Como si fuéramos la muesca diminuta/sobre el arma que alguien disparó en un pasado remoto,/en una tierra desconocida decidieron por nosotros, antes/de que naciéramos, hasta los muertos a los que tendríamos que llorar.

  —Claudia Masin, “Potrillo”.

1. Introducción

En el artículo necrológico dedicado al científico Manuel Ricardo Trelles, publicado en el Boletín del Instituto Geográfico Argentino, leemos sobre su “rica colección de cuadros europeos y americanos” (Martínez 1893: 211).1 De esta, Trelles no podía vanagloriarse debido a la falta de dos retratos, el de Juan de Garay, fundador de Buenos Aires, y el de Juan José de Vértiz y Salcedo, segundo virrey del Río de la Plata. Se trata de dos personajes fundacionales cuyos retratos, como vicarios de sus cuerpos, estaban ausentes del panteón o “galería histórica” del coleccionista.

Manuel Ricardo Trelles fue un prototipo del científico del último cuarto del siglo XIX, no solo por su afán colector sino también por la gran amplitud de disciplinas en las que incursionó. De hecho, en la necrológica que se le dedica, se lo presenta como “bibliófilo, arqueólogo, geógrafo, paleógrafo y numismático”, además de pintor (Martínez 1893: 210).2 Su persona y el relato de su pinacoteca menoscabada introducen así la problemática que voy a desarrollar en este trabajo, a saber, cómo se construye discursivamente la persona del científico finisecular en una serie de artículos necrológicos aparecidos en una muestra del Boletín del Instituto Geográfico Argentino (a partir de aquí el Boletín) entre 1889 y 1910.3

Los catorce artículos necrológicos recogidos para este trabajo son notas escritas, en unos pocos casos acompañadas de un busto ilustrado, dedicadas exclusivamente a hombres científicos argentinos y extranjeros que murieron durante el período mencionado. Como corresponde a su género, estos artículos no son centrales en el contenido de la revista. Sin embargo, quiero argumentar que con ellos, el Boletín no solo solventará en la medida de lo posible “el vacío irreparable” dejado por los científicos, evitando así lo ocurrido con retratos como los de Garay y Vértiz, sino que erigirá su panteón de muertos ilustres, retratos de cuerpos, como diría Robert Pogue Harrison (2003), sobre los que descansarán los vivos; cuerpos sobre los que se erigirá la nación.

Dentro del contexto de las instituciones científicas en el que se inscribe el Boletín, propongo pensar los cuerpos que se retratan como la contracara de los cuerpos estudiados en artículos de etnología, arqueología, relatos de viaje y lingüística en otras páginas del mismo Boletín. Me refiero a los cuerpos de los “indios”, coleccionados y expuestos en los museos de antropología y de historia natural encargados de archivar y clasificar el patrimonio nacional.

La relevancia de este artículo radica entonces en visualizar las prácticas de poder y de saber puestas en marcha a través de un género ‘menor’ –el artículo necrológico– dentro del Boletín. El trabajo mostrará las estrategias discursivas con las que el Boletín a través de sus necrológicas interviene tanto en “el proceso de construcción de la imago en la memoria de los sobrevivientes” (Giorgi 2014: 197–98) como en el proceso de distribución de los cuerpos en diversas formas de existir después de la muerte: la del cuerpo a alabar, imitar y coleccionar en necrológicas y pinacotecas, por un lado; la del cuerpo a estudiar y coleccionar en artículos científicos y museos, por otro. Además, se propondrá que para construir la imago de los científicos nunca se hace alusión directa a sus actos de dominación sobre otros cuerpos, silenciando así la violencia en la que se basan muchos de sus logros.

Sin bien no se encontraron trabajos sobre el género necrológico en el siglo XIX dentro del campo de la ciencia del mundo hispano, contamos con el estudio de Cristina Beatriz Fernández (2015) que versa sobre las necrológicas en la Revista de Filosofía entre 1915 y 1929. En este, Fernández analiza la organización discursiva de los artículos y los valores que estos destacan en las descripciones de los sujetos recordados. Si bien trata otro momento histórico y otra posición geopolítica, también contamos con el estudio de Julian Hamann (2016) sobre las prácticas de consagración de biografías científicas en obituarios aparecidos en revistas académicas de Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania entre 1960 y 2000.

El estudio de los artículos se realiza a partir de la identificación y el análisis de una serie de temas recurrentes. Algunos de ellos, como el del vacío dejado por el muerto, son clásicos del género, mientras otros, como el de la laboriosidad, serán más específicos para el contexto de una revista científica. Sin embargo, para estudiar cómo se produce el silencio de los actos violentos, el aborde temático no es suficiente. Por esta razón, y a los fines de visualizar esta operación de borramiento, se estudiará más a fondo un caso particular, el del explorador Ramón Lista.

2. El Boletín: topografía, geografía y muerte

El Instituto Geográfico Argentino –actualmente Instituto Geográfico Nacional– fue fundado en 1879 por Estanislao Severo Zeballos y “se encargaría de patrocinar viajes y expediciones en el país por los próximos cincuenta años” (de Asúa 2009: 30). Ese mismo año vio la fundación de la Oficina Topográfica Militar por Julio Argentino Roca, entonces Ministro de Guerra y Marina durante la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874–1880) y principal ideólogo y ejecutor de la llamada Conquista del Desierto (llevada a cabo entre 1878 y 1885).

Zeballos fue una figura central en las redes de sociabilidad científica y política de su tiempo. Ya como estudiante de primer año de ingeniería fue uno de los principales promotores de la Sociedad Científica Argentina. También trabajó como escribiente para Carlos Burmeister cuando este era director del Museo Público (Farro 2008: 57). Junto con los hermanos Francisco y José María Ramos Mejía, coeditó los Anales de la Sociedad Científica Argentina (Andermann 2007: 23); fue director de La Prensa y tres veces ministro de relaciones exteriores durante las presidencias de Miguel Juárez Celman (1886–1890), Carlos Pellegrini (1890–1892) y José Figueroa Alcorta (1906–1910). En el contexto de este trabajo, el dato más interesante es su afición por la antropología, y sobre todo su afán de coleccionista. Al respecto, anota Máximo Ezequiel Farro:

Compartía con Moreno la afición por las colecciones de cráneos indígenas y de piezas arqueológicas, con las que había formado un gabinete que instaló en la imprenta del diario La Prensa del que era director […] que estaba compuesto mayormente por muestras geológicas, piezas arqueológicas y fósiles, producto de sus viajes de exploración por la provincia de Buenos Aires (Farro 2008: 64).

En 1888, Zeballos dona su colección de unos cien “cráneos antiguos y modernos” al Museo de la Plata,4 dirigido por Francisco P. Moreno. En este se exhibían por igual cráneos e indígenas vivos, los que al morir también pasaban a formar parte de las colecciones del museo (Peralta 2001; Andermann 1997: 24–25; Cornell y Medina 2001: 183; Andermann 2003: 132).

Según un informe de las actividades del Instituto publicado en el Boletín, en el año 1896, Carlos Correa Luna inscribe el surgimiento del mismo en una necesidad de:

despejar la incógnita que ofrecía el país mismo, su suelo y su ambiente, vulgarizar su nombre y obligar la atención de la Europa hacia este extremo del mundo, perdido antes en la balumba de los estados revoltoso de South América, dispuesto, sin embargo, á5 convertirse en nación civilizada y floreciente, en cuanto comenzara la explotación seria de sus inmensas riquezas naturales. (Correa Luna 1896: 239)

La cita revela el nexo entre topografía, geografía y violencia que caracterizó a las sociedades geográficas que se fundaban por estos años y que, al decir de Navarro Floria, “se autoidentificaban con la exploración del territorio entendida como una operación práctica y teórica –una suerte de conquista para la ciencia– complementaria de la conquista material realizada por las armas” (2009: 91). La formulación de Correa Luna muestra en qué medida el Instituto, del cual el Boletín es vocero, formaba parte de aquella serie de instituciones6 vinculadas al proyecto civilizatorio liberal y más específicamente a Julio A. Roca y a su proyecto de extensión y control de las fronteras, para cuyo fin Correa Luna apunta la necesidad de “desalojo” de “los salvajes” (1896: 242) y de “exterminio de las hordas indígenas” (1896: 244).

En el contexto de este trabajo, se hace necesario destacar que el suelo que en la cita se presenta como objeto del deseo nacional, también se controlará a través del entierro de los muertos. Según cómo se distribuyan, marquen y recuerden los cuerpos que aquí yazgan se construirán o negarán los fundamentos humanos y húmicos de esta nación en formación. Como apunta Pogue Harrisson, el mejor modo de hacer posesión de un lugar es enterrar los propios muertos en él (2003: 11). También lo es, debemos agregar, negarles la calidad de fundamento a los muertos de ciertas comunidades.

Como se verá en los artículos estudiados, estos no siempre se dedican a difuntos que se enterrarán en suelo argentino. Sin embargo, el gesto de incluirlos en el Boletín será un modo de insertarlos en la linealidad entre pasado, presente y futuro, en una genealogía científica de la que la nación Argentina desea formar parte. Asimismo, al aparecer en las páginas del Boletín, también formarán parte del humus –al menos simbólico– que pasará a conformar la humanidad “civilizada y floreciente” a la que apunta Correa Luna en el citado artículo de 1896.

3. El género necrológico y los científicos

En su trabajo sobre las necrológicas en la Revista de Filosofía entre 1915 y 1929, Fernández señala la nueva vinculación que se empieza a dar entre el género del elogio y la actividad intelectual y científica en la Francia del siglo XVIII. El género del elogio se había utilizado desde la antigüedad clásica para relatar vidas de hombres ilustres y, luego, durante el medioevo, vidas de santos. En el siglo XVIII,

[Los a]tributos de los médicos que parecían heredados de la escritura hagiográfica, como los de devoción y sacrificio, se conjugaban con las nociones de patriotismo y ciudadanía para colaborar en la constitución de una ideología médica moderna (Fernández 2015: 193).

Fernández resalta, así, que el uso del elogio para convertir a estos médicos “en muertos ilustres” (2015: 193) se transforma en un modelo a seguir. La señalada relación con la hagiografía es especialmente interesante en el contexto del proyecto secularizador en marcha en el territorio americano durante el último cuarto del siglo XIX. En este sentido y recurriendo a una expresión de Podgorny, Fernández se refiere a un “panteón de santos laicos” (2015: 198).

Ahora bien, puesto que el artículo necrológico se escribe en el momento en que la vida y toda su potencialidad han llegado a su fin, la escritura trazará un camino definido, un orden que solo se revela después de la muerte del que es retratado. Así, la necrológica conformará una narrativa en la que los pasos que un individuo va dando desde el momento en que es arrojado a la vida cobran un sentido histórico, subrayando su importancia y delineando las huellas que este dejará en el mundo. En el caso de los científicos del período que nos ocupa, serán sus huellas en los espacios públicos y oficiales de la modernidad las que les merecerán un lugar en la historia nacional de la ciencia. Por consiguiente, el hecho de presentar ante los lectores del boletín de un instituto científico nacional una vida concretizada funcionará no solo como narración del destino de una persona sobresaliente, sino también como adelanto de los potenciales destinos individuales de sus colegas y lectores y, extensivamente, del destino de la nación en la que se les otorga protagonismo. El cuerpo ya inerte –en el caso del artículo necrológico ni siquiera presente de forma material pero sí a través de las marcas que ha ido dejando a través de su labor científica– se convierte en una ‘cosa’ relacional que une presente, pasado y futuro (Pogue Harrison 2003: 93).

3.1 Nacionalidad y muerte

En la serie de artículos aquí estudiados, uno de los ejes centrales utilizados por los autores para presentar a los muertos retratados es el de la nacionalidad: se es ‘argentino’ o se es ‘estrangero’ –usando la ortografía de la época. El apodo de ‘estrangero’ se utiliza para aquellos que, nacidos fuera de Argentina, se radican en el país y se suman a proyectos sobre el suelo argentino. Podemos trazar una tercera categoría que no lleva una denominación particular y a la cual nos referiremos con el vocablo de ‘extranjeros’. Se trata de científicos de otras latitudes que nunca se han radicado ni participado de expediciones en suelo argentino.

Son cuatro los ‘argentinos’ que se retratan. El primero que aparece es el ya mencionado Manuel Ricardo Trelles, que moriría en 1893, con sus 72 años, anciano para la época. En el artículo de nueve páginas, el apelativo de “este argentino” y algunas variantes es utilizado diez veces.7 El segundo es muy breve y está dedicado a Adolfo E. Carranza, de quien se da muy poca información, quizás por el hecho de que no era geógrafo propiamente sino un ciudadano que “sembraba para otros aunque sembró también para el país” (Zeballos 1896a: 308). Detrás de esta descripción, se ocultaba un empresario vinculado con la explotación del suelo. El tercero es Ramón Lista, miembro fundador del Instituto Geográfico Argentino (Correa Luna 1896: 246), quien moriría a los 41 años de edad, durante su expedición al Pilcomayo en 1897. Sobre Lista y su muerte que sacudió al mundo científico del momento, volveré más adelante. El cuarto es el contralmirante Manuel José García Mansilla quien al momento de su muerte de un infarto cardíaco, en 1910, “formaba parte de la comisión nombrada para inspeccionar el mapa de la República Argentina, que el Instituto Geográfico Argentino debe publicar en cumplimiento de una ley del Centenario de Mayo”8 (Sorondo y Moscarda 1910: 243–44). El artículo sobre García Mansilla aparece precedido por un informe sobre la constitución de la mencionada comisión en el cual se enumeran las resoluciones tomadas para guiar el trabajo de la misma.

En cuanto a los ‘extrangeros’, son estos mayoría entre los homenajeados. En orden de desaparición son Julio Popper (1893), quien había dirigido expediciones a Tierra del Fuego en 1886 y tuvo empresas mineras en la zona;9 Benjamin Apthorp Gould (1896), quien había sido invitado por Domingo Faustino Sarmiento para fundar el Observatorio Astronómico en Córdoba y posteriormente fue su director; el coronel Eugenio Bachmann (1896), militar dentro de la marina y profesor de ciencias exactas; Arturo Seelstrang (1896), explorador del Chaco y profesor de topografía; Juan Valentin (1897), geólogo que luego se incorporó al Museo de la Plata y al Museo Nacional de Buenos Aires;10 y Mauricio Schwarz (1898), ingeniero y socio fundador del Instituto.

“De origen extrangero pero todo dedicado á nuestra República,” son las palabras que dan inicio al discurso en honor al rumano Julio Popper, escrito y pronunciado por Lucio V. López “en el acto de la inhumación de sus restos”, y posteriormente publicado en el Boletín (Sorondo y Thompson 1893: 217). En lo que respecta a Eugenio Bachmann, este llegó de Austria a Argentina “desvinculado como un aerolito sin haber conocido á un alma”, según lo comenta su colega y compatriota, Francisco Latzina (1896: 672).11 Bachmann es presentado así como el “inmigrante solitario” que se abre camino para luego ser “astrónomo del Observatorio de Córdoba”, “profesor de la universidad de Córdoba” y “director de la escuela naval” (Latzina 1896: 672). Seelstrang, Valentin y Schwarz son alemanes. De las notas correspondientes, se sabe que Seelstrang será sepultado en Córdoba y Valentin, en Rawson, “en la Capital de ese territorio del Chubut, por cuyo progreso ha rendido la vida” (Correa Luna 1897: 650).

Entre todos estos, destaca el caso de Gould, pues es el único que morirá y será enterrado en su ciudad natal, Boston, Estados Unidos. Zeballos le rinde homenaje con las siguientes palabras en las que Gould y el alemán Carlos Burmeister son sacralizados en su calidad de científicos al servicio de la ciencia nacional:

los que nos hemos criado cerca de GOULD y BURMEISTER, sacerdotes máximos del culto de la Ciencia en la patria, inspirándonos en su ejemplo de labor infatigable y honrados con las bondades de su amistad, no podemos dar el adiós supremo al sabio americano sin las emociones de una despedida dolorosa y de una gratitud sincera (Zeballos 1896a: 687).

Como ya adelantamos, el Boletín también homenajea a cuatro ‘extranjeros’ –hombres que han nacido en otros países y que no han ocupado cargos ni llevado a cabo trabajos en territorio argentino. Pedro José Amadeo Pissis, de origen francés, e Ignacio Domeyko, de origen polaco, reciben una necrológica conjunta atribuida a la Revista Geográfica de Pattermann, donde se los presenta como “dos sabios conocidos y apreciados en el mundo de la ciencia” (Revista 1889: 291). La pérdida en este caso se le atribuye, en primer lugar, a la República de Chile. La necrológica dedicada a Edward C. Merewether, Presidente de la Real Sociedad de Geografía de Australasia, es la más breve de las estudiadas en este trabajo (s. f. 1893). Lo opuesto se puede decir del artículo de quince páginas sobre el español Marcos Jiménez de la Espada, titulado “Un muerto ilustre”. Nacido en Cartagena y educado en Valladolid, Sevilla y Madrid, Jiménez de la Espada es presentado por Enrique Ballesteros como “uno de los hombres más beneméritos de la historia y de la arqueología americanas”. Este también resalta que “los resultados de sus empeñosas investigaciones en nuestro continente” no fueron de menor importancia que los de la Condamine o Humboldt, a pesar de ser menos conocidos (Ballesteros 1899: 508). Con la cantidad de espacio dedicado a su persona y su obra, el Boletín deja claro el lugar que le merece el científico español.

3.2 Temas de la muerte

Observamos en los artículos estudiados una variedad de temas recurrentes. El tema del vacío dejado por el muerto es probablemente el más específico del género. En el caso de García Mansilla, la comisión de la que formaba parte al momento de su muerte, toma la resolución de “[d]ejar sin reemplazo la vacante producida en la comisión, á fin que el nombre del contralmirante Garcia figure en el mapa que publicara el Instituto” (Sorondo y Moscarda 1910: 244). El gesto busca una materialización del vacío, que se manifestará con el nombre y que señalará el lugar dejado por el “consejero tan experto como laborioso” del que se ven privados “sus compañeros de trabajo” (Sorondo y Moscarda 1910: 244).

En lo que respecta a Julio Popper, Sorondo y Thompson (1893: 217) se refieren a la “pérdida irreparable” que representa esta muerte. Formulaciones similares aparecerán en los artículos aparecidos en La Prensa y en La Nación (Ansel 1970: 108). Para preservar su memoria, el Instituto resuelve construir un sepulcro y trasladar los restos “a Ushwaia, Capital de la Gobernación de Tierra del Fuego” (Sorondo y Thompson 1893: 220). Sin embargo, a pesar de la resolución del Instituto, los restos de Popper, de origen judío, fueron finalmente enterrados en la bóveda de la familia Ayerza, en el católico Cementerio del Norte (Ansel 1970: 107).

La laboriosidad es otro tema que aparece en la mayoría de las necrológicas estudiadas. Como ya veíamos en el caso de García Mansilla, a este se lo destaca como un “consejero tan experto como laborioso” y se menciona “su acción eficaz” (Sorondo y Moscarda 1910: 244). Asimismo se alude al “ejemplo de labor infatigable” de Gould (Zeballos 1896b: 687); a la “existencia laboriosísima y fecunda” de Jiménez de la Espada (Ballesteros 1899: 516); a la “laboriosidad de la vida” de Trelles (Martínez 1893: 205) y a Schwarz como “uno de los más laboriosos miembros de la Junta Directiva en la que desempeñó casi sin interrupción durante veinte años el cargo de tesorero” (s. f. 1898: 565).

Estos hombres viajan, organizan y llevan a cabo expediciones, trazan mapas, publican trabajos, dan conferencias, se abocan a la dirección de diferentes organismos. Como lo constatan Harman (2016: 9) y Fernández, “casi todas las figuras que resultan dignas de estos homenajes póstumos comparten el atributo de la productividad” (2015: 203) y es este, perteneciente al dominio de su accionar público, el que debe destacarse en detrimento de la vida privada. Un ilustrativo ejemplo de la productividad resultante de la laboriosidad lo encontramos en la necrológica dedicada a Jiménez de la Espada:

Fruto de sus investigaciones laboriosísimas fueron 88 nuevas especies y 249 ejemplares de mamíferos, 1117 y 3478 respectivamente de aves; 249 huevos de 85 especies de éstas; 150 especies y 687 ejemplares de reptiles; 49 huevos de 12 especies de éstos; 786 ejemplares de 139 especies de anfibios; y multitud de pedruscos y diversos trozos de minerales traidos del fondo de los cráteres volcánicos donde descendía con grave peligro de su vida muchas veces […] (Ballesteros 1899: 510).

En su libro sobre la burguesía, Franco Moretti estudia cómo tanto la cultura de la aventura como la ética del trabajo racional, en apariencia, incompatibles entre sí, tienen su lugar en el capitalismo moderno (2013: 34). Un aspecto que destaca en la literatura burguesa es la presencia insistente de la idea de utilidad. Como venimos mostrando, las necrológicas destacan y elogian la laboriosidad y su consecuente productividad: expediciones, libros, mapas, conferencias. Lo que no se menciona en las necrológicas pero sí en otras partes del Boletín, es que estos hombres también traían vasijas, huesos, cráneos e indígenas vivos para las colecciones de los museos nacionales.12 Veremos un ejemplo de cómo se produce este silenciamiento en el apartado sobre la colección de cráneos Ramón Lista.

En cuanto a la devoción y el sacrificio, antes señalados por Fernández (2015: 193) y por Hamann (2016: 9), también aparecen en el material aquí estudiado. Un ejemplo lo encontramos en el artículo sobre Jiménez de la Espada, que ha trabajado “no con el objetivo de una recompensa material, sino por la satisfacción íntima que experimenta en lo más profundo de su alma, […] una elevada misión, […] un servicio a la civilización […]” (Ballesteros 1899: 522).

¿Cómo podemos entender el sacrificio, la devoción, el servicio a la civilización que se mencionan en los artículos estudiados? ¿En qué sentido lo son? ¿Qué significa la recurrente mención al desinterés de estos hombres? En la última cita, se habla de “una elevada misión”, que podría estar aludiendo a la concepción idealista y universalista de la verdad, y a la ciencia como instrumento privilegiado para acceder a ella. En esta misma cita sobre de la Espada, la “elevada misión” va de la mano de “un servicio a la civilización”, apelando así a una idea de civilización universal.

Fernández observa en su material el diseño de “una figura intelectual marcada por la apelación a valores universales [---] como los de justicia, razón y verdad” (2015: 195) y nos brinda el ejemplo del discurso de Ángel Gallardo en ocasión de la jubilación de Eduardo L. Holmberg en 1914. En este se destacan su contribución a formar “una escuela de naturalistas argentinos con ferviente patriotismo, enamorados de la ciencia y de la vida, y con el culto de las ideas elevadas, nobles y desinteresadas” (Fernández 2015: 196). Nuevamente las ideas elevadas y desinteresadas que Fernández entiende como “valores racionales y desinteresados” (2015: 195). Es decir, las entiende dentro del campo de una ciencia que genera verdades universales. No obstante, en el caso de los artículos del Boletín, los valores desinteresados no son unívocamente valores como “justicia, razón y verdad” en un sentido ideal y clásico. Antes bien, quiero argüir que estamos ante la razón instrumental que justificará el acceso a las riquezas naturales de la nación a través de la ciencia y la tecnología para así, como decía Correa Luna, hacerla visible ante las naciones civilizadas –“obligar la atención de la Europa hacia este extremo del mundo”– y convertirla “en nación civilizada y floreciente” (1896: 239). Por consiguiente, el desinterés ya no debe entenderse solamente como un sometimiento de los deseos individuales –egoístas– del científico a una verdad considerada universal o a unos valores abstractos de justicia y razón, sino a un objetivo mucho más concreto que tuvo que ver con el sometimiento de muchos cuerpos y de grandes extensiones naturales. Sabemos hoy que el camino para llegar a este no fue uno marcado por la justicia, la igualdad y lo que hoy conocemos como derechos humanos, sino que fue uno de violencia, opresión y explotación. De este modo, podemos entender el desinterés al que aluden las necrológicas como una entrega del individuo y su sed de aventura a formar parte de la cadena de mando de la institución científica que, siguiendo el razonamiento de Max Weber sobre la razón instrumental, ganará en eficiencia y perderá en racionalidad sustantiva-ética (Kim 2012), sirviendo así a la concretización de proyectos nacionales o disciplinares.

Consiguientemente, notamos que los atributos morales de los científicos se resaltan para expresar no solo el desinterés, sino también el sentimiento correspondiente a este: el amor por la República o por la Geografía. Por ejemplo, del geólogo alemán Juan Valentin, muerto en Chubut en 1897, escribe Correa Luna (1897: 620): “Era un trabajador modelo, un hombre sano y afable, que deja allá en Francfurt, la ciudad de sus primeros triunfos científicos, una esposa, hijos pequeños, y aquí, en esta república que amó con desinterés, numerosos admiradores que guardarán piadosamente el culto de su memoria”. Sobre Popper, apunta Lucio V. López que “amó á la república con entrañable cariño”13 (Sorondo y Thompson 1893: 219). En cuanto a Bachman: “llevó a su retiro la conciencia de haber servido al país con lealtad, honradez y competencia, y pobre como ha venido, pobre se ha ido” (Latzina 1896: 672–673). Incluso en la brevísima noticia sobre la muerte de Edward C. Merewether, Presidente de la Real Sociedad de Geografía de Australasia, hay espacio para indicar que fue al progreso de esta que “dedicó todos sus esfuerzos” (s. f. 1893).

A través del lenguaje de la productividad, del desinterés y de la utilidad, las necrológicas atestiguan como una vida dedicada al trabajo científico también está al servicio de los estados nacionales. Vale resaltar que este argumento no se formula con ingenuidad y utilizando el discurso de pasividad e inocencia de la anticonquista descrito por Mary Louise Pratt (2008: 9). Por ejemplo, Marcos Jiménez de la Espada recurriendo a un vocabulario bélico, deja registro de una conciencia de la ciencia como agresiva y depredadora: “También la ciencia es milicia, aunque sin las galas, aparatos y estruendo de la guerra; y si no me acuerdo de haber obtenido ascenso alguno por mi acción de Pichincha, tampoco puedo quejarme del botín que gané” (Ballesteros 1899: 510, énfasis mío).

Otro de los temas que se decantan de la lectura de las necrológicas es el de la movilidad del científico, una que, como se entiende de lo ya discutido anteriormente, se articula como productiva. Este tipo de movilidad productiva e individual contrasta con la de los indígenas que se entiende como grupal y sin una finalidad clara, como por ejemplo en el siguiente extracto de un artículo de Samuel A. Lafone Quevedo (1896: 122): “El Chaco, tanto el Argentino como el Boliviano, ha sido y aún es campeadero y cazadero de innumerables hordas de indios, nómades algunos, asentados otros, irreductibles aquéllos, más aptos para la civilización moderna éstos”. El indio en movimiento se presenta como una “masa anómica e indiferenciada de ‘bárbaros’ que acechan al sujeto de la escritura y del saber”, al decir de Andermann refiriéndose a los escritos de Sarmiento (Andermann 2003: 120). Son “irreductibles”: imposibles siquiera de atrapar en el discurso más que como masa. Por consiguiente, si el movimiento de los hombres que merecen una necrológica es uno productivo y deseado por la nación, el de los indios es improductivo y entendido como una amenaza.

Sin embargo, fuera del orden meramente discursivo, la irreductibilidad no lo fue tanto. Antes bien, estuvo estrechamente ligada a otro tipo de movilidad: “las marchas de hambre y las deportaciones en trenes y vapores” (Andermann 2003: 123), cuando no la quema de cadáveres –la más degradadora negación de una tumba– y las enfermedades exterminadoras. La otra cara de la moneda de la movilidad celebrada de los que tendrán derecho a formar parte del humus de la nación será el exterminio de aquellos a los que se les niega una tumba.

De los temas aquí estudiados, el primero –el vacío dejado por el muerto– es de índole más general, y aplicable a toda oración dedicada a un difunto. Los restantes –la laboriosidad, el desinterés y la movilidad– concuerdan con una idea burguesa y liberal de la masculinidad que, en gran parte, se realiza en contextos homosociales (el club, la expedición, los Institutos y Asociaciones) y que se desarrolla como “dispositivo de dominación estatal, disciplinaria y racional de lo salvaje” (Fernández Bravo 2010: 82). Aún más, el desinterés asociado al amor –por la patria o por la ciencia– contribuye a la construcción del aspecto hagiográfico de estos hombres o santos laicos.

4. La colección de cráneos de Ramón Lista

La persona discursiva de Ramón Lista y su muerte aglutinan los temas aquí presentados. Acercarnos a la configuración de esta figura nos permite, por lo tanto, visualizar el anudamiento de líneas de fuerza, de trayectorias, en la conformación de la persona que merece seguir viviendo después de la muerte.

Lista había ido al colegio Nacional Buenos Aires y, al igual que Zeballos, estuvo vinculado con Burmeister. En 1881 había fundado la Sociedad Geográfica Argentina y fue director de la Revista de la Sociedad Geográfica Argentina. El hecho de su muerte tuvo lugar durante la expedición al Chaco, “empresa que”, según lo expresa Francisco Seguí, “había de dar la solución del problema, tantas veces iniciada, nunca alcanzada, del reconocimiento completo del río Pilcomayo á fin de obtener la noción definitiva de su navegabilidad y aprovechamiento” (Autores varios 1898: 144).

La expedición fue financiada por el Instituto Geográfico Nacional y fue seguida de cerca en el Boletín. Pero en el número de enero-junio de 1898 se cubre la llegada de los restos de Ramón Lista a Buenos Aires. En este se incluye el discurso fúnebre de Seguí, uno de Juan B. Ambrosetti, una nota de Manuel N. Pinto H. del Instituto Geográfico de La Paz, un artículo del Corriere de l’Isola de Palermo y otro de La Patria degli Italiani. Asimismo, se incluye el informe de la comisión designada por el Instituto14 para investigar la causa de la muerte.

Lista no fue el primero, ni sería el último,15 en encontrar la muerte en esta zona, la cual se resistió a ser ocupada por el gobierno nacional hasta bien entrado el siglo veinte. En diversos tipos de textos, desde artículos en revistas científicas, en la prensa periódica o en relatos de viaje, la combinación de un paisaje inaccesible y de difícil mapeado y de unos habitantes ladinos y brutales extendía un aura de terror sobre la zona. Ya en 1882 había desaparecido Jules Creveaux, el jefe de una exploración de la Sociedad Geográfica Francesa, en la zona del Pilcomayo boliviano, región de los tobas.16 Así relata el hecho el capitán John Page de la Marina argentina en la revista Popular Science Monthly de Nueva York:

A tragic interest attaches to the expedition of Dr. Creveaux, […] who undertook to work along the banks of the river. The party were enticed inland by the savages and murdered. A later Bolivian expedition of one hundred troops, accompanied by a French traveller, Mr Thouar, were harassed but not actually attacked by the savages, and after wandering considerably out of their course, succeeded in reaching the Paraguay, having traversed the Chaco in a southeast direction more or less along the river, but in any manner elucidating its geography (Page 1889: 544).

Al representar por un lado a los indígenas como astutos y engañosos y, por otro, la naturaleza como opaca a la mirada del expedicionario, la cita reproduce la ansiedad del colonizador ante una supuesta alianza entre estos. Así se justifica la aplicación de los medios necesarios para el control de ambos en nombre de la civilización.

Tras la muerte del explorador Gino Boggiani, el titular de un artículo en el New York Times nos brinda otro ejemplo de la construcción discursiva de este espacio amenazante: “Lost in the Land of Mystery. Another Band of Explorers Vanish in a Place from Which No Traveler Has Ever Returned – The ‘River of Death’ and the Strange Dangers Which Menace its Invaders”.17 La misma temática aparecerá en una de las necrológicas en italiano, donde se dice que Lista había sido “inghiottito” (engullido) por “il Gran Chaco” (Autores varios 1898: 148). Esto a pesar de que las pruebas presentadas por el informe encargado por el Instituto Geográfico Argentino a una comisión especial indicaron que Lista había sido asesinado por su secretario Alberto Marcoz, refutando así la versión del mismo Marcoz de un suicidio causado por la sed extrema en un terreno hostil (Paris et al. 1898).

En la prensa extranjera, la muerte de Lista también sirvió de ocasión para discutir la situación económica de los institutos geográficos nacionales. En uno de los artículos del volumen de 1898, el autor propone un financiamiento estatal, poniendo la Sociedad Geográfica Italiana de Roma como ejemplo a imitar (Autores varios 1898: 150). Este dato contribuye a visualizar la configuración de la persona de Lista como científico estrechamente ligado al Instituto, destacando sus logros como fundamentales para la ciencia nacional.

Lo que no registran las necrológicas es la participación de Lista en la matanza de los indios Selkham sobre la cual él mismo relata en su libro sobre su expedición a Tierra del Fuego (Lista 1887: 26.27, 73–74) y cuyo resultado fue por demás productivo. Además de las observaciones geográficas, de la flora y de la fauna, Lista obtuvo las medidas antropométricas de los indígenas (1887: 81, 126), hizo una descripción de su lengua (1887: 82) y volvió con una colección de 30 cráneos que posteriormente fueron puestos a la venta por sus herederos. En un informe de su visita al Museo Etnográfico de Leipzig dirigido al director del Museo de La Plata, el antropólogo Lehmann-Nitsche registra el haber visto estos cráneos y apunta su importancia para “definir bien la craneología argentina comprendida desde el Río de La Plata hasta el Estrecho de Magallanes” (1901: 587).

En el panteón de santos laicos en el que se inserta la persona de Lista, tampoco se menciona su relación con la cacique tehuelche Koila (Lista 2006); relación que causó escándalo en la alta sociedad porteña a la que pertenecía el explorador y que puede haber sido la causa del suicidio de su mujer (Pogorile 2001). Estos últimos datos, en apariencia de carácter anecdótico o sentimental, son sin embargo fundamentales para visualizar las complejas relaciones que se entablan entre el científico y sus objetos de estudio, ambos poseedores de un cuerpo, pero que aún después de la muerte deben mantenerse dentro de redes de sociabilidad claramente separadas.

5. La necrológica como oración laica

El estudio de las necrológicas nos da acceso a la simultaneidad de temporalidades que conviven con el avance de la modernidad sobre el territorio; temporalidades que no se encuentran en plano de igualdad ni siquiera después de la muerte. Hay retratos, necrológicas y entierros con honores por un lado, hay cráneos y silencios por otro.

Las necrológicas que se publican en el Boletín del Instituto Geográfico Argentino son una expresión concreta de las consecuencias de una ciencia aliada al estado y bajo cuya autoridad y virilidad se clasifican, controlan y distribuyen los cuerpos, tanto en sentido discursivo como material. Si las pensamos como una suerte de oración laica, podemos entender la efectividad performativa que estas poseen. Giorgio Agamben, en un trabajo sobre el papel de la liturgia cristiana en el estado moderno, estudia la diferenciación teológica tradicional entre opus operatum “la acción sacramental en su efectividad performativa” (2012: 40) y opus operantis que “nombra el acto en la medida que es realizado por un determinado sujeto, un determinado agente, el sacerdote que tiene una cierta cualidad moral y física” (2012: 40). Lo interesante de esta distinción, apunta Agamben, es justamente “la separación entre la eficacia, la realidad efectiva de una acción, y el sujeto que la lleva a cabo” (2012: 41). En el fin de siglo XIX, el científico, ya más allá de sus cualidades morales o éticas, ha adquirido la autoridad de un “agente”, y de manera análoga al sacerdote, “lleva a cabo una acción sacramental que sin él no podría volverse real o efectiva” (2012: 42). Es un agente de la verdad, asociado, como venimos viendo, al poder estatal y económico, dueño de una movilidad muy particular e inmerso en redes sociales transnacionales. Podemos desde esta perspectiva entender la necrológica de un científico sobre un científico como un actus operantis que resulta en un actus operandus: una praxis discursiva que no solo reproduce la autoridad del científico y su posición en las estructuras de poder de la nación, sino que también tiene consecuencias concretas en las vidas y en las muertes de los cuerpos involucrados.

Hemos visto que en su iteración, los temas estudiados traen a colación frases convencionales y fórmulas rituales. A través de ellas, funcionan como parte del dispositivo que pone en marcha repertorios y tecnologías a fines de crear y recrear la persona del científico finisecular, en contraste, por un lado, con las no-personas que en el anonimato se fundirán con la tierra en la que yazgan y, por otro, con aquellos cuerpos que se preservarán en nombre de la ciencia como piezas de museo.

En este último sentido, es relevante observar que en el culto al muerto ilustre –cuya memoria se quiere mantener viva–, el foco se pone en el individuo: el nombre, los datos biográficos, los sacrificios y los logros alcanzados. Estamos ante el sujeto único de la ciencia experimental: un sujeto que conquista su masculinidad, como argumenta Fernández Bravo (2010), a través de la acción y de la dominación. Sin embargo, el estudio de este corpus diacrónico de necrológicas demostró que la supuesta individualidad no lo es tal. Por el contrario, solo se hace posible en el entramado de redes sociales, científicas, de clase, de género y de raza que la sostienen y la demarcan. Asimismo, vimos que en la construcción discursiva de quienes coronarán el panteón de santos laicos no se hace alusión directa a sus actos de dominación, quedando así borrada, en la exhibición de sus muertes, la violencia que les ha permitido ganarse tan honroso lugar.