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El Estado Continental y la geopolítica de la integración: de Juan Domingo Perón a Alberto Methol Ferré

Authors:

Daniela Vanesa Perrotta ,

Universidad de Buenos Aires – CONICET, AR
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Enrique Martínez Larrechea

IUSUR, UY
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Abstract

Juan Domingo Perón and Alberto Methol Ferré have built their thinking and political praxis based on the ideas of a geopolitics of the early twentieth century, which especially highlighted the issue of continentality. Perón was, in a context of industrialization, the main political precursor of the continental unity; whereas Methol Ferré gave to the notion of industrial Continental State a fundamental heuristic role. Based on the texts of both authors, this paper revisits the category of Continental State in the Metholian thought, highlighting one of the fundamental sources of inspiration for its development in the ideas and postulates of Perón.

 

Resumen

Juan Domingo Perón y Alberto Methol Ferré han construido su pensamiento y su praxis política a partir de las ideas de la geopolítica de inicios del siglo XX, que destaca especialmente la cuestión de la continentalidad. Perón fue, en un contexto de industrialización, el principal precursor político de la unidad continental; mientras que Methol Ferré otorgó a la noción de Estado Continental industrial un papel heurístico fundamental. Por lo tanto, con base en textos señalados de ambos autores, en este trabajo se revisita la categoría de Estado Continental en el pensamiento metholiano, destacando una de las fuentes fundamentales de inspiración para su desarrollo en el pensamiento y los postulados de Perón.

 

Palabrasclave: Geopolítica; Integración Regional; Estado Continental; Juan Domingo Perón; Alberto Methol Ferré

How to Cite: Perrotta, D.V. and Larrechea, E.M., 2019. El Estado Continental y la geopolítica de la integración: de Juan Domingo Perón a Alberto Methol Ferré. Iberoamericana – Nordic Journal of Latin American and Caribbean Studies, 48(1), pp.132–145. DOI: http://doi.org/10.16993/iberoamericana.419
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  Published on 26 Nov 2019
 Accepted on 27 Oct 2019            Submitted on 16 Mar 2018

1. Introducción: geopolítica y continentalidad

La historia de las relaciones está inextricablemente ligada a la idea de control territorial, sea bajo la forma de la expansión y la conquista de nuevas tierras o del impulso reivindicativo por la pérdida de espacios considerados sagrados o esenciales para la comunidad (Brzezinski 1998). Esto es particularmente cierto para el mundo westphaliano, en el que el Estado nacional se consolida como la unidad política estructural de la modernidad. Tras las terribles purgas poblacionales generadas en Europa por las guerras mundiales del siglo XX, claramente ligadas a programas político-militares con una fuerte dimensión territorial, sea en función de pleitos coloniales o del control de regiones estratégicas de Europa, el desarrollo tecnológico generó un acceso más concentrado a las armas de destrucción masiva por parte de las superpotencias y de un puñado de otras potencias nucleares. Esta limitación para el resto de los Estados, resultado por una parte de normas jurídicas, como la proscripción de la guerra como política, y por otra parte de la notable desigualdad tecnológica emergente de la segunda guerra mundial, ha condicionado, pero no eliminado el peso de la posición y de la posesión territorial en la política internacional (Brzezinski 1998).

El pensamiento geopolítico está íntimamente ligado al análisis del poder en su relación con los grandes espacios terrestres y marítimos. En una de las cumbres del pensamiento político, Harold Mackinder, formuló la idea de que el dominio mundial está en función del control ejercido sobre la ‘isla mundial’, a partir del dominio del área pivote y del heartland, la zona central euroasiática (Mackinder, 1904). En torno de la ‘isla mundial’ se ordenaba una ‘creciente insular’ de tierras exteriores, desde Gran Bretaña, a Japón, pasando por América, África del Sur y Australia. Esta creciente insular fue asumida por un realista de la bipolaridad como Nicholas Spykman como el núcleo estratégico, en tanto un cinturón de las ‘altas culturas’, que bordeaban la Isla Mundial (Methol Ferré 1984: 42).

Por su parte, para Alfred Mahan (1905), la condición del dominio mundial de los Estados Unidos se basaba en su hegemonía marítima, en cierto modo una gran isla, lo que habría de dar continuidad a la talasocracia británica. El pensamiento de Mahan inspiró las orientaciones geopolíticas del presidente Theodore Roosevelt (1901–1903) quien, desde comienzos del siglo XX, consolida el poder norteamericano en el Caribe (Methol Ferré 1984).

Una contribución fundamental para pensar el rol en la historia de las grandes masas continentales es el de Carl Schmitt, quien analizó en su magnífico Tierra y Mar la dialéctica entre estos dos medios naturales:

El hombre es un ser terrestre, un ente terrícola. Se sostiene, camina y mueve sobre la tierra firme. Ella es el punto de partida y de apoyo. Ella determina sus perspectivas, sus impresiones y su manera de ver el mundo. No sólo su horizonte sino también su modo de andar, sus movimientos y su figura son los de un ser que nace y vive sobre la tierra (Schmitt 1952: 7).

Este enfoque permitió a Schmitt estructurar una teoría de la historia que reposaba en esta fuerte determinación antropológica:

En completa sintonía con esta visión ‘terrícola’ de lo humano, Schmitt pensaba que el fundamento de cada época histórica podía descubrirse en el nomos de la tierra, un tipo específico de división espacial que se encuentra en la base de diversos fenómenos socialmente primarios, como la coexistencia de los pueblos, el derecho, la política y la guerra. El nomos sería una especie de estructura estructurante, una gramática espacial que condiciona los eventos históricos (Beytía 2014: 129).

Sin embargo, fue el geopolítico alemán Friedrich Ratzel quien interpretó a los Estados Unidos en clave de su continentalidad, que implicaba no sólo una noción geográfica sino la conjunción de esta variable, junto a las de población y desarrollo industrial. Tanto Juan Domingo Perón como Alberto Methol Ferré se sitúan en la línea de filiación de esta poderosa noción teórica. El primero fue, quizás, en un contexto de industrialización, el principal precursor político de la unidad continental, mientras que el segundo otorgó a la noción de Estado Continental industrial un papel heurístico fundamental.

Por lo tanto, revisitar la categoría de Estado Continental en el pensamiento metholiano, implica colocarla en la trayectoria del desarrollo de los estudios de la geopolítica y abrevar, en especial, sobre la fuente de inspiración para su desarrollo. Así, recuperar los postulados de Perón es central para aprehender los desarrollos de Methol. Este trabajo se estructura en dos secciones, una dedicada a cada uno de los pensadores, de la cual se desprenderá un apartado final que recupera la mirada metholiana, en especial, para aprehender los tiempos que corren de la integración regional latinoamericana.

2. Perón y la geopolítica del espacio sudamericano

El contexto de surgimiento histórico del pensamiento de Perón es sin duda rico en dimensiones potencialmente significativas. Cabría considerar en esta breve introducción los planteos del dirigente argentino, algunos factores impulsores muy relevantes. En primer lugar, no se puede olvidar que, por razones meramente biográficas, Perón fue contemporáneo del primer ABC impulsado por el Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil entre 1902 y 1912, José María da Silva Paranhos Junior, Barón de Rio Branco. El acuerdo suscripto el 25 de mayo de 1915 perseguía claramente los dos principales objetivos de política exterior del Barón de Rio Branco, la amistad con los numerosos vecinos hispanoamericanos, entre los cuales se destacaba la Argentina, y el entendimiento con los Estados Unidos. Adicionalmente, conformaba un área de influencia y de decisión que eventualmente, condicionaba el entendimiento con Estados Unidos al respeto de este por la política regional brasileña.

Mientras en Europa se desataban la guerra, el ABC se inauguraba en un esfuerzo por la paz entre Estados Unidos y México y se continuaba en el establecimiento de un mecanismo de concertación política entre las tres principales potencias del Cono Sur. (Moniz Bandeira 2004: 113–115). Perón daba inicio en esos años a su carrera militar, contemporáneamente a la superación del régimen oligárquico por parte de la Unión Cívica Radical de Hipólito Irigoyen. Perón está ligado asimismo a la Escuela Superior de Guerra argentina, a la que ingresó para cumplir el Curso de Capitanes y permaneció tres años (1926–1919). La Escuela Superior de Guerra era un centro intelectual importante en la formación del pensamiento militar. Señala Enrique Pavón Pereira que aquel período:

constituye la etapa decisiva de su madura y severa formación castrense. Decisiva y crucial en el sentido de que ella coincide con la de su plenitud somática y la de su completa vertebración y madurez intelectual. De la Escuela Superior de Guerra, Perón egresará armado con todas las luces de su inteligencia, como Minerva de la mente de Júpiter (Pavon Pereyra 1952: 108).

Por otra parte, durante la presidencia de Perón, se creó el Plan Savio, un plan siderúrgico, que presidió el general Manuel Savio y que implementó más tarde Arturo Frondizi.

Juan Domingo Perón1 desarrolló en sus tres gobiernos (1946–1952; 1952–1955; 1973–1974) una proactiva concepción de la política internacional orientada fuertemente por la idea de continentalismo. A su formación como teórico de la estrategia militar, que desplegó también como docente de la Escuela Superior de Guerra argentina y de experto militar, Perón sumó su condición de caudillo político y su experiencia diplomática.

No es este trabajo el ámbito para una exposición detallada o valoración de la política internacional del peronismo, respecto de la que existen textos fundamentales. En cambio, en este capítulo se busca recuperar y sintetizar el pensamiento de Perón a partir de la mirada sobre los Estados Continentales, la geopolítica y el papel de la unidad entre los países latinoamericanos y esto se realiza a partir de dos trabajos que resultaron decisivos para la reflexión de Methol.

El primero de ellos es el artículo de 1951 firmado como ‘Descartes’ en el diario Democracia, seudónimo que solía emplear. El artículo se llama ‘Confederaciones Continentales’ y su epígrafe era una frase conocida de Perón: ‘Unidos seremos inconquistables. Separados, indefendibles’. El segundo artículo, que resulta fundamental para la interpretación metholiana del peronismo y como elemento integrado en la elaboración de su perspectiva, es el discurso pronunciado por Perón en la Escuela Superior de Guerra, en Argentina, en noviembre de 1953.

En el artículo Confederaciones Continentales, Perón presenta una idea que reiterará dos años más tarde en la Escuela Superior de Guerra: existiría una sucesión de ciclos históricos en el sentido de una mayor escala y complejidad de los agregados humanos. Al ciclo de formación de los Estados nacionales (‘las nacionalidades’) debía seguir un ciclo de constitución de ‘confederaciones continentales’.

Partiendo de una cierta tesis hobessiana, expresión inequívoca de realismo político, ‘Descartes’ señala que han sido necesidades de defensa las que han conducido a Europa y Asia, “a agruparse bajo el signo del dólar o de la hoz y el martillo, respectivamente, formando verdaderas confederaciones imperialistas” (Perón 1951: 114). Enseguida, Perón introduce la idea de la confederación continental, de una forma significativa, trayendo en su auxilio al Barón de Río Branco,2 uno de los artífices de la política del ABC, consagrada en un tratado en la segunda década del siglo XX:

Hace ya muchos años un brasileño ilustre que veía lejos –Río Branco– lanzó la idea del ABC, pacto político regional destinado a tener proyecciones históricas. América del Sur, moderno continente latino, está y estará cada día más en peligro. Sin embargo, no ha pronunciado aún su palabra de orden para unirse (Perón 1951: 114).3

Para Perón, existe un problema ‘de superpoblación’ y una necesidad primaria de producción alimentaria en cantidades suficientes. Sobre esta premisa, infiere que:

Una parte substancial del futuro económico del mundo se desplazará hacia las zonas de las grandes reservas territoriales aun libres de explotación. A la tercera guerra mundial de predominio ha de suceder una carrera anhelante de posesión territorial y reordenamiento productivo. De ello se infiere que un que un grave peligro se desplazará sobre los países de mayores reservas territoriales aptas (Perón 1951: 114).

La fuente de posibles de amenaza que identifica Perón sería ‘un imperialismo triunfante, cualquiera sea éste’. Con lucidez, Perón avizora que el escenario de la batalla contra esa ‘nueva forma colonial’ serían los últimos años del siglo XX: ‘El año 2000 llegará con ese signo con el triunfo de las confederaciones continentales’. Perón advertía que en Europa y Asia se cerraba un ciclo de luchas internacionales por el predominio regional y sucedía una nueva. Para aclarar que más tarde habría de darse lo que denomina el “enfrentamiento más colosal de nuestros tiempos entre Asia unida contra Europa. Estados Unidos, como un anticipo del futuro, en nombre de los Estados Unidos de la América del Norte, se unirá a Europa en la empresa común” (Perón 1951: 115). Era pues necesario para los sudamericanos despertar a tiempo pues el centro de gravedad del mundo podría también incluirnos “en el devenir histórico por situación de tiempo y espacio” (Perón 1951: 115).

Según ‘Descartes’ el punto de apoyo decisivo sería la constitución de un núcleo básico de aglutinación, sin el cual no sería posible la tarea de realización de la unidad. Algo semejante había expresado Río Branco:

Es preciso tener entendidos concretos. No es posible, desgraciadamente, por razones obvias, pretender la alianza material de todos los países de Sud América. Pero sí es posible, y debe ser nuestro ideal buscar como un fin de utilidad superior para todo el continente, que eso se verifique entre los países que, desde luego, estén como están, por ejemplo Argentina, Brasil y Chile, en condiciones de formar un conjunto de poder efectivo asociando un capital de fuerzas más o menos equivalentes… Y el día en que no haya sino un pensamiento y una acción en toda cuestión internacional que afecte a todo el continente, no habrá osadía ni arbitrariedad bastante fuerte para imponernos una vejación. Cuando ya no sea cuestión de ocupar un puerto, sino de bloquear todo un continente sobre dos océanos, las cosas cambiarán sustancialmente, no sólo para la seguridad, sino para el prestigio y para el rango de Sud-América (Manuel Bernárdez, citado en República Oriental del Uruguay – Ministerio de Relaciones Exteriores 2003: 165–166).

Para contextualizar las nociones de núcleo de aglutinación y la conformación inexorable de un Estado Continental, es menester recuperar la entonces negociación de un tratado o ‘pacto’ entre los tres países del Cono Sur. El ‘Nuevo ABC’ pretendía construirse sobre el anterior Pacto del ABC del año 1915.

El primer ABC fue una opción propiamente sudamericana, frente al panamericanismo promovido por Estados Unidos, sin embargo, este Pacto no prosperó (Cisneros y Escudé 1998). El ‘nuevo’ ABC propuesto por Perón el 22 de septiembre de 1951 se basaba en la consecución de un mercado ampliado, acorde a su política de desarrollo nacional: la inserción internacional de la Argentina se comprendía en esta estrategia. Vale destacar que tanto en la Argentina de Perón y el Brasil de Vargas se promovían modelos de desarrollo nacional – populares y, en el último en especial, con un fuerte componente industrial (más embrionario en el caso argentino). La coincidencia en torno al régimen marcará el inicio y se erigirá como catalizador para la unión argentino – brasilera. Sobre esta base, pasamos a considerar el segundo texto escogido de Perón.

El discurso de Perón en la Escuela Superior de Guerra causó en Methol una honda impresión y constituyó, junto a los conceptos expresados por el líder justicialista en el artículo de ‘Descartes’ sobre ‘Confederaciones Continentales’, el eje de su interpretación y reconstrucción del pensamiento sudamericano.

En esta intervención, Perón se propone exponer la lógica y las ideas ‘que han inspirado una nueva política internacional en la República Argentina’ (Perón 1953). La primera afirmación de carácter conceptual presenta las características centrales de lo que denomina el ‘mundo moderno’ y había sido presentada ya en las ‘Confederaciones Continentales’:

Las organizaciones humanas, a lo largo de todos los tiempos, han ido, indudablemente, creando sucesivos agrupamientos y reagrupamientos. Desde la familia troglodita hasta nuestros tiempos eso ha marcado un sinnúmero de agrupaciones a través de las familias, las tribus, las ciudades, las naciones y los grupos de naciones, y hay quien se aventura ya a decir que para el año 2000 las agrupaciones menores serán los continentes (Perón 1953: 31).

Para Perón, el mundo contemporáneo se presentaba superpoblado e industrializado:

Todos los problemas que hoy se ventilan en el mundo son, en su mayoría, producto de esta superpoblación y superindustrialización, sean problemas de carácter material o sean problemas de carácter espiritual. Es tal la influencia de la superproducción y es de tal magnitud la influencia de la técnica y de esa superproducción, que la humanidad, en todos sus problemas económicos, políticos y sociológicos, se encuentra profundamente influida por esas circunstancias (Perón 1953: 32).

El primer punto que surge de este análisis es lo que en la actualidad denominamos seguridad y soberanía alimentaria y posesión de recursos humanos estratégicos, que con claridad comunicativa Perón presenta como la cuestión de la ‘comida’ (una metáfora o imagen pragmáticamente competente para referirse a lo que hoy llamaríamos seguridad alimentaria), el problema más difícil de resolver en su opinión, junto con el de la materia prima, ambos claves en un mundo superpoblado y superindustrializado: “En consecuencia, analizando nuestros problemas, podríamos decir que el futuro del mundo, el futuro de los pueblos y el futuro de las naciones estará extraordinariamente influido por la magnitud de las reservas que posean: reservas de alimentos y reservas de materias primas” (Perón 1953: 33).

Esa es la ventaja que presenta América, continente en el que según Perón:

todavía existen las mayores reservas de estos dos elementos fundamentales de la vida humana: el alimento y la materia prima. Sin embargo, esa ventaja se encuentra asociada a la amenaza de ‘países superpoblados y súper industrializados’, que no disponen de alimentos ni de materia prima, pero que tienen un extraordinario poder. Si subsistiesen los pequeños y débiles países, en un futuro no lejano podríamos ser territorio de conquista como han sido miles y miles de territorios desde los fenicios hasta nuestros días. No sería una historia nueva la que se escribiría en estas latitudes; sería la historia que ha campeado en todos los tiempos, sobre todos los lugares de la tierra, de manera que ni siquiera llamaría mucho la atención (Perón 1953: 34).

Ello plantea de inmediato el problema de la defensa común y es precisamente tal circunstancia en la que se apoya el planteamiento de Perón, que: “ha inducido a nuestro gobierno a encarar de frente la posibilidad de una unión real y efectiva de nuestros países, para encarar una vida en común y para planear, también, una defensa en común” (Perón 1953). Una unión edificada sobre otros fundamentos sería de algún modo una suerte de ‘cuestión más o menos abstracta o idealista’.

El planteo de Perón es pues de notable simplicidad y claridad, si bien implica una comprensión densa y compleja del mundo internacional. Las uniones americanas habían fracasado en el pasado, por lo que era necesario ensayar un proceso de fuerte base popular, capaz de constituir un fuerte núcleo de aglutinación. La lógica del desarrollo histórico, como la interpretaba Perón, conducía a la unidad continental: “Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados” (Perón 1953: 35).

El planteamiento de Perón tenía un punto de partida casi subversivo para un punto de vista nacional ‘argentinista’: proclamaba sin ambages que la Argentina era un país pequeño, sin escala para un desarrollo industrial satisfactorio:

La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo, no tiene tampoco unidad económica; Chile solo, tampoco tiene unidad económica; pero estos tres países unidos conforman quizá en el momento actual la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva. Estos son países reserva del mundo. Los otros están quizá a no muchos años de la terminación de todos sus recursos energéticos y de materia prima; nosotros poseemos todas las reservas de las cuales todavía no hemos explotado nada (Perón 1953: 39).

El mensaje de Perón a la oficialidad (y a otras audiencias posibles) buscaba afirmar la convicción que guiaba “toda la política argentina en el orden internacional ha estado orientada hacia la necesidad de esa unión” (Perón 1953: 45). Y agregaba: “Ya se acabaron las épocas del mundo en que los conflictos eran entre dos países. Ahora los conflictos se han agrandado de tal manera y han adquirido tal naturaleza que hay que prepararse para los ‘grandes conflictos’ y no para los pequeños conflictos” (Perón 1953: 45).

Para Perón, la respuesta dada por el canciller del Brasil al Acta de Santiago, que buscaba ‘desviar su arco de Santiago a Lima’ era solamente “una contestación ofuscada y desesperada de una cancillería (…) persistiendo sobre una línea superada por el tiempo y por los acontecimientos” (Perón 1953: 45).

La integración latinoamericana era concebida a partir del núcleo aglutinador, como un proceso de ampliación sucesiva. Es decir, se iniciaría con Argentina, Brasil y Chile, y desde allí se explayaría sumando a los demás países latinoamericanos.4 La propuesta peronista no prosperó en este período. Sin embargo, la idea de conformar una unidad económica y política más extensa que el Estado Nación (que hoy entendemos como integración) consistió en una estrategia para promover autonomía política y soberanía económica.

3. Alberto Methol Ferré y las geopolíticas de la solidaridad

El conocimiento de Perón constituyó uno de los hitos fundamentales en la biografía intelectual y personal de Methol Ferré. En efecto, Methol asoma al interés por los temas políticos muy joven. Hijo de un hogar blanco5 independiente, asistía con frecuencia con sus familiares a las barras parlamentarias en un momento en que arreciaban los ataques del arco liberal (conformado por nacionalistas independientes, batllistas, socialistas y comunistas) contra el caudillo nacionalista Luis Alberto de Herrera, partidario de la neutralidad en la guerra mundial, y a quien se acusaba -intencionadamente- de alentar simpatías por la Alemania nazi. La sistemática propaganda adversaria, motejada como ‘la embestida baguala’ (la estampida desordenada de caballadas en dispersión), era reciamente resistida por la juventud herrerista de la época -en la que militaban amigos de Methol, como el futuro canciller Héctor Gros Espiell, a quien tocaría la firma del Tratado de Asunción que crearía el Mercosur. En octubre de 1945, el joven Methol, con dieciséis años, asiste desde el Uruguay a la gesta del 17 de octubre de 1945, en la que se produjo una movilización obrera y sindical solicitando la liberación de Perón. La lucha herrerista y la simultánea emergencia del justicialismo son datos cruciales en la toma de conciencia política del joven Methol, la circunstancia de una toma de partido vital:

Perón apela a [Carlos] Ibáñez. Ibáñez, siendo presidente de Chile de 1928, había llamado a Alejandro Bunge, uno de los primeros argentinos que batalló por la industrialización, desde la Revista de Economía Argentina, fundada por él en 1918, y desde la cual proclamaba la necesidad de unificar el cono sur hispanoparlante a través de un pacto regional. Entonces Ibáñez lo llama en el ’28, porque quería hacer una unión aduanera – reparen la fecha, ¡1928! – con Argentina y los países hispanoparlantes del sur: Bolivia, Paraguay y Uruguay. No con Brasil. O sea que Ibáñez era un hombre con antecedentes y se daba cuenta que Chile solo era muy poquita cosa. Y hoy, Chile, siendo el único exitoso de América del Sur, sigue siendo demasiado poquita cosa, porque todos somos muy poquita cosa. Yo lo sé hace muchos años, ustedes están aprendiéndolo recién ahora. Lo lamento. Pero Perón ya lo sabía hace cincuenta años. Yo lo aprendí de él, por eso estoy acá. Yo lo aprendí de él, pero la mayoría no lo aprendió de él, esa es la verdad, y ahora, si no lo aprenden están fritos. Ahora tiene que aprenderlo, porque ahora es como él lo previó: ‘unidos o dominados’. Si les gusta, bien, es un lío gordo, hay que pensarlo mucho y estructurar muchas cosas. Es una tarea ardua y difícil. ¡Ah sí!, las grandes tareas son arduas y difíciles; y nosotros estamos demasiado acostumbrados a la facilidad (Methol 2002).6

Y agregaba:

Siguiendo con la idea de Perón, la unificación tiene reglas y procedimientos. La Unión Europea no surge de la alianza entre Italia, Suecia y España, por poner un ejemplo. Eso podría ser una aventura simpática o un antecedente, pero la Unión se produce sólo cuando se unen Alemania y Francia, que son los países que destruyen dos veces a Europa entera. Esos sí pueden generarla, esos son los únicos que pueden unificar. Y eso lo percibieron Monet, Schuman, Adenauer, De Gasperi; todos ellos dijeron: se avanza en la unidad por el camino de la alianza franco-alemana, y sólo por ahí, porque ese es el camino principal. Y Perón descubrió que el camino de la unidad necesaria de América del Sur – no de la Argentina y Brasil, de América del Sur – era ese, y planteó ese camino. Puso la manzana para que se mordiera (Methol 2002).

Ese período formativo, podría considerarse extensivo hasta sus veintidós años (en 1951):

Hubo un discurso de Perón a los altos mandos, en septiembre de 1953, que se hizo célebre, porque fue publicado en Montevideo poco después por un exiliado argentino, ‘antiimperialista’ él, bajo el título ‘El Imperialismo Argentino’. Ahí fue cuando yo lo conocí, y conocí estas ideas de Perón, que para mí fueron la revelación de su pensamiento, ¡y me embromé hasta hoy! Tuve por lo menos la fortuna de embromarme bien, pero esas ideas ¡en Uruguay!. No me pasó nada por indulgencia y pena de mis compatriotas7 (Methol 2002).

En la Conferencia sobre la Integración de América Latina en el pensamiento de Perón, pronunciada en 1996, ratifica Methol esta línea de filiación con el dirigente argentino:

Para mí este ha sido uno de los temas esenciales, si no el esencial de mi vida intelectual y personal. Y tengo un vínculo personal con un discurso de Perón del año 1953 que definió todas mis perspectivas político-intelectuales. Por eso para mí el tema de la integración no es una mera reflexión académica, sino que involucra mi percepción y mi comprensión de mi propio país. En el fondo uno es hijo de sus primeros amores; los primeros amores no se dejan nunca y en la vida política, ocurre lo mismo. Mis primeros amores fueron dos: el Dr. Luis Alberto Herrera en Uruguay y el coronel Juan Domingo Perón en la Argentina, allí por el año 1945 cuando me empezaba a asomar a la vida pública. Y fue allí donde comencé el aprendizaje de la historia rioplatense, más que del Uruguay solo o de la Argentina sola. En octubre de 1995 en el cincuenta aniversario tuve el honor que se me invitara a dar una conferencia sobre ese discurso de Perón de noviembre del 53 donde él definía a las ideas fundamentales de su política exterior y de su comprensión de la Argentina y Brasil, en relación a su importancia en América Latina. Esa conferencia, que es una conferencia hecha desde un Perón con una enorme angustia, una conferencia atravesada por una sensación de fracaso, en una tarea esencial que él se había propuesto y que era la unidad argentino-brasileña, como condición de la dinámica unificadora de América del Sur. Esta ha sido para mí la originalidad fundamental de Perón, al punto que he escrito sobre este aspecto: con Perón se ha iniciado la política latinoamericana. Es decir, es el primer creador de lo que se podría llamar una política latinoamericana. Pocas veces hubo una política latinoamericana. América Latina está dividida en dos ámbitos (Methol 1996).

Desde entonces, sumado esto a la experiencia vital de singularización de su tartamudez, Methol transitaría por los márgenes del pensamiento hegemónico pro-aliado, panamericanista, o comunista, originalidad y heterodoxia que su futura conversión al catolicismo en un país de extendida laicidad, no hizo sino profundizar.

Como lo expresó en diversos escritos y conferencias, su vida intelectual consistió en un permanente ahondamiento de las implicaciones del pensamiento de Herrera sobre la cuenca del Plata y el destino del Uruguay, y de Perón sobre la conformación de los Estados Unidos de Sudamérica.

A lo largo de su proceso de maduración intelectual y vital, Methol Ferré,8 partiendo de la interrogación sobre la cuenca del Plata y las implicaciones de la necesaria industrialización, articuló una sólida concepción geopolítica del proceso de integración de América Latina.

Para Methol, la primigenia formulación de la idea de América Latina como concepto político orientador, se apoya a menudo, en una fuente sentimental, expresándose como una razón existencial que, poderosa y aun oscura, debía llegar a fructificar finalmente en ‘inteligencia arquitectónica’.

La geopolítica, como lo escribió en la presentación de un número especial de Nexo, segunda época, sobre la materia, es: “una razón de claridad, de percepción de formas en movimiento en nuestras tierras latinoamericanas” (Methol Ferré 1984: 39).

Estas ‘formas en movimiento’, ese dinamismo, resultaba consustancial a la comprensión geopolítica latinoamericana, en la medida en que, a diferencia de Estados Unidos en 1890, la región del Sur se encontraba aun colonizando sus tierras interiores, apenas lejos de las costas.

Aquella arquitectura que reflejaría la inteligencia política de la región suponía desarrollar poderes intrínsecos, entrelazando los centros de poder internos del continente:

Si América Latina no gesta grandes centros de poder internos, no habrá América Latina. Tendremos ‘política latinoamericana’, en la medida en que tengamos en la cabeza, claramente, la dinámica de nuestros ‘centros de poder’ reales o potenciales, y sus articulaciones viables y probables (Methol Ferré 1988: 3).

En la visión del pensador rioplatense es posible distinguir entre geopolítica imperial y geopolítica latinoamericana, a la que Luis Horacio Vignolo caracterizó como ‘geopolítica de la solidaridad’ (Vignolo 1984: 71).

El rol de formulación geopolítica de los imperios se expresa con frecuencia en el águila, símbolo del poder político más alto. Sin embargo, toda política es geopolítica, con independencia de la altitud del vuelo. Las geopolíticas de vuelo corto refuerzan el carácter dependiente de sus centros de formulación. No obstante, el mismo abordaje geopolítico ha sido históricamente posible a partir de la unificación política del mundo, lo que supone que ningún Estado puede dejar de pensarse, por acción u omisión, en su relación con la ecúmene global. De esta premisa deriva Methol Ferré el valor heurístico de las geopolíticas imperiales, que nos permiten vernos a nosotros mismos en el espejo de las perspectivas más abarcadoras. Estas perspectivas fueron elaboradas por los imperios coloniales del siglo XIX en su intento de convertirse en potencias hegemónicas mundiales. Así, por ejemplo, Francia, con Michel Chevallier, intentó formular una visión geopolítica que, sin embargo, ya no se correspondía con el estadio de desarrollo industrial de Francia con relación a Alemania e Inglaterra. La idea de Chevallier partía de la necesidad de asentarse en los extremos geográficos y en sus estrechos estratégicos, como Panamá o Suez. Ello implicaba una política panlatina, de la que deriva el nombre de América Latina. Los intentos franceses de asentamiento en México y de construcción de un canal resultan superados por la realidad de la hegemonía estadounidense (Methol Ferré 1984: 41).

Ya hemos pasado rápida revista más arriba a las perspectivas mundiales de Mackinder y de Mahan y de Ratzel, clásicos de la disciplina que sería bautizada como geopolítica por el sueco Rudolf Kjellén. La geopolítica latinoamericana supone una perspectiva diferente. Como lo expresó Luis Horacio Vignolo, uno de los colaboradores de Methol en la segunda época de Nexo:

Lo que se ha consumado como característica distintiva del nuevo tiempo, lo que emerge como su categoría identificatoria, es la aparición de una verdadera ‘ecúmene de la pobreza’, que engloba en una misma problemática y dota de un lenguaje único a las dos terceras partes de la población del mundo (…) pero al mismo tiempo, por la hondura y universalización de la crisis, abre la vía, aun hipotética, pero posible- de la consolidación futura de acciones concertadas y solidarias de las naciones pobres (Vignolo 1984: 72).

Aunque escritas en medio de la ‘década perdida’ y cuando apenas se inauguraba el acercamiento argentino-brasileño y aun no se insinuaba el proceso de integración sudamericano, estas reflexiones implicaban una clara divisoria de aguas con la vertiente brasileña de la geopolítica latinoamericana, expresada en Golbery de Couto e Silva, que aún una ‘geopolítica de la dominación’.

En el Uruguay de los críticos años cincuenta del siglo XX, en el que surgiría la Revista Nexo (primera época comandada por Methol, Reyes Abadie y Ares Pons), las categorías schmittianas no resultaban ajenas, como lo revela este párrafo de Aníbal Álzaga:

(…) El Uruguay es lo que la geografía le ha impuesto que sea. Región litoral, situada a la entrada de una importante cuenca fluvial y sobre una de las rutas oceánicas utilizada por el comercio internacional, nuestro país, como ente histórico, ha venido a ser la resultante de dos fuerzas geográficas, una de las cuales, se impuso a la otra merced a la presencia de agentes de distinta naturaleza. Estas fuerzas son el influjo continental y la tendencia marítima (Álzaga 1951).

En varias ocasiones Methol afirma que el Uruguay –a quien algunos consideran como un país ‘sin nombre’: es la república localizada al oriente del río Uruguay–, nace como proyecto inglés, como un desmembramiento de la zona óptima (a modo de ‘Estado tapón’) y que se inscribe, como menciona Andrés Rivarola Puntigliano (2010) en la trama histórica de la geopolítica británica que se suma a la toma de Malvinas y el control estratégico del pasaje interocéanico. El Uruguay es así, un ‘Gibraltar americano’ que asegura la viabilidad del Río de la Plata en la ‘frontera oceánica’.

El rol descollante de Methol en la formulación de este pensamiento geopolítico de la periferia sudamericana se realiza en colaboración con una serie de intelectuales, uruguayos, argentinos -y otros latinoamericanos- articulados básicamente en torno a su figura y a las dos épocas de la Revista Nexo, un núcleo al que podemos denominar la ‘Escuela de Montevideo’, cuya característica fundamental es que, a diferencia de otras escuelas geopolíticas latinoamericanas previas a 1985, no asume como propias las coordenadas de la Guerra Fría y por el contrario desarrolla un enfoque fuertemente geocultural y ‘autonomista’, centrado en la necesidad de construir núcleos internos de articulación en la región, como vía para completar la integración territorial del continente sudamericano.9

En la geopolítica latinoamericana (previa al término acuñado por Kjellén), Methol identifica a Simón Bolívar, José de San Martín y Lucas Alamán, herederos directos de un espacio continental, incluso mundial, unificado. Más tarde, completado el proceso de separación de la América Hispánica (tendencia centrífuga que sin embargo no alcanzó a Brasil) sería la generación modernista latinoamericana del 1900, la que habría de levantar nuevamente la bandera de la ‘integración latinoamericana’.

Para Methol, la primera geopolítica latinoamericana es la aportada por el español Badía Malagrida, en 1919, puesto que, al igual que en el caso de la generación modernista, la autoconciencia se forjaba a través de la participación en un observatorio general, como el que ofrecía la reunión de las elites hispanoamericanas en España y Francia (Methol Ferré 1984: 44).

La misma continuidad lógica halla Methol en el hecho de que la siguiente geopolítica latinoamericana de importancia sea generada por Brasil, un espacio semi-continental, que tenía necesidad de desarrollo y de concebir este desarrollo en un entorno de múltiples fronteras con Hispanoamérica. El libro de Mario Travassos Proyección Continental de Brasil constituye en cierto modo una síntesis del pensamiento brasileño de Jose Bonifacio, de Candido Mariano Rondón y del Barón de Rio Branco. Sobre este pensamiento geopolítico asentado en los genuinos desafíos de Brasil, se apoya finalmente la obra de Golbery de Couto e Silva, quien, pese a la crítica de Vignolo (1984), afirmó:

La Geopolítica es mucho más amplia que cualquier geoestrategia, pues no se limita a la consideración de agresiones y de antagonismos existentes o previsibles. Al lado de una Geopolítica para la lucha, para la defensa o para el ataque, subsiste y siempre subsistirá una Geopolítica de la paz, volcada hacia los valores mucho más altos y generosos de la solidaridad internacional, de la comunión voluntaria de los pueblos, del incesante progreso de la civilización y de la cultura (Goldbery de Couto e Silva 1967: 111).

En su célebre El Uruguay como problema, Methol parte en su concepción geopolítica de la densa síntesis ofrecida por Mackinder. Integramos la ‘Isla Continental’, la creciente insular que se ha incorporado a la historia universal en los últimos cinco siglos, a través de la conquista del Imperio Hispánico:

América Latina es hija de esa confluencia de Oriente y Occidente. Pero es el mundo hispánico el que fija su unidad lingüística, cultural y religiosa de base. En la Isla Continental se ha proyectado la lucha hegemónica de los imperios y se han constituido así dos grandes áreas: sajona y latina, herederas de la Reforma y de la Contrarreforma religiosas (Methol Ferré 1971: 13).

Methol analiza la estructura del Imperio Hispánico en términos geo-territoriales: se organiza en torno a un gran mare nostrum: el Caribe, y articula su presencia en el Sur, a través de Lima. Sin embargo, la insuficiente presencia española en el Atlántico Sur y la separación de España y de Portugal luego de 1640 termina frustrando la unificación nacional del mundo hispánico, que se bifurca en dos grandes espacios articulados, pero en tensión: el hispanoamericano y el lusoamericano.

De este modo, la fundación del Virreinato del Plata responde al intento de conformar un muro de contención defensiva contra los avances de los imperios rivales, y ante todo el avance de Inglaterra en el sur. El Virreinato es una creación política que resultará contemporánea de la declinación del imperio hispánico luego de Trafalgar, consolidado como gran proveedor ganadero en el marco de un mercado mundial regido por Gran Bretaña (Methol Ferré 1971).

Según Rivarola, Methol realizó un planteo sistémico en el que pone en relación los conceptos de Estado, nación y desarrollo, en una perspectiva original. Ello le permitió superar la ‘germanización filosófica’ de la geopolítica clásica, ligada más bien a los círculos militares o a los intereses imperiales. De alguna manera señala Rivarola, Methol reivindicaba una ‘geopolítica civil’, “cuyo centro no sería la rivalidad entre Estados sino la visión de la integración como condición de desarrollo y soberanía” (Rivarola 2010: 248).

La vasta reflexión metholiana, articulada primero en su pensamiento sobre Uruguay en la Cuenca del Plata y, luego, sobre la integración de América Latina, alcanzará tras la constitución del Mercado Común del Sur (Mercosur) un estadio más desarrollado y abarcador. Es el ‘vuelo de águila’ del pensamiento metholiano, que había practicado habitualmente, pero que en las condiciones de la última década del pasado siglo y la primera década del nuevo milenio puede sistematizarse en torno a una noción clave: Los Estados Continentales Industriales.

4. Los Estados Continentales Industriales

El pensamiento de Perón sobre el estado continental se expresa en su obra, pero de un modo especialmente elocuente en su artículo, ya citado, sobre Confederaciones Continentales.

Para el conductor argentino, podemos inferir, estamos ante un espiral ascendente de ciclos históricos, ligados al desarrollo político y antropológico. Si la humanidad se había agrupado en colectivos menores y en organizaciones clánicas y tribales, en estados nacionales (o nacionalidades), el estadio de ‘confederaciones continentales’ se revelaba como la fase contemporánea, en la que interactuaban, sujetos de esa escala: los Estados Unidos de Norteamérica, Europa y Asia. En esa medida, Perón inicia la marcha hacia el proceso continental en el punto en que lo había dejado ‘un brasileño ilustre que veía lejos’ puesto que en su perspectiva: “América del Sur, moderno continente latino, está y estará cada día más en peligro” (Perón 1951: 114).

El Estado continental, la confederación continental, los Estados Unidos del Sur constituían para Perón el estadio civilizatorio de mediados de los años cincuenta y además una potente idea estratégica de carácter defensivo.

Se trataba de un abordaje intelectual, pero íntimamente vinculado a las necesidades de la conducción política estratégica en el plano internacional.

Aunque en el pensamiento de Methol es recurrente la presencia del espacio de la cuenca del Plata y de América Latina, su mayor desarrollo sistemático sobre el Estado Continental Industrial se encuentra en su obra Los Estados Continentales y el MERCOSUR.

Este libro resulta ser contextualizador de su relevante contenido, pues el escrito tenía por entonces al menos una década del preparado, y el contexto regional e internacional había experimentado cambios muy significativos, como lo pone de manifiesto Podetti (2013: 21). El segundo anexo, debido asimismo a Vignolo (h), es un texto titulado Itinerario de un Uruguayo Latinoamericano y Universal (Biografía), que se cierra con un listado provisional de la producción de Methol.10

Una valoración inicial del texto es ofrecida por un actor relevante del proceso de integración latinoamericano. En palabras de Enrique Iglesias:

El ensayo es de particular vigencia porque pone en evidencia las tensiones entre internacionalización y regionalización, entre Estado-Nación y Estados Continentales. Propone el concepto de pueblos-continente no solo de gran potencial sino también una señal fuerte de que con la economía no se puede explicar todo, ni con el mercado solo se puede construir durablemente. Methol Ferré piensa que el Nacionalismo regional integrador es una de las pocas salidas de América Latina hacia el futuro y que pensar solo en ‘desarrollismo económico’ es por naturaleza una forma de pensar incompleta. No solo necesitamos una economía de escala, afirma, también es necesaria una economía de escala y una ideología de integración (Iglesias 2013: 9).

El pensamiento de Methol sobre el estado continental no constituye una operación academicista ni se expresa en una definición meramente teorética. Por el contrario, se compone de una revisión reflexiva sobre algunos autores clásicos de la tradición geopolítica, y de la recuperación de autores claves del proceso de integración latinoamericana en íntima conexión con el carácter central que atribuye Methol al proceso de integración.

En Los Estados Continentales y el MERCOSUR (en adelante Los Estados Continentales) Methol pone en práctica una estrategia analítica compleja, histórico-teórica y política. Como núcleo de la cuestión central del libro, Methol rescata los aportes de Felipe Herrera (1965), que le permiten reconstruir, en la reflexión de este autor.11

Parece fundamental para Methol partir de una visión totalizadora de América Latina en la historia “(…) que nos ponga directamente en la médula de la problemática contemporánea” (Methol 2013: 47).

Methol considera a Felipe Herrera el mejor puente para ello, por su pensamiento histórico y sistemático.

La elección de Felipe Herrera no es caprichosa. Por una parte, el propio Methol hace alusión a que el pensamiento de Herrera ‘nunca se expuso en una sola obra orgánica’ (circunstancia que hace recordar la práctica del propio Methol, ya que Los Estados Continentales, se origina en un informe para la Cancillería uruguaya). Acomete así la tarea de antologizar lo esencial del enfoque herreriano. El objetivo es: ‘la comprensión de las lógicas históricas contemporáneas de América Latina’.

La otra razón para la elección de Herrera guarda estrecha relación con la relación intelectual Perón – Methol. Para Methol:

Desde el ángulo de las experiencias de la integración, Felipe Herrera tuvo su papel en dos instancias decisivas. Primero, fue parte del gobierno del general Carlos Ibáñez cuando se intentó la formación, en los principios de los años cincuenta, del Nuevo ABC, alianza de Argentina, Brasil y Chile, entonces bajo los gobiernos de Juan Perón, Getulio Vargas y Carlos Ibáñez. Esta alianza se proponía la creación de una complementación económica y unión aduanera entre los tres países, que fracasó, pero es el antecedente necesario del Mercosur. Luego, en los años sesenta, fue el primer presidente del BID hasta 1973, y uno de los principales protagonistas de la oleada integrativa de los sesenta. Felipe Herrera participó activamente en los dos momentos históricos más preparatorios de esta década. Tiene pues justos títulos para ser nuestro punto de partida (Methol 2013: 47).

En suma, la elección de Herrera remite a la reconstrucción de la experiencia de la integración latinoamericana, pero no con un sentido arqueológico o retrospectivo, sino para abordar los desafíos de la contemporaneidad.

La elección de Herrera no es ajena a la selección de los demás autores glosados o discutidos. Esta elección y las otras, tomadas en su conjunto revelan una estrategia de investigación y de formulación que huye de definiciones arbitrarias, o meramente discursivas, en pos de la reconstrucción de la noción del Estado Continental en toda su complejidad, historicidad y fuerza ontológica, como realidad política que se vuelve tangible desde diferentes perspectivas geográficas, epocales o filosóficas.

Methol parte, en su presentación del Estado Continental, de la distinción básica entre los procesos de cooperación intergubernamentales y los procesos de integración profunda con cierto grado de supranacionalidad, apoyándose en la cita de Felipe Herrera:

El primero de estos extremos -la cooperación- se ha venido adoptando en el ámbito regional e internacional mediante el tratado de corte internacional, en el que el principio de intangibilidad de la soberanía nacional sólo acepta las limitaciones recíprocamente convenidas en dicho instrumento, que prevé todas las circunstancias de su aplicación. El otro extremo, el federalismo o la integración política, significa la creación de un nuevo Estado más grande que asume la representación exterior de las soberanías de las unidades constituyentes y que tiene jurisdicción superior a las de sus componentes (Herrera, citado en Methol 2013: 40).

Si bien Methol parte de Ratzel, es notoria su trabajosa labor de reconstrucción de la filiación continentalista del latinoamericanismo, a través de nombres como los de Juan Bautista Alberdi, José María Torres Caicedo, Rufino Blanco Fombona, José Enrique Rodó, Manuel Ugarte, el Barón de Río Branco y otros, hasta llegar al pensamiento estructuralista y desarrollista latinoamericano (expresado por Raúl Prebisch o por Felipe Herrera). En efecto, Felipe Herrera fue quien contribuyó a lo que Devés Valdes (2003) considera como el ‘mito de la integración’ en tanto corpus teórico globalizante que permite explicar los hechos (las dificultades, en especial) y, al mismo tiempo, constituir una propuesta y una solución. Un corpus que ordena la historia en un antes y un después (teleológico) y en el cual la integración va más allá del mercado común, la planificación regional y la coordinación –motivo por el cual hay que nutrirla de un pensamiento filosófico-político, que le dé un sentido global. En este sentido, Herrera postula la necesidad de contar con un ‘Nacionalismo Continental’, un nacionalismo que no surge de la desmembración, atomización y proliferación de fronteras, sino que emerge de un concepto y de un proceso de re-integración, una tendencia hacia la asociación, una marcha hacia el reencuentro con un destino histórico señalado por los siglos (que los acontecimientos cambiaron de ruta). En este sentido, para Herrera, América Latina es una nación deshecha y es este acontecimiento histórico el que explica las causas y las razones del desencuentro de la región con su significado potencial en el mundo. Por eso, la única salida es la integración: porque permite conciliar pasado y futuro ya que en la búsqueda de América Latina por su integración económica afirma la raíz de su propio pasado. La integración es así la reconstitución de una nación balcanizada por la historia. Herrera tiene así la capacidad de recoger las ideas del presente y del pasado: “la construcción sobre el pasado es parte del mito integrador, no sólo a partir de una nación integrada anterior a las fuerzas centrífugas sino también a partir de la idea de que existió un conjunto de hombres e ideas que desearon vertebrar la desmembrada nación latinoamericana” (Devés Valdes 2003: 155).

Además, Methol encuentra a Ratzel en Herrera, quien hablaba de la necesidad de un ‘Estado Continental’ que:

Recompusiera la ‘nación desecha’ latinoamericana; y presenta a Juan Domingo Perón como aquel que con su visión de unos Estados Unidos de Sudamérica más claramente había interpretado a Ratzel, no porque ello significara la negación de Latinoamérica, a la que seguía considerando la gran base nacional, sino porque Sudamérica era lo geopolíticamente posible dada las condicionantes impuestas por el interés estadounidense. Para Methol esa visión había comenzado a concretarse con la creación del MERCOSUR y la consolidación de Brasil como líder, en alianza con Argentina (Rivarola 2010: 249).

Methol, como Ratzel, analiza el surgimiento del Estado Continental a través del proceso de conformación continental de Estados Unidos. A diferencia del proceso alemán, el estadounidense se desarrollaba en la relativa calma y aislamiento de la Isla Continental. El proceso americano generaba un nuevo ‘umbral’ en las condiciones de existencia política de los Estados en el futuro.

Al decir de Weigert (1943) citado por Methol, expresaba que: “la visión americana del mundo se adueñó de las opiniones de Ratzel y de List, e influyó en aquel en sus explicaciones de la política como un factor de espacio y distancia, tamaño, situación y fronteras” (Weigert, citado en Methol Ferré 2013: 99).

La ‘ley de los espacios crecientes’ de Ratzel constituía una fuente de ruina para los grandes imperios antiguos, que no podían sostener la complejización del espacio ampliado; sin embargo, la revolución industrial permitía la irreversibilidad de los espacios crecientes. De esta forma Ratzel fue capaz de pensar un mundo poblado de Estados continentales, como Estados Unidos, Rusia y aun la misma Europa, anticipándose así entre cincuenta años y un siglo a la que habría de conformarse como la estructura del poder mundial.

La convocatoria a la Conferencia Panamericana de 1889 habría de inducir también los festejos del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América y la generación latinoamericana del Novecientos retomaría la cuestión de la unidad continental, en respuesta al Estado Continental industrial hegemónico.

La progresiva globalización mundial había generado las condiciones de posibilidad del desarrollo industrial continental, primero con la expansión de España y de Portugal y luego con el surgimiento del Estado Continental industrial. La tercera fase de la globalización se despliega en el post 1989. Para comprenderla, Methol identifica a Samuel Huntington (1997) como el interlocutor principal, pues es naturalmente desde los Estados Unidos que, ante el cambio de las condiciones históricas, se imponía un nuevo esfuerzo de comprensión. El aporte del pensador estadounidense en este sentido es el de los ‘Estados nucleares civilizatorios’. El problema es que las civilizaciones que Huntington identifica aparecen expresadas en Estados nucleares, y América Latina no posee ninguno. Brasil sería así lo que Irán respecto al islam, un Estado con potencialidades de aglutinación pero que, por razones religiosas en un caso, o lingüísticas, en el otro, no pueden convertirse en Estado núcleo. Puesto que México ha redefinido su identidad como norteamericana y que otros países de la región no pueden aspirar a convertirse en los Estados Núcleo hispanoamericanos, América Latina podría: “fundirse en una civilización occidental con tres puntas, de la que se convertiría en una subvariante” (Huntington 1997: 160).

El siglo XXI concluye Methol, debe construir un nuevo estilo de gobernanza, a la que, siguiendo a Henri Kissinger, Methol denomina ‘un nuevo Concierto de Estados Continentales modernos’. Los Estados continentales industriales del siglo XX y Japón, el último sobreviviente mundialmente viable, por un tiempo más, de la era del Estado Nación, ocuparán un lugar en ese directorio global en una época de interregno e inestabilidad. Y las preguntas son:

¿América Latina aunará energías como para poder participar en ese nuevo Concierto de potencias? ¿Qué puede ser esto de la construcción de un Estado Nuclear o Continental en América Latina? ¿Es posible? Nuestra historia contemporánea nos muestra el único camino para tal empresa: el Mercosur (Methol Ferre 2013: 119).

El trabajo metholiano sobre el concepto de Estado Continental industrial, si bien cimentado sobre múltiples contribuciones intelectuales a lo largo de dos siglos, convierte a Methol en el auténtico acuñador del concepto, un concepto que se proyecta como categoría relevante para designar los procesos de reconstrucción de la gobernanza multipolar del siglo XXI.

De la exposición sucinta de las diversas fuentes y lecturas de Methol emerge claramente la idea de que el escritor oriental percibía el estadio del Estado Continental como un constructo conceptual emergente de la tradición geopolítica y de los grandes procesos de integración europea del siglo XIX, y como un proceso que condujo a algunos estados nacionales a la tecnología política superadora del Estado Nación industrial, que había regido la política internacional hasta el final de la segunda guerra mundial y cuyo arquetipo era el Imperio británico. Ese nuevo estadio había sido alcanzado por los Estados Unidos hacia 1890, cuando Ratzel toma nota de esa nueva escala cualitativamente diferencial del estado norteamericano, Estado Nación, sí, pero ante todo Estado Continental industrial:

la emergencia de los Estados Unidos como Estado Continental Industrial incontrastable fijaba el Nuevo Paradigma de toda posibilidad de protagonismo histórico. Los atrasados países latinoamericanos separados entre sí se condenaban a la impotencia. Enseguida del Ariel, Rodó decía que nuestra cuestión de la unidad nacional se parecía, aunque en escala mayor a la de Italia: reunir las patrias chicas en una ‘Magna Patria’, de la unión continental. Esto se hizo la intuición fundamental de la generación del 900 que coincidía sin saberlo con la perspectiva simultánea de Federico Ratzel el geopolítico alemán que viendo la emergencia de los Estados Unidos anunciaba el fin de los estados nación importantes hasta entonces, y la apertura del siglo XX como la ‘era de los Estados Continentales’ (‘Industriales’) únicos capaces de protagonismo histórico por eso creía que las naciones de Europa si no alcanzaban la Unión Europea quedaban fuera de la historia y auguraba que quizás solo si la gigantesca Rusia aceleraba su despegue industrializador podría competir con Estados Unidos. Solo los Estados Continentales serán los creadores en delante de la historia de nuestro tiempo. Los demás solo podrán ser periferia. Periferia de lamento, furia o silencio. (Methol Ferré 2004)

A partir de la segunda guerra mundial, los niveles tecnológicos y geopolíticos requeridos para un diálogo inter-hegemónico efectivo solo serán asequibles por los grandes estados industriales o por las grandes unidades continentales en marcha hacia el Estado Continental. De allí la importancia crucial del Mercosur como la apertura de una nueva historia para América Latina.

5. Conclusiones

El pensamiento de Juan Domingo Perón y el de Methol poseen coincidencias fundamentales, en contextos histórico-políticos claramente diferentes.

Perón propugna la integración, e intenta diseñar e implementar la política de unidad continental en su primera fase (el nuevo ABC). La muerte de Vargas y el fracaso de esa iniciativa, lo convierte de algún modo en un profeta, el último de los profetas de la integración. La integración latinoamericana la verá desde Madrid, imposibilitado de incidir concretamente en su desarrollo, hasta su tercer gobierno (que deja entre otras cosas la firma del Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo con el Uruguay).

Methol es en cambio un contemporáneo del surgimiento de los primeros mecanismos de integración en la región, como los que tienen lugar en la década de los cincuenta y sesenta, e incluso un actor en ese proceso. Su diálogo intelectual con Perón, lo realiza además en el contexto mismo de la integración.

Mientras que Perón conoce en profundidad la historia europea, de la que es testigo de entre guerra y percibe claramente el peso de la potencia hegemónica norteamericana, Methol asiste al surgimiento mismo de la Unión Europea y percibe con claridad la emergencia de grandes bloques continentales también en el Asia Pacífico. Su diálogo con Perón se amplía con la consideración de la obra de Huntington -y su concepto de círculos histórico-culturales-, y de Brzezinski y con la recuperación de otros autores, entre ellos latinoamericanos que pensaron la integración, como Felipe Herrera.

Finalmente, mientras Perón desarrolló una perspectiva eminentemente laica, Methol fue también un hombre de iglesia, un asesor de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, observatorio que le permitió percibir y experimentar la unidad latina y sudamericana y conocer el centro romano. Methol es un teórico de la Iglesia latinoamericana y de la ecúmene mundial. Fue además un teólogo de la cultura y del pueblo, la peculiar aproximación teológica de algunos religiosos argentinos y latinoamericanos, entre los que se cuenta el cardenal Bergoglio, papa Francisco.

Juan Domingo Perón influyó en forma decisiva sobre el pensamiento de Alberto Methol Ferré y ambos representan una misma línea de interpretación de la realidad geopolítica del continente sudamericano.

Perón y Methol afirmaron, respetivamente, según sus circunstancias, que:

El signo de la Cruz del Sur puede ser la insignia de triunfo de los penates de la América del hemisferio Austral. Ni Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. Así podrían intentar desde aquí la unidad latinoamericana con una base operativa polifásica con inicial impulso indetenible. Desde esa base podría construirse hacia el norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina (Perón 1951: 115).

y que:

El Mercosur es el gran desencadenante de la nueva integración, que preside nuestra entrada en el siglo XXI. Eso no quiere decir que sea una entrada necesariamente serena, pues puede serlo muy turbulenta. Sería lo más normal. El Mercosur inaugura la nueva historia latinoamericana (Methol Ferré 2013: 140).

El pensamiento de Alberto Methol Ferré se organiza inicialmente en torno de una tarea intelectual crucial: la necesidad de comprender la geopolítica de la Cuenca del Plata en el contexto de la transición del Uruguay desde el espacio de la hegemonía británica al de la estadounidense, una tarea intelectual y vital que resultó constitutiva en la biografía misma de Methol. En el momento de su despertar político, la lucha de Luis Alberto de Herrera y del político Eduardo Víctor Haedo -de quien más tarde Methol sería secretario político- contra la instalación de bases estadounidenses en el Río de la Plata resultó un momento culminante que sintetizaba un siglo de resistencia nacional a la intervención de las grandes potencias mundiales (desde Juan Manuel de Rosas al mismo Luis Alberto de Herrera). Simultáneamente, el surgimiento del movimiento popular conducido por Perón, enfrentando a las mismas fuerzas que pretendían cercar a Herrera, potenció la necesidad de Methol de desarrollar una comprensión profunda de la geopolítica regional.

En el intento de articular un pensamiento propio de la geopolítica latinoamericana, la mediación de Perón es fundamental y Methol probablemente es uno de sus lectores más lúcidos. Methol afirmaba que Perón era un verdadero intelectual, aunque su tarea fuera solo marginalmente académica. Es que el argentino expresaba una reflexión atípica, crítica y profundamente original, tanto como la del autor oriental.

Desde las necesidades del Estado argentino, que podían haberse entendido como meramente domésticas, como una prolongación de la política interna, la perspectiva de Perón tenía no obstante la capacidad de pensar y articular una geopolítica de la solidaridad continental y de proponer una perspectiva continentalista. Su visión partía de la base de la pequeñez relativa de la Argentina para acometer la gran tarea de la industrialización, lo que suponía construir núcleos de articulación como el que hubiera significado el nuevo ‘ABC’.

La lúcida constatación de un escenario mundial crecientemente continentalizado, habrá de regir hasta el final la política internacional de Perón. En el caso de Methol, la creación del Mercosur en 1991, con todo lo que ello implicaba en términos de la función de nexo platense atribuida a Uruguay, le permitió pensar con mayor profundidad la idea del Estado Continental, incorporando las aportaciones de analistas globales, como Zbigniew Brzezinski, de teóricos internacionales, como Huntington y recuperando las fuentes latinoamericanas del proceso de integración (como Felipe Herrera, entre otros) e incorporándose, así, a la densa trama del pensamiento latinoamericano para la integración regional.

La geopolítica de la integración en América Latina ha recorrido sinuosos caminos en los treinta años transcurridos desde 1985, desde la balcanización y el desarrollo hacia afuera, desde la atomización hacia la convergencia regional progresiva, sustentada primero en la alianza argentino-brasileña e incluyendo luego acciones sostenibles y efectivas de construcción de núcleos de articulación. Entre los nuevos núcleos que caracterizaron los primeros tres lustros del siglo XXI se destacaron la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) –que incorporó la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA)–, la reconversión del Mercosur, la transformación de la Corporación Andina de Fomento como Banco de Desarrollo y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), como foro de concertación política. Iniciativas que, en el actual contexto geopolítico global y regional han quedado en un proceso de congelamiento en pos de la ‘reorganización funcional’ que demandan las nuevas administraciones de gobierno.

En el camino hacia la integración regional que caracterizó la primera década y media del siglo actual se ha transitado en contextos que discurrieron por diversas fases del poder mundial, pasando desde la gobernanza bipolar, al unipolarismo inestable y en años recientes a una gobernanza global alternativa, protagonizada por grandes Estados ‘nucleares’ (que Huntington describe en inglés como ‘core states’), continentales e industriales.

El año dos mil encontró a América del Sur unida y crecientemente autónoma, enfrentando y superando con relativo éxito crisis económicas regionales y globales. Y el año dos mil diez encontró a América Latina junto con el Caribe reunida en la CELAC, pero bifurcada al mismo tiempo en dos grandes estrategias de integración regional e interregional: la Alianza del Pacífico y el Mercosur.

No obstante, el ciclo político y económico que se inicia en el año 2012 y se profundiza con los recambios gubernamentales que se sucedieron desde entonces (por la vía electoral o por los nuevos procesos de lawfare) en América del Sur ilustran que la estrategia continental, de la que fueron precursores y profetas Juan Domingo Perón y Alberto Methol Ferré, quedó nuevamente inconclusa.

El Estado Continental industrial, con función nuclear en el sentido de Huntington, es pues un concepto analítico potente en un contexto de globalización y un programa político estratégico. Para los países del Sur es necesario repensar una vez más sus condiciones de posibilidad con el rigor y la profundidad con que lo hicieron Perón y Methol.

La coincidencia entre los países de Sudamérica en torno al ascenso de gobiernos nacional-populares permitió dos movimientos: por un lado, la promoción de políticas de orden redistributivo y, por el otro, la puesta en marcha de un discurso fuertemente autonomista tanto en el plano económico como el político.

El eje en la relevancia del núcleo de articulación argentino-brasileño puede y debe complementarse, con la conciencia de otros nexos. Por otra parte, las condiciones materiales son diferentes. La industrialización pasa hoy por las necesidades de la cuarta revolución industrial y por el desarrollo de ciencia, tecnología e innovación de carácter autónomo.

Si bien siguen siendo válidas las premisas de protección de los recursos naturales y la especialización en la producción de alimentos, está abierta una discusión relevante en torno a las nuevas configuraciones que asumen las relaciones centros y periferias y discutir cuestiones urgentes para articular el desarrollo en la región –cuestiones que pasan por problematizar el extractivismo, y cuestionar la nueva configuración de las corporaciones globales, incluyendo una discusión sobre el capitalismo financiero y el comercio de servicios.

Con todos estos recaudos conceptuales, la integración regional de América Latina es aún una fuerza cultural, social y política potente fundamental en la conformación de un Estado Continental de nuevo tipo.

Notes

1Político, militar y presidente argentino, fundador del ‘peronismo’ en 1945, una de las corrientes políticas con mayor adhesión en la Argentina, sobre todo en la clase obrera y los sectores sociales más desfavorecidos. Fue electo presidente de la nación en tres ocasiones, desarrollando sus mandatos entre 1946–1952; 1952–1955 (derrocado por un golpe militar); y 1973–1977 (cuando fallece). 

2El diplomático e historiador brasilero José Maria da Silva Paranhos Junior (1845–1912) es conocido como el Barón de Río Branco y es considerado como el fundador de la diplomacia brasilera. 

3Artículo publicado el 20 de diciembre de 1951 escrito por Perón con el seudónimo de ‘Descartes’ en el diario Democracia de Buenos Aires. 

4La incorporación de Brasil es una novedad, ya que este país había permanecido al margen de los eventos latinoamericanos del siglo XIX: “Esto fue así porque se generó una herencia que se inicia con el hundimiento del Imperio Español Lusitano sustituido por Inglaterra y Francia. Portugal termina aliado con Inglaterra y los españoles con Francia hasta la ocupación de la Península Ibérica por Napoleón” (Methol Ferré 2004) 

5Es decir, miembro del Partido Blanco o Partido Nacional, uno de los dos partidos políticos que dominaron la vida política uruguaya desde el siglo XIX. 

6Las cursivas son nuestras. 

7Es decir, no fue agredido físicamente por (atribuye Methol) cierta indulgencia de sus eventuales interlocutores. 

Las cursivas son nuestras.

8Alberto Methol Ferré (Montevideo, 31 de marzo de 1929 – 15 de noviembre de 2009) fue un intelectual, escritor, periodista, docente de historia y filosofía, historiador, filósofo y teólogo uruguayo (y ‘argentino oriental’, como se definía a sí mismo). Fundó en el año 1955 la revista Nexo (1955–1958; 1983–1989), al calor de la integración en el Cono Sur. Methol Ferré (o ‘Tucho’, como era más comúnmente conocido) fue un hombre de pensamiento y de acción: no sólo brindó numerosos cursos y compartió sus ideas en revistas, seminarios, y publicaciones, sino que, por momentos, se lo encontró asesorando y/o participando del poder político uruguayo en estas temáticas. 

9La Escuela de Montevideo está conformada por Methol Ferré, Washington Reyes Abadie, José Claudio Williman, Roberto Ares Pons, Carlos Real de Azúa, Vivian Trías, Bernardo Quagliotti de Bellis, y Luis Horacio Vignolo, y por un núcleo de colaboradores latinoamericanos de NEXO, Segunda época. 

10La segunda edición de Los Estados Continentales y el MERCOSUR, se realizó en 2013 en Montevideo, por la Casa Editorial Hum. 

11Las obras de Felipe Herrera son: 

Herrera. F. 1970. Nacionalismo, regionalismo, internacionalismo. Buenos Aires: INTAL.

Herrera. F. 1988. Experiencias y reflexiones. Santiago de Chile: BID.

Tomassini, L. 1997. Felipe Herrera, idealista y realizador. México: FCE.

Conflictos de interés

Los autores no tienen intereses en competencia que declarar.

Referencias

  1. Álzaga, AE. 1951. El Uruguay ante las dos revoluciones mundiales. Marcha, Montevideo, 30 de noviembre. 

  2. Bernárdez, L. 1908. El Brasil. Su vida. Su trabajo. Su futuro. Buenos Aires: Tela Editorial. 

  3. Beytía, P. 2014. La lucha contemporánea por el espacio en la obra de Carl Schmitt. Eikasia: revista de filosofía, 56: 127–142. 

  4. Brzezinski, Z. 1998. El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos. Barcelona: Paidós. 

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