Introducción

En julio de 2019 se cumplen cincuenta años de la denominada ‘Guerra de las Cien Horas’, el breve y sangriento conflicto armado que El Salvador y Honduras sostuvieron entre el 14 y el 18 de julio de 1969. Es notable que a pesar de que la contienda tuvo graves repercusiones en la estabilidad y el desarrollo de toda la región centroamericana, la memoria histórica de la guerra es bastante reducida y la ficción no se ha ocupado mucho de ella. En parte, esto se debe a que otros procesos sociales posteriores han acaparado la atención en esos países, pero también a que la Guerra de las Cien Horas es algo complejo y hasta cierto punto difícil de explicar.

Internacionalmente, este oscuro episodio de la historia de Centroamérica es conocido como ‘La Guerra del Fútbol’, una denominación sin duda simplista y peyorativa, que parece haber creado en el imaginario popular fuera de la región la imagen de dos pequeños países que se fueron a la guerra por un simple partido de fútbol. Los sociólogos e historiadores que se han interesado por el tema señalaron temprano las diversas causas que, en combinación, condujeron a la crisis y al trágico desenlace. No obstante, muchas personas siguen repitiendo que hubo una guerra en Centroamérica debido al fútbol.

Si bien el conflicto se dio mientras El Salvador y Honduras estaban disputando la clasificación al Mundial de Fútbol, que se realizaría en México al año siguiente, la verdad es que los resultados de los encuentros no guardan ninguna relación con la guerra. Es sabido que hubo disturbios callejeros relacionados con los partidos; pero estos no fueron la razón, sino una consecuencia, de las ya deterioradas relaciones entre estos países.

El objetivo del presente trabajo es examinar cómo el nombre no apropiado de ‘Guerra del Fútbol’ surgió y ha perdurado hasta nuestros días en el discurso internacional, a pesar de que la investigación científica ha demostrado que la conflagración tuvo otras razones. Nos parece importante revisar este mito moderno, pues como escribió el poeta salvadoreño Roque Dalton ([1974] 1989: 226) en referencia al tema: ‘No existen “los misterios de la Historia”/Existen las falsificaciones de la Historia’.

Primeramente, se señalarán las principales causas —históricas, sociales, económicas y políticas— que llevaron a Honduras y El Salvador a utilizar el lenguaje de las armas entre sí. Muchos de estos datos son conocidos por parte de la comunidad científica, pero parecen haber sido ignorados por el público a nivel internacional, por lo que resulta importante exponerlos en orden y comentarlos a la luz de investigaciones recientes. Luego pasaremos al análisis de la memoria histórica de la guerra, donde se incluye el término ‘Guerra del Fútbol’, las memorias nacionales y lo que hasta ahora ha quedado plasmado en la literatura de ficción. Finalmente, haremos un recuento de las implicaciones que tuvo la confrontación y las pondremos en relación con fenómenos actuales.

El Problema de la Tierra

Una de las principales razones de la Guerra de las Cien Horas fue el injusto régimen de tenencia de la tierra. En El Salvador, este estaba basado en el sistema de encomiendas heredado de los españoles, y consistía en latifundios donde los campesinos trabajaban para el dueño a cambio de una parcela donde vivir y poder sembrar para el consumo familiar. Si bien habían existido tierras comunales, estas fueron abolidas por decreto presidencial en 1881 (Nunfio 1970; Browning 1971). Así, al llegar los años sesenta del siglo XX, el 0.5 por ciento de las fincas agrícolas ocupaban casi el 40 por ciento de las tierras cultivables del país (Rowles 1980: 13).1

En Honduras, la situación para el campesino era similar, con la peculiaridad de que grandes extensiones de terreno estaban en manos de las empresas bananeras transnacionales, un patrón de concentración de la tierra que generó graves conflictos sociales (CEPAL 2001).2

No obstante, la gran diferencia entre estos dos países era que Honduras no tenía los problemas de superpoblación de su vecino. Además de ser cinco veces más grande, su densidad de población era entonces de 21 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que en El Salvador llegaba a los 142 (Nunfio 1970). La consecuencia lógica de esta relación fue la constante emigración de salvadoreños, en su mayoría campesinos y artesanos, hacia territorio hondureño, y en 1969, año de la guerra, esta población se estimaba en 300,000. En esencia, fue una migración desordenada, que se intentó controlar mediante tratados migratorios entre los dos países, que siempre fueron favorables para El Salvador (Carías 1970).

La ocupación ilegal de tierras ociosas en Honduras, tanto por campesinos salvadoreños como hondureños, generó el descontento de los grandes terratenientes. Esta situación, sumada a la amenaza de un estallido social, llevó al presidente coronel Oswaldo López Arellano a echar a andar una reforma agraria que había sido aprobada durante el gobierno anterior.3 Pero esta reforma agraria no fue dirigida contra los latifundios ni contra las empresas bananeras norteamericanas United Fruit y Standard Fruit, sino contra los pequeños agricultores salvadoreños sin títulos de propiedad. La idea era repatriarlos, para repartir luego las parcelas que habían estado cultivando, en algunos casos durante muchos años, entre los desposeídos nacionales.

La Cuestión Fronteriza

Otro factor coadyuvante que condujo a la guerra entre Honduras y El Salvador fue el problema limítrofe. El proceso de negociación de la frontera había comenzado cien años atrás, en 1869, cuando comisionados de ambos países se reunieron para demarcar los límites en algunas ciudades fronterizas. No obstante, las posteriores negociaciones que se dieron a lo largo de los años no tuvieron éxito, por lo que el proceso de demarcación nunca se completó y la situación dio paso a crecientes tensiones (Orozco 2003: 136).

Todavía en los años sesenta del siglo XX, los mapas y los libros de geografía que se publicaban en Honduras y en El Salvador trazaban la línea fronteriza según sus intereses, lo que naturalmente suscitaba polémica (Leyva 2009: 168). Además, la frontera estaba tan mal vigilada que no solo permitía el paso de indocumentados, sino también la actividad de bandas criminales que se dedicaban al contrabando, el robo de ganado y otras fechorías.

Las fuerzas paramilitares salvadoreñas incursionaban a menudo en territorio hondureño, supuestamente en persecución de malhechores, ocasionando choques con autoridades hondureñas y reiterados ataques de la prensa. Y cuando estas noticias se alternaron con críticas dirigidas a la presencia de los inmigrantes, empezaron a surgir sentimientos anti-salvadoreños (Anderson 1981: 80).

Un personaje que se valió de los difusos límites fronterizos para cometer delitos fue el coronel hondureño Antonio Martínez Argueta, cuya hacienda ganadera se extendía a ambos lados de la frontera. Su captura en 1967 por parte de autoridades salvadoreñas, en territorio de Honduras, vino a empeorar las relaciones entre los dos países, y no solo por cuestiones de soberanía, sino también porque Martínez Argueta, además de ser rico e influyente, era allegado del presidente López Arellano (Anderson 1988: 133). Pese a los reclamos hondureños, el coronel fue condenado por homicidio a veinte años de cárcel en El Salvador.

Dos semanas después de este suceso, un convoy salvadoreño compuesto por cuatro camiones militares, con dos oficiales y cuarenta soldados, fue detenido en el parque central de la ciudad hondureña de Nueva Ocotepeque, situada a ocho kilómetros de la frontera. Hay diferentes versiones sobre la misión que podría haber tenido este convoy. Algunas dicen que trasportaba armas para fuerzas desestabilizadoras hondureñas, con la intención de ayudarlas a derrocar al gobierno; mientras otras aseguran que fue una trampa del gobierno hondureño, que había inventado una supuesta conspiración con el objeto de atraer a los salvadoreños y capturarlos, para poder canjearlos después por el mencionado coronel Martínez Argueta.

El intercambio de prisioneros se llevó efectivamente a cabo luego de que los presidentes de Centroamérica se reunieran en El Salvador en 1968, para tratar asuntos comerciales. Martínez Argueta quedó libre gracias a una amnistía y los soldados salvadoreños pudieron regresar a su patria.4

En una investigación bastante reciente, el historiador Carlos Pérez Pineda (2012) señala que hay fuertes indicios de que el coronel Julio Adalberto Rivera, quien era el presidente de El Salvador cuando ocurrió la menciona captura de Martínez Argueta y el posterior incidente del convoy, efectivamente había aceptado apoyar un golpe de estado contra el presidente hondureño (Pérez Pineda 2012: 62). Asimismo, da algunos detalles de los frecuentes enfrentamientos que ocurrieron en esa época en la zona fronteriza, en los que efectivos de ambos bandos incluso llegaron a perder la vida. Esta crisis militar empeoró drásticamente las relaciones entre los dos países y, sin duda, puede verse como “el preludio de los acontecimientos que condujeron al conflicto armado de 1969” (Pérez Pineda 2014).

El Mercado Común Centroamericano

Sumándose al problema agrario y a los conflictos fronterizos, un tercer elemento que, irónicamente, condujo al deterioro de las relaciones entre Honduras y El Salvador fue el esfuerzo de integración económica que entonces se estaba impulsando en Centroamérica.

En 1960 se había firmado en Managua el Tratado General de Integración Económica Centroamericana y con ello se había echado a andar el Mercado Común Centroamericano (MCCA), conformado por Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua (CIEX 2000). La idea era crear un mercado que abarcara a los cinco países del istmo, para que las empresas locales pudieran vender sus productos y generaran desarrollo. Entre las medidas tendientes a lograr esto se encontraban la exención de impuestos aduaneros para la mayoría de productos de la región y altas tasas a los productos importados de fuera de Centroamérica.

Al principio, el MCCA pareció un éxito. El comercio intrarregional aumentó, la economía creció y las exportaciones se diversificaron. Sin embargo, pronto quedó claro que los países favorecidos eran Guatemala y El Salvador, mientras que Nicaragua y Honduras se habían convertido en consumidores de los productos de esos países. Esto se debió, en parte, a que la industria de los primeros desde un principio estaba más desarrollada que las de los segundos, como también a que no se impulsaron medidas para lograr un desarrollo equilibrado en la región.

Cabe añadir que Estados Unidos también se benefició del MCCA, pues como lo apuntó Marco Virgilio Carías (1970: 585) en su momento: ‘Son los inversionistas de ese país los que están acaparando las industrias más importantes, generalmente encubiertas con una participación de capital centroamericano’.

El Salvador llegó a dominar el 30% del comercio en Centroamérica y se apoderó de una parte importante del mercado hondureño, por lo que para las empresas salvadoreñas el MCCA constituía un éxito. Pero desde la perspectiva de Honduras, el sistema de libre comercio más bien estaba frenando el desarrollo industrial del país. Hasta 1965, la exportación de granos le había permitido tener un saldo favorable en el intercambio con su vecino; pero la política salvadoreña de fomento del cultivo de granos básicos significó la disminución de importaciones de esos productos y cambió la relación a su favor (Gordon Rapoport 1989: 117).

El gran déficit de balanza de pagos que Honduras llegó a tener con El Salvador causó pronto hostilidad contra ese país. Y este sentimiento estaba seguramente relacionado con la imagen que se tenía de los inmigrantes salvadoreños y con los mencionados problemas fronterizos; porque el déficit que Honduras tenía con Guatemala era mayor, y el que tenía con Estados Unidos era tan grande como el que tenía con todo el Mercado Común Centroamericano, pero contra esos países no existía resentimiento.

La opinión generalizada de que los salvadoreños eran la causa de los problemas económicos de Honduras se acentuaba por el hecho de que se les veía por todas partes, compitiendo por tierra y trabajo (Anderson 1981: 65). De hecho, eran más del 10% de la población (Leyva 2009: 156–157).

Los Problemas Políticos Internos

Finalmente, se deben mencionar también los problemas políticos internos de ambos países como uno de los factores que condujeron a la guerra, pues no hay duda de que a ambos gobiernos les convenía desviar la atención popular de los problemas nacionales hacia el odio contra el vecino.

El coronel Fidel Sánchez Hernández, del Partido de Conciliación Nacional (PCN), había llegado a la presidencia de El Salvador en 1967, sucediendo en el cargo al coronel Julio Adalberto Rivera. Desde el comienzo de su periodo, Sánchez Hernández tuvo que enfrentar huelgas de diversos sindicatos y gremios que demandaban mejoras salariales y aceptables condiciones laborales.

En las elecciones para la Asamblea Nacional del año siguiente, Sánchez Hernández perdió popularidad y no pudo evitar el gran avance del Partido Demócrata Cristiano (PDC). Esta situación, sumada al hecho de que dentro de su partido había una pugna por el poder entre militares, lo colocaba en una posición política desfavorable. Con su llamado a la ‘Unidad Nacional’ al llegar la guerra contra Honduras, Sánchez Hernández podía neutralizar a la oposición y evitar momentáneamente los ataques de sus contrincantes militares.

Al igual que el mandatario salvadoreño, el presidente hondureño, coronel Oswaldo López Arellano, se enfrentaba de varias formas a la oposición interna. Uno de los problemas de más envergadura era el agrario. Había demanda de tierras por parte del campesinado, ocupaciones de tierras, tanto estatales como privadas, y también violentos desalojos ordenados por los terratenientes.

La poderosa Federación Nacional de Agricultores y Ganaderos de Honduras (FENAGH) ejercía presión sobre el Instituto Nacional Agrario (INA), entidad encargada de echar a andar la reforma agraria. La organización apoyaba la extensión de los latifundios de sus miembros a costa de las tierras estatales. Como los campesinos inmigrantes salvadoreños estaban asentados sobre todo en tierras del Estado, la FENAGH lanzó una campaña propagandística dirigida directamente contra los salvadoreños (Pérez Pineda 2014: 11–12).

En 1968 estalló además una huelga general en la costa norte de Honduras, apoyada por obreros, comerciantes e industriales de la costa y estudiantes universitarios de San Pedro Sula y Tegucigalpa. Tras la implantación de un estado de sitio, la huelga fue brutalmente reprimida. No obstante, algunos meses después los maestros estaban iniciando otra. Con la guerra contra El Salvador, esta huelga perdió importancia, las autoridades aprovecharon para capturar y encarcelar a los líderes, y el presidente López Arellano ganó simpatías para su política de remoción de salvadoreños (Carías 1970: 592–593).

La Guerra y el Fútbol

En enero de 1969, Honduras se negó a renovar el Tratado de Migración entre los dos países. El Instituto Nacional Agrario (INA) anunció públicamente que iba a aplicar el artículo 68 de la Ley de Reforma Agraria, que afectaba directamente a los salvadoreños, pues estipulaba que solo los hondureños por nacimiento podían acceder a la tierra (Carías 1970: 589). Los esfuerzos diplomáticos de las autoridades salvadoreñas no pudieron revertir la posición de Honduras, y en junio ya habían sido desalojadas oficialmente unas quinientas familias salvadoreñas, en muchos casos despojándolas incluso de sus pertenencias.

La campaña de propaganda que el gobierno hondureño había estado impulsando para fomentar el consumo de artículos locales, dirigida a paliar los efectos del déficit comercial que se tenía con El Salvador, se transformó rápidamente en una verdadera campaña de acusaciones hacia los inmigrantes salvadoreños:

Los avisos que instaban a la población a adquirir productos nacionales, cedieron el lugar a las denuncias sobre la mala calidad de los productos salvadoreños, y éstas dejaron el suyo a afirmaciones rotundas sobre la deshonestidad que caracterizaba a los habitantes del país vecino (Gordon Rapoport 1989: 119).

Como señala el investigador Héctor Leyva (2009: 158), los medios de comunicación de ambos países ‘acompañaron los distintos momentos del proceso con extremoso sensacionalismo’ y ayudaron de esa forma a crear una agitación de tipo nacionalista.5 Mientras la prensa hondureña celebraba las expulsiones de salvadoreños, y en las ciudades aparecían panfletos con mensajes que exhortaban a los inmigrantes a abandonar el país, en El Salvador crecía el resentimiento.

Sin tomar en cuenta el mencionado exceso de población en El Salvador, los 300,000 inmigrantes salvadoreños que había en territorio hondureño, el problema agrario, la disputa del sector fronterizo entre los dos países, el caso del coronel Martínez Argueta y el convoy de soldados salvadoreños detenidos en Honduras, el descontento de Honduras por los desiguales beneficios del Mercado Común Centroamericano, los problemas políticos internos en ambos países y los desalojos en masa de los salvadoreños de las tierras que cultivaban en Honduras, es imposible comprender las razones de esa mal llamada ‘Guerra del Fútbol’.

En junio de 1969 se estaban jugando las eliminatorias para el Mundial de Fútbol, que tendría lugar en México al año siguiente. Honduras y El Salvador se enfrentaron en tres partidos. Es conocido que en torno a los dos primeros se dieron incidentes que, en parte, fueron provocados por la participación activa de los medios de comunicación y la pasividad de las autoridades de ambos países.

El primer encuentro fue en Honduras, el 8 de junio, y lo ganó el país anfitrión con marcador de 1–0. Aunque la prensa hondureña no hizo referencia a disturbios (Leyva 2009: 164), hay testimonios de vejaciones sufridas por la selección visitante y los aficionados que la acompañaban. La prensa salvadoreña sí denunció dichos ultrajes y aprovechó además para hablar sobre las expulsiones de compatriotas, ‘incitando al pueblo a tomar venganza en los hondureños que fueran a presenciar el segundo partido de la serie’ (Carías 1970: 597).

El segundo encuentro se realizó el 15 de junio en San Salvador y aquí los disturbios subieron de intensidad, pues los aficionados hondureños ‘fueron objeto de ataques brutales, que llegaron a constituir crímenes muy serios’ (Rowles 1980: 61). Tal como había sucedido con los jugadores salvadoreños en Tegucigalpa, una turba enardecida se congregó en la noche antes del partido afuera del hotel donde se hospedaba el equipo hondureño, con la intención de hostigarlo. Así lo recuerda el delantero José Enrique ‘la Coneja’ Cardona:

Por la noche hubo revueltas en las puertas de nuestro hotel con peleas y dos muertos. Nos llevaron como presos al estadio. Escoltados. El autobús fue apedreado, no sé ni cómo llegamos entre el tumulto. Si hubiéramos ganado ese partido en El Salvador no hubiéramos salido de allí (Cardona en Casáñez 2010).

A pesar de que el partido fue ganado por la selección salvadoreña, con marcador de 3–0, la violencia contra los aficionados hondureños continuó durante toda su estadía en el país. Como respuesta, Honduras aceleró las expulsiones de inmigrantes salvadoreños de su territorio, para lo cual las autoridades contaron con la ayuda de hordas de civiles armados, conocidas como la ‘Mancha Brava’. Asimismo, se produjeron ataques contra establecimientos que vendían productos salvadoreños.

La ola de campesinos expulsados alcanzó rápidamente la cifra de 17,000 personas. Muchos de los refugiados contaban sobre atrocidades que habían visto sufrir a compatriotas, o sobre las cuales habían oído, como castraciones, cercenamientos, violaciones y asesinatos. La prensa salvadoreña publicaba, y probablemente inflaba, esas historias, dirigidas a una opinión pública cada vez más enardecida, que pedía vengar los vejámenes (MINED 1994: 226).

El historiador Carlos Pérez Pineda tuvo acceso recientemente a 157 de las actas notariales, de los centenares que se hicieron, donde se recogieron los testimonios de los retornados al momento de entrar al país. La mayoría había abandonado todos sus bienes en Honduras y once de los declarantes aseguraron haber sido testigos presenciales de asesinatos de familiares o compatriotas (Pérez Pineda 2014: 89). Aunque también algunos dijeron haber recibido protección o ayuda de parte de civiles hondureños, la conclusión general es que sí hubo atropellos de diversa gravedad:

Está fuera de toda duda que los salvadoreños en Honduras fueron objeto de campañas de demonización, políticas discriminatorias, abusos, amenazas, despojos, agresiones y desmedidos actos de violencia por parte de autoridades y civiles hondureños (Pérez Pineda 2014: 90).

Por su parte, la élite gobernante y los militares en El Salvador temían que la presencia de esa gran cantidad de refugiados, en su mayoría campesinos sin tierra ni hogar, provocara una insurrección ‘comunista’ como la de 1932 (Rowles 1980: 65).6 De hecho, hay quienes opinan que evitar esa eventual revolución fue la verdadera causa de la guerra (Carías 1970).

Con ese estado de cosas, el presidente salvadoreño no descartaba la posibilidad de ser derrocado. Después de acusar a Honduras de genocidio ante la Organización de Estados Americanos (OEA), el 26 de junio rompió relaciones con ese país y, sin declarar la guerra, el 14 de julio lanzó un ataque aéreo contra los aeropuertos militares hondureños y dio inicio a una invasión bien organizada, tomando algunas ciudades y pueblos fronterizos. Honduras, por su parte, contraatacó con ayuda de la Fuerza Aérea y movilizó sus tropas hacia los frentes de guerra. Las acciones bélicas cesaron cuatro días después, gracias a la intervención de la OEA.

Cabe destacar que el funesto proceso que condujo a la guerra estuvo marcado por un exacerbado nacionalismo en los dos países, que al final se tradujo en un apoyo generalizado al gobierno militar respectivo.

En Honduras, la prensa denunció con detalles los atropellos sufridos por los aficionados en El Salvador, pero lo más indignante de todo parecía ser el irrespeto mostrado por los anfitriones hacia los símbolos patrios hondureños. Cuando se escucharon las notas del himno nacional de Honduras, los salvadoreños silbaron de forma ofensiva y no se pusieron de pie, y luego la bandera hondureña fue izada con manchas de lodo o algo parecido (Leyva 2009: 165).

La gravedad de los episodios del fútbol se halló en que las vejaciones de todo tipo habían lesionado algo de naturaleza sagrada: el honor de la patria. Tanto los ciudadanos como los símbolos nacionales habían caído en el más bajo y ofensivo de los tratamientos y eso demandaba un acto de reparación (Leyva 2009: 166).

Por su parte, en El Salvador se formó un Frente de Unidad Nacional, con la participación de todos los partidos políticos. Los sindicatos y las organizaciones de izquierda cercanas al Partido Comunista, en esa fiebre nacionalista llena de discurso patrióticos, también conformaron un Frente de Unidad Popular, que, sin ser parte del Frente de Unidad Nacional, apoyó la política gubernamental (Gordon Rapoport 1989: 121).

El Término ‘Guerra del Fútbol’

Dado el desconocimiento que, en general, parece existir sobre la Guerra de las Cien Horas, tanto en Centroamérica como fuera de la región, cabe preguntarse sobre la difusión e incidencia que los estudios que se han hecho sobre el tema han tenido a nivel local e internacional. ¿Por qué se sigue hablando de la ‘Guerra del Fútbol’ cuando las investigaciones han demostrado que las causas de la conflagración fueron otras?

El texto más difundido sobre el tema es, sin duda, La Guerra del Fútbol, de Ryszard Kapuściński (2009) publicado originalmente en polaco en 1978. En muchas páginas que se encuentran en la red se repite que este célebre periodista acuñó el término ‘Guerra del fútbol’; aunque algunas fuentes apuntan que fue en la prensa mexicana donde primero se utilizó, para referirse al partido de desempate que Honduras y El Salvador jugaron en la Ciudad de México el 27 de junio, dos semanas antes de que comenzara la guerra.

El emotivo encuentro decisivo fue ganado por El Salvador con marcador de 3–2, con el último gol marcado en tiempo suplementario. Tras posteriormente derrotar a Haití, en una tercera ronda eliminatoria, El Salvador clasificó finalmente a la Copa Mundial de Fútbol. Huelga decir que el resultado de la eliminatoria bastaría para concluir que la tesis del fútbol como causa de la guerra no tiene ningún fundamento, pues fue el país vencedor el que más tarde invadiría al perdedor.

A pesar de que el periodista Ryszard Kapuściński señala las verdaderas causas del conflicto, se puede deducir que el mero título de su reportaje, que le dio nombre a todo un libro, ha ayudado a difundir la idea de que esa guerra fue consecuencia del fútbol. De hecho, el texto crea cierta ambigüedad.

La historia comienza en México, donde un colega de Kapuściński lee una crónica en el periódico sobre los disturbios relacionados con los dos primeros partidos entre Honduras y El Salvador e intuye que habrá guerra en Centroamérica, porque, según dice: ‘En América Latina […], la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible’ (Kapuściński 2009: 21). Al día siguiente, Kapuściński viaja a Honduras, y en la misma noche comienzan los combates. De esta manera, da la impresión de que la guerra fue algo inmediato a los encuentros, cuando en realidad el tercero y último partido se jugó 17 días antes del comienzo de los enfrentamientos armados.

Según cuenta el periodista Christian Guevara en el periódico salvadoreño El Faro, Kapuściński le dijo en una entrevista que había bautizado su libro ‘La Guerra del Fútbol’ por motivos comerciales, ‘“para que vendiera”, en sus propias palabras’, y que era consciente de que la guerra entre Honduras y El Salvador no había sido resultado de un encuentro futbolístico, sino del fracaso del Mercado Común Centroamericano (Guevara 2002). No hay duda de que el llamativo título quedó grabado en el imaginario popular, pues el mito se ha seguido repitiendo hasta nuestros días.

En su libro El fútbol a sol y sombra ([1995] 2006), Eduardo Galeano señala acertadamente que ambos países eran gobernados entonces por dictaduras militares que habían inculcado el odio hacia el vecino con el fin de ocultar las razones de los problemas nacionales. Sin embargo, cuando expone la génesis de la guerra opta de todas formas por una explicación bastante simplista:

Esta guerra fue llamada guerra del fútbol, porque en los estadios de Tegucigalpa y San Salvador se encendieron las chispas que desencadenaron el incendio. Durante las eliminatorias para el Mundial del 70, empezaron los líos. Hubo grescas, algunos muertos, unos cuantos heridos. A la semana, los dos países rompieron relaciones. Honduras expulsó a cien mil campesinos salvadoreños, que desde siempre trabajaban en las siembras y las cosechas de ese país, y los tanques salvadoreños atravesaron la frontera (Galeano [1995] 2006: 231–232).

Tal como se presentan los acontecimientos en esta cita, la conocida expulsión de campesinos salvadoreños de territorio hondureño y la posterior invasión de Honduras por parte de las tropas salvadoreñas serían consecuencia directa de unos partidos de fútbol, lo cual no es verdad. Asimismo, es impreciso afirmar que fue ‘en los estadios’ donde ‘se encendieron las chispas’ ―es decir, donde todo comenzó―, como si entre estas naciones no hubiera habido ningún conflicto previo a esos encuentros deportivos.

Las Memorias Nacionales

Como lo señala Pérez Pineda (2012), lo que se ha escrito sobre la Guerra de las Cien Horas no es mucho y la literatura académica es más bien escasa. Las memorias militares de los que participaron en la contienda tienden muchas veces hacia el discurso patriótico y los motivos que se señalan como causa de la guerra difieren dependiendo de si se habla desde la perspectiva hondureña o la salvadoreña. No obstante, en ninguno de los países se habla del fútbol como causante de la guerra.

En El Salvador, muchos sostienen que la causa del conflicto fue la agresión o ‘genocidio’ que sufrieron los compatriotas residentes en el vecino país. El sociólogo Obdulio Nunfio escribe, por ejemplo, que ‘El gobierno y el pueblo salvadoreños querían evitar ya tanta expulsión y matanza impune de salvadoreños’ (1970: 685).

En cambio, en Honduras se argumenta que la intención de El Salvador al lanzar ese sorpresivo ataque era apoderarse de parte del territorio y hacerse de una salida al mar en la Costa Atlántica. En su libro El Salvador, Estados Unidos y Honduras. La gran conspiración del gobierno salvadoreño para la guerra de 1969, el coronel retirado hondureño César Elvir Sierra (2002) sostiene efectivamente que el ejército salvadoreño tenía un plan elaborado con anterioridad en ese sentido.

El libro de Elvir Sierra es el más completo sobre el tema desde la perspectiva de Honduras. Por su parte, el que describe con más detalle la campaña militar del lado salvadoreño es Las 100 horas: La guerra de legítima defensa de la República de El Salvador (1972). Esta obra está basada en entrevistas que José Luis González Sibrián hizo con oficiales y jefes militares que recién habían participado en las acciones bélicas. El título muestra claramente su posición con respecto a las causas del conflicto; es decir, que El Salvador no hizo otra cosa que defender a su población.

Cabe señalar que, por diferentes razones, los dos ejércitos se ven como vencedores. Lo que está claro es que la memoria de la Guerra de las Cien Horas es más latente en Honduras que en El Salvador:

Mientras en Honduras los veteranos de guerra visten uniformes militares en las ceremonias y disponen de un local para su asociación […], en El Salvador el recuerdo de este importante acontecimiento no duró mucho tiempo y actualmente la memoria pública de la guerra es casi inexistente (Pérez Pineda 2008: 88).

Una razón que explicaría esto es que El Salvador, después del conflicto con Honduras, sufrió la guerra civil en que las fuerzas gubernamentales se enfrentaron a los grupos izquierdistas aglutinados en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Si el ejército y la Guardia Nacional habían ganado simpatías en la breve guerra contra Honduras, durante la guerra civil que siguió muchas personas pasaron a considerarlos cuerpos represivos. Esta negativa imagen fue además reforzada por los crímenes cometidos por los siniestros escuadrones de la muerte, que como se sabe fueron formados y dirigidos por jefes militares (Cockcroft 2001; Martínez Peñate 1995; Anderson 1988; Nairn 1984).

También es bueno recordar que la Guerra de las Cien Horas, independientemente de los motivos que tuvo, fue iniciada por El Salvador, que sin declarar la guerra invadió a Honduras y lanzó un ataque aéreo sobre su aeropuerto. A no ser que se apele al argumento de que fueron a defender a los compatriotas que estaban siendo expulsados de suelo hondureño, este quizá no sea un episodio nacional que especialmente se desee conmemorar.

Los lugares de memoria que hay El Salvador, entre los que se cuentan un monumento en el Boulevar de los Héroes y un obelisco dentro de un cuartel, asumen en efecto el conflicto como una guerra de legítima defensa:

Al diluirse el éxito del discurso de la unidad nacional y de la victoria sobre Honduras, fue ganando terreno el discurso de la guerra de legítima defensa, pero además la conmemoración se volvió un asunto especialmente interno de la fuerza armada salvadoreña. Después de la conmemoración del 6 de agosto de 1969, jamás se sucedieron celebraciones multitudinarias (Argueta 2013: 13).

Desde el punto de vista de Honduras, la situación parece distinta, pues movilizó su ejército para tratar de detener al invasor, es decir, para defender la soberanía nacional. De ahí quizá que el recuerdo de la guerra sea mayor que en El Salvador y que algunos la vean como una gesta verdaderamente heroica. Uno de los héroes nacionales más conocidos en Honduras es el coronel Fernando Soto Henríquez, el piloto que a bordo de un avión F4U-5 Corsario derribó tres aviones Mustang F-51 salvadoreños. En 2016 se anunció que había planes de rodar una película cinematográfica sobre la Guerra de las Cien Horas, donde se incluirían los combates de Soto Henríquez (La Tribuna 2016).7

La Memoria en la Literatura de Ficción

La literatura de ficción tampoco se ha ocupado mucho del tema de la Guerra de las Cien Horas, por lo menos en comparación con lo que se ha escrito sobre las guerras civiles que se dieron posteriormente en Centroamérica (García 2010); pero todos los textos que se han publicado muestran un claro rechazo hacia esa confrontación.

El primer texto literario que se le dedicó por entero fue la colección de relatos El cuento de la Guerra, publicado en 1971 por el hondureño Eduardo Bähr. Al contrario de los discursos patrióticos que se han escrito en los dos países, la obra de Bähr pone de relieve la barbarie de una guerra sin sentido y el sufrimiento del individuo. Como en todas las guerras, los más golpeados fueron los civiles desarmados. Por su parte, los militares, más que héroes de la patria, actúan como bandas de criminales:

En el otro lado Ocotepeque había sido saqueada y el Coronel nos había dicho que así como ellos arrancaban las tetitas de las mujeres que violaban que así nosotros podíamos arrancarles los ojos si caían en nuestro poder. Pero eso de las mujeres le sé decir que era parejo, porque la que se ponía enfrente… (Bähr [1971] 1993: 15).

Una de las partes más memorables de la colección es la conmovedora historia de un soldado que le escribe cartas a su padre desde el frente de guerra. Al final, se sabe que el padre de este soldado hondureño corre riesgo de ser perseguido, pues es uno de los tantos que han nacido en el país ‘enemigo’.

El escritor salvadoreño Roque Dalton abordó también el tema de la Guerra de las Cien Horas, con un texto polifónico y experimental, en la última parte de su libro Las historias prohibidas del Pulgarcito, publicado en 1974. Aquí encontramos cables noticiosos en los que se expone el desarrollo de los hechos, mezclados con poemas y con reflexiones sobre los motivos de la confrontación. Si bien se mencionan los disturbios relacionados con el fútbol, queda claro que el conflicto tuvo un trasfondo netamente político y económico.

Dalton se pregunta quiénes resultaron con ganancias concretas a partir de ese conflicto que se desarrolló ‘bajo las apariencias’ de una guerra entre los dos países, y concluye que en realidad se trató de una ‘guerra imperialista-oligárquico-burguesa-gubernamental contra los pueblos de Honduras y El Salvador’ (Dalton [1974] 1989: 227). Entre las consecuencias, enumera la consolidación de ambas dictaduras, la división de la izquierda de los dos países y el rearme y modernización de los dos ejércitos bajo el control de Estados Unidos.

Catorce años después, en 1988, el hondureño Julio Escoto recreó de nuevo el contexto de la guerra en su obra Bajo el almendro… Junto al volcán. Esta novela trata sobre el descontento de los pobladores de un pueblo hondureño ante la súbita presencia de las tropas de su propio país y muestra asimismo la simpatía que ellos sienten hacia los salvadoreños que viven ahí. De este modo, se pone en tela de juicio el apoyo que la sociedad civil supuestamente otorgó al ejército y se matiza el tema de la persecución de salvadoreños residentes en Honduras. Cabe recordar que la novela de Escoto apareció cuando había tensiones entre la Nicaragua Sandinista y Honduras debido a la presencia de los Contras en territorio hondureño, por lo que su mensaje antimilitarista fue de gran actualidad.8

En 2006, cuando incluso las guerras civiles que tuvieron lugar en Centroamérica en las décadas de los setenta y ochenta ya eran cosa del pasado, el escritor hondureño-salvadoreño Horacio Castellanos Moya publicó su novela Desmoronamiento. En esta obra se mencionan otra vez los disturbios callejeros que se dieron en el contexto del partido que se jugó en San Salvador, como también las violentas deportaciones de salvadoreños de suelo hondureño. Pero es notable que esos hechos son narrados por un personaje —una mujer hondureña en El Salvador―, que en forma epistolar sobre todo repite lo que otros le han dicho, o lo que llega a saber a través de los medios de comunicación de masas:

La campaña en la prensa, la radio y la tele contra Honduras es horrible: dicen que están matando a cientos de salvadoreños, que los destazan a machetazos y luego los rematan a tiros para quitarles sus tierras y sus pertenencias […]. El embajador dice que es una conspiración para atacar a Honduras, que nada de eso es verdad (Castellanos Moya 2006: 73–74).

En algunas ocasiones, aporta algo de su propia experiencia: ‘No crea ninguno de los rumores que circulan por Tegucigalpa: aquí no hay campos de concentración ni nos están asesinando a los hondureños’ (Castellanos Moya 2006: 96). Pero lo que ve y lo que otros le cuentan no basta para comprender el porqué de la guerra.

Al igual que este personaje-narrador, el lector no sabe a ciencia cierta lo que está sucediendo ni cuáles son los verdaderos motivos del conflicto, pues la información está mediatizada y se centra en lo sensacional. Lo único seguro es que es testigo de la creación de un mito moderno basado en la desinformación.

En general, la ficción narrativa que se ha ocupado del tema de la Guerra de las Cien Horas muestra que el enfrentamiento no trajo ningún beneficio para los pueblos de Honduras y El Salvador, pero sí muchos efectos negativos para el desarrollo social, político y económico de la región. Al igual que los trabajos académicos, toma distancia de los discursos patrióticos que aún se dejan oír en ciertos círculos en ambos países, y no menciona ningún deporte como causa de la guerra.

Implicaciones de la Guerra y Época Actual

El resultado inmediato de la Guerra de las Cien Horas fue 80,000 desplazados salvadoreños y 4,000 muertos, entre civiles y militares de ambos bandos. Honduras cerró de forma permanente la frontera y obstruyó así la circulación de los productos salvadoreños, con lo que el Mercado Común Centroamericano prácticamente dejó de funcionar. La propuesta hondureña de reestructurar el mercado común e impulsar disposiciones para un desarrollo equilibrado fue vetada entonces por El Salvador, por lo que Honduras se retiró del MCCA y en su lugar estableció tratados comerciales bilaterales con Guatemala, Nicaragua y Costa Rica (Gordon Rapoport 1989: 123). De esta forma, se echaron abajo momentáneamente los planes de desarrollo económico regional.

Las relaciones entre los dos países no se normalizaron sino hasta 1980, cuando finalmente se firmó un tratado general de paz (UN 1983). Después de la denominada ‘década perdida’ de los años ochenta, en 1991, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá firmaron el Protocolo de Tegucigalpa, en el que se estableció el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), al cual se adhirieron posteriormente Belice y República Dominicana (Cordero 2017: 14–15).9 Con esta iniciativa se pretende, entre otras cosas, impulsar el comercio intrarregional.10 Y en 1992, el Tribunal Internacional de la Haya emitió además el fallo que puso fin al litigio fronterizo entre Honduras y El Salvador, sellando de esta forma definitivamente la Guerra de las Cien Horas (Ferrer 1992).11

En lo que respecta al problema demográfico, directamente relacionado con el del injusto régimen de tenencia de la tierra, es obvio que aún se mantiene, pero desde hace décadas se manifiesta en consonancia con la globalización.

La población de Honduras en la actualidad es de 9 millones de habitantes, mientras que la de El Salvador asciende a 6.5 millones. Como antaño los campesinos y obreros salvadoreños emigraban a Honduras en busca de oportunidades de trabajo, ahora son tanto salvadoreños como hondureños los que deben buscar un futuro mejor en el exterior, sobre todo en Estados Unidos. El monto de las remesas que envían a sus países de origen es enorme y esto beneficia directamente a las elites: ‘La migración no sólo reduce las responsabilidades de las elites en la atención a la pobreza, sino que la exportación de pobres los está volviendo más ricos’ (Villalobos 2017).12

Si esos inmigrantes fueran expulsados de Estados Unidos en gran escala ―como sucedió con los salvadoreños que estaban radicados en Honduras en 1969―, se tendría un verdadero escenario de pesadilla en la región. De hecho, las deportaciones de centroamericanos han sido constantes en los últimos años, lo cual ha causado más desempleo y delincuencia en Centroamérica. Pero con la reciente decisión del gobierno de Donald Trump de repatriar a los inmigrantes que hasta ahora han gozado de ‘estado de protección temporal’ o TPS, hay riesgo de que la temida catástrofe social y económica se convierta en realidad.13