élites incongruentes”, es decir, colectivos cuyo poder político no se correspondía con los recursos acumulados en distintos campos, que se suman a una alianza interclasista que aúpa la salida populista como forma de romper con un establishment que los excluye.

Retomando ese supuesto, aquí planteamos que se da un segundo momento en el que se forman unas «élites alternativas» que se convierten en hegemónicas, es decir, grupos vinculados a los populistas y su nuevo régimen que remplazarán a las viejas élites tradicionales como factor de estabilidad y supervivencia de los regímenes. Esto lo demostraremos analizando los regímenes de Hugo Chávez en Venezuela y Rafael Correa en Ecuador, dos casos de populismo de izquierda cuya aparición y proceso de formación de nuevas élites se comparará. Aunque se diferencian en su continuidad tras la salida de sus líderes y promotores, desde el punto de vista metodológico, se trata de dos casos similares en al menos estas tres dimensiones fundamentales: 1) discurso antielitista, 2) propuestas redistributivas y 3) recuperación y uso de ganancias petroleras. A pesar de las diferencias de los modelos productivos, debido al rentismo venezolano, los procesos de formación de una élite alternativa son comparables debido a que en el caso del Ecuador, el gobierno también controla las ganancias petroleras y el Estado es el principal actor económico.

Instrumentalmente definimos populismo como un fenómeno político fruto de una forma particular de incorporar a la gente común -el pueblo- a la comunidad nacional. Se trata de una lógica para llegar al poder y gobernar (Mudde y Rovira Kaltwasser 2012) que busca la ruptura del sistema, al tiempo que produce subjetividades, emociones y razones, y se caracteriza por 1) un discurso maniqueo que presenta la lucha contra la oligarquía como una disputa moral y ética entre el bien y el mal; 2) un líder socialmente construido que es a la vez símbolo y salvador del pueblo; y 3) un movimiento social que conecta a las élites emergentes y los grupos marginados (De La Torre 2001). Y entendemos como élites a grupos que, debido a su continuo control de los recursos económicos, naturales, políticos, sociales, simbólicos o de poder, están en una posición privilegiada para ejercer influencia formal o informal en organizaciones e instituciones (Bull 2014).

2. Populismo, élites y democracia

Estudiar el populismo implica entender la relación de masas y élites. Ya desde el trabajo clásico de Germani (1968) el populismo se define como una forma de relación de poder entre líderes y masas surgida en la transición de la sociedad tradicional a la moderna, similar, en cierta medida, a lo sucedido en Italia con el fascismo. Partiendo de la teoría de la modernización, Germani argumentó que las masas no se incorporaron gradualmente a un proyecto político liberal-democrático en Latinoamérica, porque había una democracia inorgánica, con procesos de democratización asimétricos. En Europa, las masas recientemente urbanizadas se incorporaron a canales formales como sindicatos o partidos; en América Latina, se movilizaron antes de que los actores colectivos de participación se desarrollasen, lo que cimentó la manipulación de las masas generando un sistema básicamente antidemocrático, centrado en un líder carismático con seguidores fundamentalmente irracionales.

Siguiendo con la teoría del desarrollo, Di Tella (1965) caracteriza al populismo como un rasgo de sociedades subdesarrolladas, con masas poco educadas y carentes de canales de incorporación al sistema democrático. A diferencia de Germani, sostiene que la reforma social por canales democrático-pluralistas está obstaculizada y plantea como única fuente de reforma, en esos contextos, el surgimiento de una coalición populista capaz de movilizar a las masas en torno a un proyecto dirigido por una nueva élite. Usando la idea de incongruencia de estatus (Bendix y Lipset 1972), Di Tella (1965) indica que existen élites cuyo acceso al poder político es limitado e “incongruente” con los recursos económicos, sociales o de otro tipo que poseen. El cambio se daría por una coalición populista conformadora de un movimiento político que plantea cambios en el statu quo. Las “élites incongruentes” y las masas movilizadas son resultado de la “revolución de aspiraciones” que genera una ideología y un estado emocional de entusiasmo colectivo que facilita la comunicación entre líderes y seguidores (Di Tella 1965). Ahora bien, hay que tomar en cuenta que el estatus y su sensación de pérdida, también opera como elemento de movilización de voto, tal y como argumenta Murillo (2019) en los casos de la elección de presidentes populistas de derecha en Brasil o los Estados Unidos.

Para los marxistas, el populismo es un movimiento de orientación antioligárquico fruto de una crisis de hegemonía promovido desde las burguesías reformistas emergentes, donde las masas son la fuerza que ayuda a remover a las oligarquías tradicionales sin convertirse en actor revolucionario (Carmagnani 1980; Cueva 1998). Con el cambio “generacional” en el marxismo, el populismo deja de ser obstáculo revolucionario, pero sigue interpretándose desde el economicismo como estrategia de acumulación de capital basada en la ampliación del consumo y cierta distribución de ingresos, liderada por una fracción de la burguesía que se alía con otros sectores del capital y el proletariado (Vilas 1988). El populismo termina ganando adeptos ente los postmarxistas y la izquierda cuando el factor redistributivo y la alianza de clases -en un primer momento criticados- se revalorizaron por autores como el propio Vilas (2010), y se valora la incorporación política de sectores populares como forma de participación y factor democratizador.

La teoría de la modernización y el marxismo parten de puntos normativos y teóricos diferentes; pero, cuando abordan el populismo, coinciden en que las masas son movilizadas «desde arriba» -desde “unas élites”- construyendo y politizando nuevas identidades opuestas a “otras élites”. La participación política se daría por asociación directa con el líder, sin organizaciones políticas que intermedien (Viguera 1993). Este enfoque -llamado organizacional- es liderado por Weyland (2001), que lo entiende como una estrategia política donde un líder personalista solicita o ejerce el gobierno mediante el apoyo directo, no institucional, de una gran masa de seguidores en buena medida desorganizados.

Ha ganado terreno una definición del populismo como discurso político que divide a las personas en dos campos en conflicto: «el pueblo» y «las élites», señalando al líder como una especie de salvador de aquel frente a éstas. Quién pertenece a qué grupo, varía según contextos. La idea de «pueblo» está asociada con diferentes formas de pureza, originalidad, autenticidad y cierto sentido de pertenencia nacional; mientras la de “élite” está asociada con corrupción, decadencia o antipatriotismo. El énfasis del populismo en la soberanía absoluta del pueblo o en la expresión de la voluntad popular por formas plebiscitarias o delegativas vuelve problemática la relación con las instituciones democráticas liberales (Mudde 2017), particularmente con las de contrapeso, como poder judicial u órganos de control. El maniqueísmo populista no encaja con el pluralismo de la democracia liberal (Ruth 2018).

Centrar la definición en la retórica y el discurso ha permitido comparar líderes de distintas épocas y filiaciones políticas sin considerar el papel de las élites tradicionales o emergentes, perdiéndose importantes matices. Se han cotejado populistas y populismos clásicos como el de Vargas en Brasil, Cárdenas en México, Perón en Argentina o Velasco Ibarra en Ecuador, con populistas de derecha como Menem, Collor de Mello o Fujimori y, con populistas de izquierda como Chávez o Correa. Pero el riesgo de una definición tan discursiva es que no incorpora ni da importancia a las condiciones estructurales de un sistema político sobre las que se construye el discurso que divide y que el líder fagocita.

Las ideas de Laclau y Mouffe son seminales para académicos y políticos de izquierda que conciben el populismo como elemento democratizador, centrado en la creación de identidades populares que podrían alcanzar el poder movilizándose. “La razón populista” (Laclau 2007) bebe del marxismo al definir las élites como clase dominante, pero abre la posibilidad de que se formen sectores emergentes que se sumen a la construcción de lo nacional popular. Arditi (2010) sintetiza la visión de Laclau como una narrativa donde la “politica-como-populismo” divide el escenario social en dos y produce una frontera o relación antagónica entre ambos a partir de significados que se construyen. Esto sucede cuando las demandas sociales no pueden ser absorbidas por los canales institucionales. Entonces, los líderes interpelan a las masas frustradas y encarnan un proceso de identificación popular que construye al “pueblo” como actor colectivo que confronta al régimen existente.

Sin embargo, a pesar de definirse en el antielitismo, el populismo no cuenta con una sólida teoría de las élites. Poco se ha explicado el surgimiento de nuevas élites en su seno o la relación de éstas con el líder populista. Las teorías del populismo han dado a las élites connotaciones principalmente negativas, lo que implica rechazarlas tácitamente, incluyendo la posibilidad (o realidad) de que pueda surgir una “élite populista”. Empero, la relación entre líderes y élites es crucial para entender el desarrollo de los diferentes populismos. Desde los estudios clásicos (Mosca 1939; Michels 2008) se sabe que las élites se establecerán en cualquier organización y que ningún líder puede mantener el poder a lo largo del tiempo sin contar con un grupo de respaldo, que obtenga el estatus de élite por su posición en una institución estatal, militar o en organizaciones económicas o sociales fuera del Estado. Aunque los regímenes populistas sean personalistas, siempre necesitarán de una élite para gobernar.

Nuestra definición de élite se alinea con una «comprensión basada en recursos», por ello afirmamos que no emergen solo del capital y las instituciones políticas, sino también del control de otros elementos como el aparato de violencia, los símbolos o el conocimiento. Las élites pueden superponerse y es la combinación del control sobre varios recursos durante un cierto período de tiempo lo que determina si los grupos se establecen como élites (Bull 2014). Por ello, sostenemos que es fundamental comprender no sólo las “élites incongruentes” de las que emana el populismo (Di Tella 1965) sino también en qué medida los movimientos populistas generaron élites alternativas a las tradicionales que enfrenta, pues argumentamos que, en la medida en que una élite alternativa tenga éxito, los movimientos populistas serán más duraderos y se consolidarán en el ejercicio del poder, pero también se volverán una amenaza a la democracia en el largo plazo.

3. Populismo, élite y colapso en Venezuela y Ecuador

La política en Venezuela y Ecuador estuvo centrada en una persona durante más de una década: Hugo Chávez (1999–2013) y Rafael Correa (2007–2017) respectivamente. Durante esos períodos la polarización creció y las instituciones democráticas se debilitaron, a la par que aumentaba la intervención del Estado en la economía y la sociedad. Sin embargo, el final de sus gobiernos fue diferente. Chávez murió en 2013 y Maduro, su sucesor designado, ganó las siguientes elecciones, manteniéndose en el poder desde entonces, acentuándose el proceso de debilitamiento de la democracia venezolana iniciado por Chávez hasta volverse un régimen autoritario y neo-patrimonial (López Maya 2018; Mccoy y Pantoulous 2019).

Rafael Correa barajó distintos escenarios que dejaban abierta su posible reelección. Finalmente, promovió una reforma que permitía aplicar la reelección indefinida a su salida del poder. Designó como candidatos a sus exvicepresidentes, Lenin Moreno para presidente y Jorge Glass para vicepresidente, con la intención implícita de que Moreno fuese “hombre de paja” de un gobierno controlado por Glass, con ministros fieles a Correa, que también controlaba los diputados. Pero Moreno se distanció rápidamente de Correa y, durante ese proceso, su partido, Alianza País (AP), prácticamente desapareció debido a la división entre Correistas y Morenistas (Burbano De Lara 2017). Quien fuera el presidente más poderoso de la historia reciente de Ecuador, fue sentenciado a 8 años de cárcel. ¿Por qué terminaron de forma tan diferente?

4. Populistas y élites incongruentes

Una de las caras más visibles del populismo de izquierda fue su radical discurso antiélites, que contribuyó a polarizar los sistemas políticos pues, como resulta lógico, provocó la reacción de las élites tradicionales (North y Clark 2018). Chávez y Correa llegaron al poder en medio de una profunda crisis política y económica y sin claras conexiones con las élites. Aunque el primero protagonizó un golpe de Estado y el otro fue ministro, eran outsiders, personas sin pasado político que desarrollaron su acción en el terreno democrático atacando constantemente a los principales actores e instituciones de la democracia (Mayorga 1995). A diferencia de los presidentes Morales o Lula, quienes venían de una larga trayectoria política y habían creado fuertes organizaciones antes de alcanzar el poder.

En Venezuela, el acuerdo entre las élites durante la transición democrática de 1958 se plasmó en el Pacto de Puntofijo, que llevó estabilidad al país en base a la distribución del poder entre dos partidos: COPEI y Acción Democrática (AD). No solo compartieron el gobierno, también el acceso a los ingresos petroleros que impulsaron un notable crecimiento económico y el desarrollo de un sistema de bienestar en las décadas de 1960 y 1970, aunque a costa de crear un sistema económico y social dependiente de los ingresos petroleros (rentismo) y padecer de “enfermedad holandesa”. Para entender el proceso venezolano podemos observar los gobiernos de Carlos Andrés Pérez. En el primero (1974–1979) se disparó el gasto público y la corrupción gracias a la abundante liquidez petrolera. A la larga se generó una situación estructural que hizo aguas al caer los precios al comienzo de la década de 1980, empeorada por cambios del contexto financiero internacional que dificultaron obtener financiamiento (Karl 1997; Di John 2005). El segundo mandato (1989–1993) fue convulso política y económicamente, siendo el Caracazo un punto de inflexión en la historia de Venezuela. La paz política y económica del Puntofijo, cimentada en las rentas petroleras, se rompió y las élites fueron cuestionadas. En ese escenario, un grupo de jóvenes tenientes coroneles, entre ellos Hugo Chávez, intentó un golpe en 1992. Chávez ingresó a prisión y se dio a conocer en su célebre discurso mesiánico de rendición en el que anunciaba que “por ahora” no se han cumplido los objetivos del Movimiento.

Chávez se postuló como candidato presidencial en 1998, con COPEI y AD en plena decadencia. Contó con el apoyo de “élites incongruentes” de origen militar y empresarial (Gates 2014; Avilés 2009) y una coalición de 13 movimientos y partidos de izquierda, incluida su organización, el Movimiento Quinta República (MVR) que más que un partido político era una maquinaria construida en torno a su candidatura, pues siempre miró con recelo a los partidos (Hetland 2017). Obtenida una cómoda victoria, la gran coalición electoral se disolvió dejando a Chávez todo el protagonismo.

Correa se dio a conocer en los cinco meses que fue ministro de finanzas del gobierno de Alfredo Palacio (de abril a agosto de 2005) por su extrema beligerancia contra las instituciones financieras internacionales, estilo confrontacional que justificó desde posiciones nacionalistas. No era una figura pública al llegar al gabinete, tanto es así que el dirigente indígena Auki Tituaña lo definió como “huairapamushca” palabra quichua que significa literalmente “hijo del viento” y que se aplica a quienes no se sabe de dónde vienen ni hacía dónde van. En la misma línea, Lucas (2007) tituló “Un extraño en Carondelet” al libro donde narra el ascenso de Correa al poder como candidato de un movimiento político ad hoc -como Chávez- llamado Patria Altiva y Soberana PAIS.

La victoria de Correa es el culmen del cambio de coalición dominante (Morlino 1985) gestado durante un dilatado proceso cuyo primer síntoma fue la interrupción del gobierno de Bucarán en 1997 y que continuó en la crisis económica y política que acabó con el gobierno de Mahuad (Sánchez 2002). A esto le siguió la Rebelión de los Forajidos (abril de 2005) que puso fin a la presidencia de Gutiérrez e hizo patente la desafección y malestar con los partidos y élites como representantes de los ciudadanos en las instituciones, manifestada en el “que se vayan todos” (Cárate Tandalia 2009). La élite se desprestigió por la quiebra financiera, la dolarización, la migración y la falta de capacidad del Estado, cuyas funciones reguladoras achicó el neoliberalismo. Correa como candidato canalizó el malestar al posicionar al neoliberalismo y la partidocracia como causas de los problemas (Echeverría 2007; Sánchez y Pachano 2020), a la vez que se anunciaba como justiciero, siguiendo la tradición populista ecuatoriana con origen en la década de 1930. Recordemos su eslogan electoral “¡Dale Correa!” que jugaba con el doble sentido de “dale” para animar o para golpear.

Ni Chávez ni Correa eran parte de las élites. El primero, originario de una familia modesta del interior de Venezuela, destacó en su carrera militar. Cabe recordar que las Fuerzas Armadas son una opción de salida para sectores medios, permitiendo la movilidad social y el acceso a la élite gracias a la meritocracia de las “antigüedades”. El segundo proviene de una familia con pretensiones sociales, pero recursos limitados. La mala situación y el afán por conseguir ingresos impulsaron al padre a servir de mula de drogas, siendo encarcelado en los Estados Unidos durante la niñez del expresidente. Sin embargo, Correa se educó en centros católicos privados que, por su prestigio, también educaban a los hijos de la élite, hecho que los convertía en microcosmos que ponían en evidencia la desigualdad. Gracias a las redes católicas de apoyo hizo un posgrado en Lovaina y fue profesor de la Universidad San Francisco de Quito, centro privado de élite al que siguió un juicio durante su gobierno. Ahí obtuvo una beca de intercambio con la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign que le permitió doctorarse (Almeida y López 2017).

Correa es de Guayaquil, la ciudad más grande del país y centro de negocios con una élite e instituciones muy tradicionales. Al ser un puerto económicamente potente, produce coyunturas de incongruencia de estatus y, en consecuencia, élites alternativas que han canalizado sus ambiciones políticas por vía populista desde la década de 1940 (Menéndez Carrión 1986). Un ejemplo: la élite de origen libanés que llegó al poder con Abdala Bucarán en 1996.

Durante su primera campaña mostró ya las características de su estilo de liderazgo. En consecuencia con su fundamentalismo religioso y su visión populista, convirtió la política es una lucha entre el bien y el mal dónde él representaba el bien y podía salvar al país de los enemigos internos (pelucones y partidocracia) y externos (neoliberalismo e imperialismo yanqui) (Conaghan 2008; Echeverría 2007). Continuó la tradición caudillista del gobierno del “hombre fuerte» o la “mano dura”. Así, Conaghan y De La Torre (2008) definieron su mandato como «hiperpresidencialismo plebiscitario», donde él, como líder, recibe todo el poder del pueblo al tiempo que esa delegación y las actuaciones derivadas se legitiman por procesos electorales reiterados. En consecuencia, sus gobiernos fueron una campaña de marketing constante cuyo objetivo era mantener a sus votantes movilizados y acentuar la polarización entre élite y pueblo (Burbano De Lara 2020).

El sujeto construido por Correa, en oposición a las élites, era la Patria (Zepeda 2010): una nueva identidad nacional que rompía la visión neocolonial y oligárquica, para construir un nuevo sujeto mestizo que vive en armonía con indígenas y afrodescendientes. Todos formando “La Patria” como espacio simbólico de identidad común. Este discurso oficial no fue asumido, entre otros, por el movimiento indígena, pues adherirse a la propuesta del presidente significaba renunciar a sus reivindicaciones identitarias, aceptando el proyecto “civilizatorio” nacional-popular propio del populismo. Las diferencias se transformaron en enfrentamiento abierto con la Confederación de Pueblos y Nacionalidades Indígenas en Ecuador (CONAIE) (Resina De La Fuente 2015), a pesar de que se introdujo en la agenda del gobierno el concepto de Buen Vivir (Sumak Kawsay) que supuestamente parte de nociones indígenas de convivencia con la naturaleza (Hidalgo-Capitán y Cubillo-Guevara 2018). Otro frente abierto fue el modelo de desarrollo extractivista del gobierno (Andrade 2015) que, además de afectar al medio ambiente, degrada el entorno de muchas comunidades indígenas.

Chávez enfrentó la oposición de las élites tradicionales desde su primera victoria, lo que posiblemente aceleró su deriva populista. Desde los medios de comunicación, los empresarios privados, liderados por la cúpula empresarial Fedecamaras, y lo que quedaba de los partidos políticos tradicionales lanzaron campañas anti-chavistas y elaboraron planes para terminar con un gobierno al que ellos consideraban ilegitimo desde un inicio. Aunque perdió influencia política, la vieja élite seguía teniendo poder financiero gracias al control de la compañía petrolera PDVSA y su entorno. El primer gran triunfo de Chávez contra las élites fue la Asamblea Constitucional y la adopción de una constitución para la renombrada «República Bolivariana de Venezuela». Ésta fortaleció la presidencia al eliminar el Senado y permitir la legislación por delegación (Corrales 2015). Mediante la Ley Habilitante de 2001, promulgada vía decreto, se impusieron amplias enmiendas legislativas que provocaron rechazo de la antigua élite al ver atacados sus intereses. El punto más álgido del enfrentamiento fue el golpe de Estado liderado por el presidente de Fedecamaras en abril de 2002, después que Chávez intentó controlar PDVSA.

Los soportes de Chávez fueron el «pueblo» -sus votantes- y los militares. El pueblo fue construido como un sujeto unificado y de alto valor moral, en oposición a la «oligarquía» y al « Imperio del Norte»: Estados Unidos. Los discursos de Chávez, muchos pronunciados en largas intervenciones televisadas, se han estudiado a fondo (Arenas y Gómez Calcaño 2017) y Hawkins (2009) los caracterizó como los más típicamente populistas del mundo. Otro rasgo destacable de su discurso son las connotaciones religiosas centradas en la construcción de sí mismo como Salvador (Zúquete 2008):

“Aquí hay dos opciones nada más: el continuismo y la corrupción, o la salvación de Venezuela. Delante de ustedes venezolanos tienen dos caminos nada más, dos opciones nada más. Y como dice la Biblia, que es muy sabia la palabra de Dios, no se puede estar con Dios y con el Diablo. Cada quien escoja su camino. […] todos los que quieren salvar a Venezuela, síganme, como dijo Jesús un día, dejad que los muertos entierren a sus muertos. Y vengan con nosotros a la vida, al futuro, a la esperanza, a la resurrección de un pueblo, a una patria nueva” (Hugo Chávez, discurso al final de la campaña electoral, 2-12-1998).

Las Fuerzas Armadas fueron otro pilar de apoyo. Como Teniente Coronel realizó toda su educación y carrera profesional en el ejército, autoproclamándose regularmente soldado al servicio del pueblo. La Revolución Bolivariana fue básicamente un “proceso civil-militar”. Así, entre sus primeras acciones como presidente, estuvo convocar a las Fuerzas Armadas bajo el llamado “Plan Bolívar”, en 2000, para construir infraestructura y desarrollar proyectos sociales. Tras el intento de golpe de 2002, purgó el ejército e hizo planes para fortalecer la parte militar de la Revolución (González Manrique 2007). Correa, por el contrario, carecía del apoyo de una élite estructurada e institucionalizada como fueron los militares para Chávez. En cambio lo respaldaron sectores heterogéneos de pequeños grupos emergentes, la élite económica y profesional de Guayaquil y grupos de la élite políticamente progresista y de izquierdas de Quito y la sierra.

5. Populistas y élites tradicionales

Chávez y Correa pusieron en marcha una serie de programas sociales que aumentaron su popularidad y respaldo. En Venezuela, se implementaron las llamadas “misiones” que buscaban reducir la pobreza, alfabetizar, mejorar la atención médica y construir vivienda social. Programas financiados gracias al control de PDVSA y al rápido aumento de los precios del petróleo desde 2003 (Ellner 2019b). La tensión entre Chávez, los partidos y los sectores empresariales aumentó después de 2002; en respuesta, los ataques verbales, legales y financieros de Chávez contra miembros de la élite tradicional se volvieron más frecuentes, oscilando desde el regaño en uno de sus programas, hasta expropiaciones, controles de precios y divisas o distribución de licencias y contratos (Bull y Rosales 2020). Con el tiempo, sus ataques verbales se dirigieron cada vez más contra Estados Unidos, pero también había sitio para las élites tradicionales, acusadas de falta de patriotismo y servilismo al imperio.

El proyecto económico y social de Correa se basó en dos pilares: dinamización económica a través del gasto en infraestructura y empleo público; y un programa social redistributivo con transferencia monetaria y mejora de servicios públicos como salud y educación. Se pusieron en marcha políticas públicas de forma intensiva, si bien muchas eran cuestionables o poco eficientes (Sánchez y Pachano 2020). Al igual que en Venezuela, los ingresos petroleros permitieron la financiación y que el presidente aumentara la capacidad del Estado para intervenir en la economía y la sociedad. Mientras hubo dinero, el modelo funcionó bien, tal y como expresa la satisfacción de Correa en la campaña electoral de 2013:

“Hemos recuperado la dignidad, la fe, la confianza en nosotros mismos; pero ¿saben cuál es el precio del cambio que siempre resalto?, para mí es fundamental, ustedes, esos rostros de esperanza, esas miradas de optimismo, el haber recuperado la fe en nosotros mismos, es que permitimos que nos roben todo menos la esperanza y con eso como ave Fénix el pueblo ecuatoriano y la Patria entera se levantó de las cenizas del neoliberalismo”.

Correa no tuvo que soportar la oposición de la élite tradicional con la misma intensidad que Chávez. Las élites ecuatorianas estaban muy debilitadas y el sistema de partidos fragmentado, con muchas organizaciones pequeñas y débiles, sin que ninguno tuviese un rol dominante. Pero gracias al control que tenían del Congreso, podían legislar e influir en el nombramiento de altos cargos, jueces y autoridades de control. Por eso, desde un primer momento, Correa explotó hábilmente la crisis de legitimidad del sistema de partidos tradicional, la “partidocracia”, como causa de los problemas del país (Echeverría 2007), por lo que, para solucionarlos, había que acabar con ella.

“El pueblo ecuatoriano dijo basta a los gobiernos de la partidocracia, le dijo basta a los banqueros ladrones, le dijo basta a los mentirosos que jamás cumplieron sus promesas electorales, le dijo basta a los negocios mediáticos, le dijo basta a los que se burlaron una y otra vez de su bondad y su paciencia” (Rafael Correa, Campaña Electoral 2013).

PAIS, su partido, no presentó candidatos a diputados, pues entre sus planes estaba cerrar el Legislativo y trasferir los poderes a una Asamblea Constituyente que refundase el país acabando con los privilegios de las élites tradicionales, su modelo de desarrollo y apropiación del poder. Finalmente, la Constituyente se convocó gracias a una serie de medidas autoritarias. La elevada popularidad de Correa, que así cumplía sus promesas de justiciero, se trasladó a una alta votación que dio la mayoría a su partido en la Asamblea, lo que implicaba de suyo la renovación de la élite política (Basabe 2009). Solo Guayaquil, su ciudad natal, se le resistió, pues el alcalde provenía del Partido Social Cristiano, una organización de derechas que gobierna la ciudad desde 1992.

El sector privado ecuatoriano acusó tanto la crisis económica de 1997–2000, que terminó con la economía dolarizada, que no termina de recuperarse. La nueva moneda dio estabilidad al sistema, pero empeoró su competitividad internacional. Las organizaciones empresariales, de bancos o terratenientes, o las cámaras de comercio fueron perdiendo la fuerza política que tuvieron en la década de 1980 (Naranjo 1993). Los ataques de Correa contra el sector privado se centraron en los medios de comunicación, censurados y perseguidos económica, política y judicialmente con el argumento de que se defendía de empresas que no informaban, tergiversaban y hacían campaña política en su contra (Conaghan 2015). También atacó a los bancos, vinculándolos con la crisis financiera y la migración de inicios del 2000. Las élites económicas y sociales tradicionales fueron caricaturizadas como “pelucones” en alusión a la aristocracia francesa que usaba peluca (Wolf 2018; Arosemena et al 2013).

La relación de Correa con los militares tampoco fue particularmente buena. Consideraba importante garantizar la independencia respecto a las Fuerzas Armadas estadounidenses, para lo que incluso impulsó que la nueva constitución incluyera la prohibición de establecer bases militares extranjeras, reservándose competencias en el nombramiento de sus jefes, haciéndolas así más dependientes de él. Intervino también en organizaciones que les otorgaban privilegios, como su sistema de salud y pensiones. El resultado fue una relación ambivalente, con unas élites militares a menudo divididas y unas Fuerzas Armadas también favorecidas con la gestión de nuevas empresas estatales (Avilés 2009).

6. Populistas y élites alternativas

Chávez era plenamente consciente de la importancia de construir una élite alternativa que dinamizase el sector productivo como aliado de la Revolución Bolivariana. En 2002, adoptó un enfoque discursivo que distinguía entre élites buenas y malas. Así, apela a la clase media como parte del pueblo, pero siempre y cuando sea patriótica y colabore en la construcción de prosperidad:

“Hombres libres, elecciones populares y horror a la oligarquía. Por cierto que aprovecho para seguir aclarando, que no es que la clase media es la oligarquía ¿no? ahí está la campaña mediática tratando de confundir a la clase media, la clase media es del pueblo, la clase media es patriota, la clase media es nacionalista, la clase media es fundamental para el país, la clase media no es oligarquía […]; así que vamos a darle un saludo de nuevo a la clase media, que es una clase con la que cuenta Venezuela, Venezuela será un gran país y un país de una gran clase media, todos los que aquí estamos pertenecemos todos a esa pujante clase media venezolana (Hugo Chávez, Mérida. 27 de febrero de 2002. Aló Presidente No. 94).

Buscó construir un sector productivo alternativo al dominado por la “vieja élite”. Gracias al aumento del precio del petróleo en más de $ 100 por barril, en 2007, tuvo la oportunidad de utilizar la distribución de la renta petrolera para garantizar el control político (Dachevsky y Kornblihtt 2017). Este dinero se usó para políticas sociales y subsidiar dólares baratos a compañías que remplazasen a las de la vieja oligarquía. Favoreció sistemáticamente a las empresas más pequeñas con capital nacional y fortaleció la asociación de empleadores Fedeindustria a expensas de Fedecamaras, que reunía a empresas más grandes e internacionales que apoyaron el golpe (Grimaldi 2018).

Las tensiones se incrementaron conforme avanzaba la proyección político-personalista de Chávez, que culminó en un discurso populista donde yuxtaponía grandes corporaciones y demonio. Después de 2007, la concentración de poder en sus manos fue aún más clara. A pesar de que perdió las elecciones de aprobación de las enmiendas constitucionales de ese año, implementó sus propuestas gradualmente gracias al control de las instituciones. Luego vino el primer plan nacional de desarrollo que instituyó el “Socialismo del siglo XXI”, seguido por el establecimiento de cientos de “Empresas de Producción Social” y “Empresas Socialistas”, todas fuertemente subsidiadas por él (Carlson 2007). Al mismo tiempo, el gobierno intentó controlar el tejido asociativo mediante organizaciones que competían con las ya existentes en la mayoría de las áreas de la sociedad, incluyendo sindicatos y organizaciones empresariales, socavando así el acceso a la financiación y los canales de influencia (Smilde 2017).

Aunque “boliburguesía” se ha utilizado en la opinión pública para describir la nueva élite económica surgida durante la Revolución Bolivariana, es discutible si realmente podemos hablar de nueva “clase” o nueva burguesía (Ellner 2019a). Lo que parece claro es que surgió un sector económico significativo, considerado “chavista”, e integrado principalmente por empresas de importación y exportación establecidas para aprovechar la oferta de dólares baratos, estando así muy vinculadas a empresas y bancos estatales.

Chávez también fue consciente de la necesidad de contar con un partido político fuerte. Antes de las elecciones de 2006, formó el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) buscando fortalecer lazos con la sociedad civil que el MVR no tenía, reducir la oposición y disputas dentro de la coalición que lo apoyaba y limitar la creciente corrupción entre las organizaciones de base (Hetland 2017). El PSUV evolucionó hasta convertirse en “partido hegemónico” con amplio apoyo electoral y capacidad para resolver el creciente conflicto interno en el chavismo. Cumpliendo la ley de hierro de la oligarquía de Michels (2008), también se formó una élite en la cúpula, muchos de cuyos integrantes se superponen claramente con la nueva élite económica. El PSUV se convirtió en un canal de movilidad social y la élite del partido en un importante grupo de presión, con interés propio en dar continuidad a la Revolución Bolivariana.

Correa, al carecer de una estructura de soporte preexistente como fueron las Fuerzas Armadas para Chávez, intentó construir un ejército de tecnócratas que, desde el control del Estado, velasen por la Revolución Ciudadana y se constituyesen en su élite. Su discurso maniqueo estaba constantemente sazonado con conocimientos técnicos y siempre mencionaba su formación académica como criterio de autoridad. De La Torre (2020) denominó este estilo “tecnopopulista” por la extraña combinación que aglutinó de dominación racional -propia de la tecnocracia- y carismática -propia del populismo-. En Ecuador no había un soldado de Cristo, sino un líder supremo iluminado, una especie de “profesor Mesías” que sacaría a la gente de la miseria.

Buscó fortalecer la capacidad burocrática del estado a nivel central y por áreas, priorizando aquellas donde apenas estaba presente (Andrade y Nicholls 2017). Todo giraba en torno a la Secretaría Nacional de Planificación para el Desarrollo (SENPLADES), una súper entidad con atribuciones presupuestarias que supuestamente coordinaba toda la política pública del Estado (Sánchez y Polga-Hecimovich 2019). Los tecnócratas de estos nuevos organismos no venían, como antes, de la élite económica nacional o multilaterales, como el Banco Mundial. Fueron reclutados especialmente de universidades, en base a la educación y la experiencia técnica (Wolf 2018) según testimonios de quienes ahí trabajaron. De un momento a otro se generó una alta demanda de personas con formación en Economía, Sociología o Ciencia Política y se creó una red de cooptación entre excompañeros de las universidades de Quito, principalmente de las privadas. De todos los empleados de SENPLADES en 2013, el 70% era menor de 40 años y 2/3 tenían una maestría o un título académico superior (Andrade y Zenteno 2014).

Gran parte de los ministros y secretarios de Estado de Correa salieron de esta nueva tecnocracia. Sin embargo, la razón “técnica” generalmente se supeditó a los criterios políticos, prioridades y opiniones de Correa o de su círculo próximo. Con el fin de no “molestar” al líder, se adaptaban los planes de políticas públicas a las ideas preconcebidas que tenía, aunque no coincidiesen con los estudios de factibilidad realizados.1 En esta contradicción está uno de los fracasos del modelo tecnocrático de la Revolución Ciudadana.

AP fue otro intento de construir una élite alternativa de la Revolución Ciudadana desde un partido, pero terminó siendo un apéndice del gobierno, dependiente de los recursos públicos y carente de autonomía funcional para confeccionar las listas de candidatos, manejar la agenda política, diseñar la estrategia electoral y, por extensión, mantener las carreras políticas (Trujillo 2018; Herrera 2017; Benavides 2012). Correa era el activo electoral de AP, por ello en la elección de diputados se produjo coattail effect. En vista de que el arrastre electoral del candidato presidencial beneficiaba a los otros candidatos, no se buscó el fortalecimiento organizativo o programático. Herrera (2017) sostiene que AP vivía una ficción participativa, permitiendo que se diese sin dejarla al azar y controlándola por medio de “operadores políticos” (Trujillo 2018).

7. Élite alternativas y continuidad del populismo

El chavismo sobrevivió a la muerte del Comandante en 2013 y a la caída de los precios del petróleo de 2014. También a la elección del sucesor designado, pese a todas las dudas iniciales sobre su liderazgo y las presuntas divisiones internas. Se mantuvo a pesar de la peor crisis económica en su historia y la pérdida del 63% del producto nacional bruto entre 2013 y 2019. Confirmando nuestra hipótesis, sobrevive gracias a su vínculo orgánico con tres élites alternativas: élite militar, élite del partido y nueva élite económica. Los militares pasaron de una posición importante en la Revolución Bolivariana bajo Chávez a convertirse en fuerza dominante bajo Maduro. En un principio, éste tenía confianza limitada en el ejército e hizo concesiones a los militares para asegurarse su apoyo, como nombrar 5.000 nuevos generales, dar a un alto rango militar el control de la mitad de los ministerios -incluidos los estratégicos de aduanas y alimentos- y, po-nerlos a cargo del programa de distribución de alimentos CLAP. En 2017 tomaron el control de la compañía petrolera y la compañía de producción agrícola más importante, además de adoptar un papel clave en el comercio ilegal de drogas o metales, entre otros recursos no legales y violentos y también financieros.

El partido domina los puestos ministeriales civiles y la Asamblea Constitucional, creada en 2017 para anular a la Asamblea Nacional controlada por la oposición. También cuenta con representantes de la nueva élite económica, que están encontrando nuevas vías de enriquecimiento fortaleciendo los lazos con Rusia, Irán y Turquía, a pesar de las sanciones de EEUU y la UE. Durante 2019, la mayoría de las regulaciones económicas como el control de precios o de divisas, que caracterizaron la “Revolución Bolivariana”, fueron derogadas, lo que contribuyó a la dolarización de la economía y a una bonanza económica para las tres nuevas élites que están muy superpuestas. Aunque no son élites uniformes o sin fricciones, todas tienen como prioridad la continuidad del régimen, sin importar cuán corrupto, ineficaz y autoritario sea.

Por el contrario, el proyecto de Correa no tuvo continuidad, a pesar de su popularidad y de que su partido siguió gobernando. Más allá del distanciamiento con Moreno, explicado anteriormente, sostenemos que se debió al excesivo personalismo de Correa, que limitó el fortalecimiento de élites alternativas que podían dar continuidad a la Revolución Ciudadana. La fortaleza de ésta radicaba en el presidente y derivaba de él, por ello, el cambio de gobierno significó también el cambio de régimen.

AP no se institucionalizó como partido político, con militancia activa y dirigentes en diversos niveles políticos y territoriales que asegurasen la continuidad del proceso. Era un instrumento electoral, conformado en gran medida por redes clientelares alimentadas desde el Estado/gobierno que giraban alrededor de Correa, con cortas expectativas políticas, enfocadas, sobre todo, a cumplir los objetivos del presidente. Es evidente la dependencia del partido de los recursos públicos y de su líder, cuando la salida de éste de la presidencia y la ruptura de Moreno con la Revolución Ciudadana, significaron la práctica desaparición de AP.

Por motivos similares tampoco se consolidó la tecnocracia como élite alternativa. La crisis económica restó financiación al diseño e implementación de políticas públicas: su base de poder. También implicó reducción de sueldos y contrataciones, disminuyendo su presencia en la gestión del Estado. Pero lo más importante es que, más allá de la imagen de “gobierno técnico” que trasmitía la propaganda oficial, había una estructura de poder centralizadora que tomaba decisiones de forma unilateral, que estaba por encima de todo el aparato tecnocrático y lo debilitaba. La ejecución rápida de una obra o la pronta puesta en marcha de un programa se convirtieron en objetivos en sí mismos, más allá de su viabilidad o eficacia.

8. Conclusiones

Los primeros estudios sobre populismo, además de estudiar al líder, atendieron a las élites que se sumaban a ese proyecto político. Sin embargo, las actuales tendencias hegemónicas centradas en la estrategia, el discurso o la forma de concebir la política, prácticamente no las analizan. Esto se debe a que el populismo en sí mismo se basa en una retórica antielitista y muchos movimientos populistas han sido odiados y contrarrestados por lo que podríamos llamar élites tradicionales. Las explicaciones de por qué algunos países resisten más a los líderes populistas y su retórica antinstitucional se han centrado en la fortaleza de las instituciones existentes, más que en la relación con las élites.

Consideramos que la relación con las élites es crucial para entender cómo los regímenes populistas evolucionan durante su proceso de llegada y permanencia, o no, en el poder. Primero, la existencia de élites incongruentes, es decir, aquellas que han acumulado recursos, pero no poder político, es condición necesaria para el surgimiento de los movimientos populistas. Segundo, los líderes y movimientos populistas dependen del apoyo de las élites existentes o de generar nuevas.

Este artículo muestra que Chávez y Correa no eran simplemente dos líderes autoritarios llegados al poder por canales democráticos, sino presidentes populistas con un discurso maniqueo que, constantemente y por varios medios, dividían a la población entre “el bien y el mal”. Ambos desarrollaron modelos de dominación carismática, como un “soldado de Cristo” (Chávez) o como un “profesor Mesías» (Correa). Además, escindieron las diferentes élites y mantuvieron una relación conflictiva con las instituciones democráticas.

Una diferencia entre Chávez y Correa fue la estrategia deliberada y el éxito del primero en la construcción de élites alternativas, luego de su choque frontal con las preexistentes. Recurrió a complementar los ataques verbales y legales contra la élite tradicional, con un refuerzo consciente de la élite alternativa basado en el control de los recursos de actividades no legales y violentas, los recursos organizativos (el partido) y los recursos financieros. Correa intentó construir una élite tecnocrática y un partido que actuasen como su élite alternativa, pero fracasó porque ninguno desarrolló autonomía, dependiendo su poder y supervivencia, en gran medida, de él como líder y del acceso a unos recursos públicos que se perdieron con la crisis de los precios del petróleo.

Mientras la “Revolución Ciudadana” de Correa se derrumbaba, el chavismo sobrevive, con una “mala salud de hierro”, a través de un movimiento político cada vez más autoritario bajo el liderazgo de Maduro. Según nuestro análisis, las posibilidades de que el movimiento populista no tenga continuidad si el líder desaparece, son mayores si no se ha creado una élite alternativa. En consecuencia, la democracia se ha debilitado en mayor medida en Venezuela que en Ecuador, precisamente porque Chávez fue apoyado por nuevas élites.

Ambos casos han servido para mostrar cómo el estudio de las élites enriquece la teoría populista y contribuye a comprender mejor dónde y por qué un discurso populista gana terreno y es la base para la aparición del correspondiente movimiento. Entender cómo cambian las élites abre un campo al estudio de la concentración del poder económico y político bajo líderes populistas de todo tipo.

Notas finales

1Esta explicación es recurrente en las entrevistas a personas que trabajaron como tecnócratas al responder a la pregunta: ¿por qué fracasó el modelo tecnocrático de la Revolución Ciudadana? 

Competing Interests

The authors have no competing interests to declare.

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