Introducción

La sociedad uruguaya ha tendido a consensuar a menudo una autopercepción idílica sobre su país, reforzada por la “mirada” siempre constituyente del afuera y de los viajeros. (Achugar, Caetano 1992) Aunque las fórmulas fueron muchas, ninguna fue tan exitosa como la “Suiza de América”. Sin embargo, ha existido otra tradición de pensamiento crítico que hizo foco en la réplica militante a esa noción. Entre quienes podrían integrarse en esa perspectiva, tal vez ninguno haya sido más emblemático que Alberto Methol Ferré. (1929–2009) Ello se ha vuelto más visible al cumplirse en 2017 el cincuentenario de su obra más representativa, El Uruguay como problema. Por muchos motivos, el estudio de su pensamiento y de su obra más clásica vuelven a ser centrales, no solo en Uruguay sino también a nivel internacional.

Como se verá en el artículo, Methol Ferré puede considerarse como una “rara avis” en la política y en la cultura uruguayas. No fue batllista y aunque incursionó en filas del herrerismo, nunca aceptó pertenecer al “liberalismo conservador” con el que se identificó en materia de política interior Alberto de Herrera. En ese sentido, puede decirse que no perteneció a ninguna de las dos grandes “familias ideológicas” del Uruguay del 900, el “republicanismo solidarista” y el “liberalismo conservador”. (Caetano 2011) Fue un católico converso en el país más laico de América Latina y “peronista” declarado dentro de un sistema político que confrontó muy mayoritariamente con esa corriente argentina del “nacionalismo popular”. Como se verá, su itinerario político fue muy oscilante, en un Uruguay que en general ha condenado los cambios de partido. Siempre se sintió y definió como latinoamericano, en una sociedad aluvional que siempre ha preferido una autopercepción eurocéntrica.

En el siguiente texto se ofrece una hoja de ruta para profundizar en torno a las raíces de su identidad política e intelectual. En esa dirección, se presentan el contexto de época en el que se fragua el pensamiento de Methol y los hitos de su actuación en ese período. Este recorrido permite registrar la combinación de autocomplacencia y nihilismo que Methol percibía en aquel Uruguay, tensión clave que estuvo en la base de su visión sobre la preeminencia de la geopolítica sobre la política, que aparece de manera central en su clásico libro de 1967.

Claves de Contexto

Geopolítica y región como sustento del “Uruguay internacional”

Puede decirse que Methol asumió la clave geopolítica de la Cuenca del Plata y de la inserción del Uruguay en la misma como el primer sustento de sus análisis y propuestas. Es más, para llegar al “Uruguay internacional”, desde su “atalaya montevideana”, Methol debió registrar antes la interpelación del territorio de la Cuenca del Río de la Plata, que juzgaba como la “llave maestra” para las posibilidades de inserción internacional no solo del Uruguay, sino de América del Sur y aun de América Latina en su conjunto. En ese sentido, que su premisa haya sido una visión geopolítica de la región realmente habla mucho de su pensamiento.

Methol compartía la idea de que, en términos geográficos y económicos pero también históricos y políticos, el territorio de la Cuenca del Plata había presentado desde la Colonia las simientes de un contorno bipolar, en el que se podía distinguir un polo hegemónico, conformado por los territorios en los que convergerían los grandes Estados de Argentina y Brasil, y una zona de frontera, integrada por lo que devendría en los tres “pequeños” países restantes de la zona (Bolivia, Paraguay y Uruguay). La larga competencia argentino-brasileña por el liderazgo había configurado la base dominante del conflicto regional, que luego de la Independencia y bajo el “imperialismo informal” de los ingleses, prevaleció por lo menos hasta mediados del siglo XX. El fin de esta ecuación geopolítica y la emergencia de una nueva situación configuraron trazos fundamentales del contexto reflexivo a partir del que Methol Ferré pudo escribir El Uruguay como problema. En su visión, la gran mayoría de los conflictos que se desplegaron en la región tuvo que ver con los significados de esta dialéctica generada por la puja de liderazgo entre los dos “Estados hegemónicos” y por las acciones pendulares implementadas por los otros tres “Estados fronteras”, en procura de aprovechar la disputa de sus vecinos “gigantes” para afirmar así sus intereses y posibilidades.

Como “Estados frontera”, los tres “pequeños” de la Cuenca no vivieron ni gestionaron esa común condición de la misma forma. Methol defendió de manera enfática la necesidad de que esa zona fronteriza de la cuenca (a la que llamaba “el lugar del máximo bien común latinoamericano”) se uniera para constituirse en el “eje regional” y así servir de “nexo” consistente entre los dos vecinos gigantes. Contra el despliegue de estrategias separadas, Methol proponía con fuerza el imperativo de la unidad de Uruguay, Paraguay y Bolivia, en términos de un “Benelux a la criolla”. Al respecto, decía en un reportaje que le hiciera Luis Vignolo (h) en 2007:

“Los chiquitos para ser útiles no tienen que ser llorones. Deben ser inteligentes. (…) ¿Cómo se logra esto? Uruguay, Paraguay y Bolivia forman el nexo básico en la cuenca del Plata entre Argentina y Brasil, y le dan solidez al sur para la incorporación de Venezuela en el norte. (…) Los bolivianos, paraguayos y uruguayos necesitamos comprender en conjunto, en estudios compartidos, la función de la Cuenca del Plata. (…) Tenemos que pensar juntos para ser juntos. (…) Si los enanos no se unen, ¿quién los va a unir? ¿Queremos darnos el lujo de ser enanos y además idiotas? (…) Primero: ¡Enanos Uníos! Para dialogar bien y unirnos con los grandotes de la región. Y así lograr que los super-gigantes del mundo nos lleven el apunte de verdad gracias a la integración de América del Sur”. (Methol Ferré 2007)

La conjugación de esa articulación geopolítica de la Cuenca y el retiro ya confirmado en los años cincuenta del “imperialismo inglés”, planteaban un dilema completamente nuevo para el Uruguay. Methol lo diría de manera especialmente enfática en El Uruguay como problema:

“Allí planteo el dilema relativo al destino histórico uruguayo: seguir siendo la cuña de un Imperio ajeno (…) o convertirnos en una parte activa de la alianza argentino-brasileña, en los hijos y los compañeros de una gran Nación bilingüe y bicultural. Esta última hipótesis de la alternativa dilemática implicaba y concentraba la salida nacional para el propio Uruguay. (…) Entonces yo clausuro mi ciclo uruguayo. Doy por terminada mi reflexión uruguaya y me voy. No es que me vaya de la vida uruguaya, pero sí abandono el análisis intelectual sobre mi país en particular y me dedico a pensar los problemas de la nación Latinoamericana desde la perspectiva de unidad e integración que abre y canaliza la Iglesia Católica de América Latina.” (Methol Ferré 1991)

Esta visión radical sobre su “exilio intelectual” la fundamentaría en extenso en El Uruguay como problema. Más allá de cierto efectismo retórico de su definición, no cabe duda que en esa convicción geopolítica (latinoamericana y católica) se afincaba un primer cimiento fundamental de su matriz de pensamiento. Allí también radicaría un aspecto clave en su evolución política e ideológica. (Ghiretti 2016: p. 24 y ss.)

El periplo nacional como simiente

Alberto Methol Ferré había nacido el 31 de marzo de 1929, en el seno de una familia blanca y no religiosa. En reflexiones autobiográficas, él identificaba dos definiciones fundamentales de su adolescencia como las que lo marcaron en tanto matriz intelectual y espiritual: su “descubrimiento” del herrerismo (y por su intermedio, del “revisionismo histórico”, del “peronismo” y del “aprismo”) en 1945 y su conversión al cristianismo católico en 1947. Así relataba el propio Methol la primera escala de esa secuencia fundacional:

“La primera obra que me impacta, (…) todavía en el Liceo (…), es Los orígenes de la Guerra Grande de Herrera, libro que condena la intervención anglo francesa en Uruguay. Nazco así intelectualmente en el revisionismo histórico, que luego alimento en fuentes argentinas, con la lectura prolija de los hermanos Irazusta, Jorge Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos y varios más que sería largo recordar. Esta vertiente aporta a mi formación en el nacionalismo hispanoamericanista, pero hay otra vía constituyente de mi pensamiento que venía del APRA peruano. Haya de la Torre era una de mis lecturas predilectas en el 45. Lo único que no alcanzaba a comprender era por qué estaba contra Perón en esa época. Me parecía incoherente con su perspectiva. Me consolaba, sin embargo, que Seoane, el segundo de Haya, apoyara abiertamente a Perón: hablando en Chile, había llamado al “octubre peronista” del 45 el “segundo Ayacucho”. Actué con Herrera y a favor de Perón, en repudio de la “Doctrina de la intervención multilateral” que proponía el canciller uruguayo Rodríguez Larreta contra la naciente Argentina peronista.” (Methol Ferré 1991)

En otro reportaje que le hiciera Ximena Espeche pocos años antes de su muerte, Methol destacaría la significación de 1945 en su trayectoria: “Mi vida no es nada más que un desarrollo del año 45.” (Espeche 2016: 172) Ya en ese momento adolescente, remaba a contracorriente y asumía en forma muy conciente un lugar de marginalidad frente a la orientación predominante en las grandes mayorías uruguayas. Decía Methol recordando aquellos tiempos:

“Fue en aquella coyuntura bélica cuando Herrera pronunció su famosa frase frente a la invasión japonesa de Pearl Harbour: “Allá los rubios y los amarillos del Norte. Es un festín de leones, donde por supuesto los pequeños como nosotros nada tenemos que hacer”. Frase memorable que conquistó mi corazón de adolescente. Veía a Herrera en esa época solo contra todos; también en su apoyo a Perón estaba solo contra la mayoría del Uruguay.” (Espeche 2016: 288, 289)

La segunda de las definiciones que Methol juzgaba como “matriz” en su primera juventud la fechaba en 1947:

“Es el año –decía– de mi descubrimiento y conversión a la Iglesia Católica, a Cristo. Por familia no tenía ninguna educación religiosa. Mi padre, “blanco”, era un liberal agnóstico aunque no hostil a la Iglesia. Más bien indiferente. La conversión de su hijo fue para él una sorpresa que nunca logró explicarse del todo.” (Espeche 2016: 288)

“Herrerista” y “católico converso”, “peronista” además desde el país tal vez más antiperonista de América Latina, el joven Methol no elegía por cierto un lugar “de confort” en aquel Uruguay de postguerra. A partir de entonces completó su “caja de herramientas” como pensador y ensayista, a través de la lectura de los nacionalistas rioplatenses, de grandes autores europeos y cristianos de aquel tiempo (como Ramiro de Maetzu, Miguel de Unamuno, Etienne Gilson, Ernst Samhaber, Federico Ratzel, Jacques Maritain y Gilbert Chesterton), pero también de los “pioneros” del “marxismo latinoamericanizado” (como José Carlos Mariátegui o Abelardo Ramos, con el que creó una relación de amistad y comenzó a cartearse por lo menos desde los años cincuenta). (Methol, Metalli 2006)

Con ese telón de fondo de los cincuenta, Methol creyó advertir “que el Uruguay entraba en una nueva época histórica y (que) comenzaría su decadencia” inevitable, signada especialmente por “la retirada del Imperio Británico”: “me doy cuenta de que soy ciudadano de un país que estaba perdiendo sus fundamentos históricos, su razón de ser original, su matriz primigenia.” “Nos convertíamos en un micropaís.” (Methol 1991) Comenzaba así un nuevo momento de inflexión en su trayectoria intelectual y política, que en varias oportunidades el propio Methol dató genéricamente hacia el bienio 1952–53. Comenzó a tomar cierta distancia de Herrera (finalmente, “hijo del Uruguay solo”), lo que lo dejó disponible para nuevos emprendimientos más autónomos. Fue así que coincidieron un nuevo deslumbramiento ante Perón y su involucramiento militante en las filas del movimiento ruralista liderado por Benito Nardone, alias “Chicotazo”.

La primera de esas circunstancias ocurrió a fines de 1953, cuando pudo leer el discurso confidencial que Perón pronunció en la Escuela Superior de Guerra del Ejército Argentino el 11 de noviembre de ese mismo año, en la que el entonces presidente argentino convocaba a la formación de “un eje geopolítico llamado ABC”, con la alianza entre Brasil, Argentina y Chile. Lo leyó en las páginas del diario El Plata, presentado bajo el título de “Imperialismo argentino”. Su publicación la había promovido el exiliado argentino Raúl Damonte Taborda, en procura de denunciar las “ambiciones expansionistas” de la Argentina peronista.

“Me di cuenta que alguien planteaba por primera vez una auténtica geopolítica para América del Sur y que de paso, le daba una solución nacional a mi país, porque el Uruguay debía estar inmerso, compartir y participar en esa alianza argentino-brasileña. Ese discurso me influyó decisivamente y se transformó en mi visión geopolítica fundamental acerca del porvenir de América Latina.” (Methol Ferré, 1991)

Su ingreso a las filas de la Liga Federal de Acción Ruralista se produce no casualmente por la misma época. “Era un movimiento –recordaría años después Methol– de clases medias rurales. Pretender modernizar el agro sin el protagonismo de esas clases medias me parecía pura retórica.” Pero para comprender en profundidad su “ruralismo” debe entenderse que el mismo nunca implicó para él una visión antiindustrialista. Como él se preocupaba en aclarar:

“Ruralista en Uruguay, era industrialista para Brasil y Argentina, justo al revés de Luis Batlle Berres. (…) Siempre he sostenido que la verdadera industrialización uruguaya (…) estaba especialmente a cargo del proceso industrial argentino-brasileño. (…) ¡A no confundir economía pastoril, rústica, con economía agropecuaria! La economía moderna agropecuaria se convierte necesariamente en un modo de industria. Es un delicado, técnico, científico actuar del hombre sobre la tierra y la biología. (…) Lo que hay que hacer en el Uruguay al respecto es ilimitado.” (Methol Ferré 2003)

Durante esos años cincuenta, junto a Methol también otros jóvenes de inspiración nacionalista (como Washington Reyes Abadie, José Claudio Williman (h) y Carlos Real de Azúa) se unieron al ruralismo y a otros emprendimientos conectados con esas ideas. La mayoría de ellos se concentrarían en el Centro de Estudios Económicos Artigas, fundado por Nardone en 1955. (Jacob 1981) Compartían algunas convicciones centrales: desconfiaban de los partidos tradicionales como instrumentos de regeneración económica y social de aquel Uruguay en crisis; eran en materia internacional “terceristas”, desde una afirmación de independencia frente a las dos superpotencias y sus correspondientes “imperialismos.” En una línea en buena medida convergente, junto a Reyes Abadie y Roberto Ares Pons, Methol impulsó también por entonces la publicación de la primera revista Nexo. El título dado a la publicación era toda una definición: “nuestro ser y destino uruguayo –escribiría el mismo Methol en el editorial inaugural de la revista– pasaba por ser nexo entre los dos grandes vecinos. Dejar de ser “cuña” y empezar a ser “nexo”.” (Espeche 2016: 271 y 279)

El triunfo nacionalista de Herrera y de Nardone en 1958 provocó euforia en Methol, que se creía cerca del triunfo de sus ideas. Desde una fuerte militancia en los intersticios de aquel Uruguay complejo y fragmentado, Methol no había cumplido aún los treinta años. Tal vez esa juventud le impedía matizar los entusiasmos y advertir con quiénes convergía por entonces.

La alternativa de una “revolución antibatllista”, proclamada luego del espectacular triunfo del Partido Nacional en las elecciones de 1958, a través de la adopción de políticas fuertemente liberales, fracasaría rápidamente sin dar los resultados esperados. La polarización ideológica llegaba también al Uruguay, desprovisto entonces de sus viejos “amortiguadores”: un Estado redistribuidor y “capitalista sustituto”, partidos “keynesianos” que regulaban en clave clientelista el mercado laboral y los precios internos, los excedentes derivados de contextos favorables para la exportación de rubros agropecuarios, etc. Todo esto podía desplegarse en el territorio abonado de una población que comenzaba a enfrentar problemas inéditos. Las deslealtades a la democracia y la legitimación de la violencia política vinieron por izquierda y por derecha. Y aunque se potenciaron fuertemente tras el impacto de la revolución cubana, no empezaron con ella.

La secuencia crepuscular del Uruguay clásico fue breve pero muy intensa y disputada. Como era de esperar, Methol Ferré vivió con gran intensidad e involucramiento ese tiempo de pasiones. De ello dan cuenta numerosos artículos dispersos en revistas y periódicos, del continente y de Uruguay, así como libros en los que anticipaba muchos de los temas sobre los que profundizaría en El Uruguay como problema. En esa dirección deben destacarse ¿Adónde va el Uruguay? Reflexiones a través del nuevo ruralismo, editado en Montevideo en 1958,1 así como una reelaboración consolidada de ese mismo trabajo que bajo el título de La crisis del Uruguay y el Imperio Británico se publicó en Buenos Aires en 1959.

En las dos versiones de ¿Adónde va el Uruguay? Reflexiones a través del nuevo ruralismo, Methol todavía ostentaba una fuerte esperanza tras las posibilidades abiertas por el triunfo del herrerismo y del ruralismo unidos:

“… cuando la palabra se siente engañosa, sólo va quedando la violencia. En su umbral estamos. Pertenecemos entonces a una generación que vive al Uruguay mismo como problema, que no se conforma con lo ya hecho y que, ajena a usuales rutinas salvadoras, ha sido compelida a preguntarse radicalmente: “¿Qué somos y qué nos ocurre como comunidad histórica?”. (Methol Ferré 1958)

Por su parte, en el breve epílogo que agregaría luego de las elecciones, fechado el 5 de diciembre de 1958, Methol no pudo ni quiso disimular su enorme entusiasmo:

“El Uruguay está pasmado. (…) No creíamos en el tiempo, no había tiempo para nosotros. (…) ¡Qué alivio saber que hay contingencia! ¡Qué descanso saber que hay incertidumbre! (…) Hasta el 30 de noviembre de 1958 nos era un esfuerzo pensar, hoy para todos el esfuerzo es el dejar de pensar. Allí reside la raíz espiritual de lo que nos ha sucedido hace pocos días. (…) Así tenía que ser y así fue. (…) Así mi parroquia querida, padecida, sufrida, entra en la historia. El Uruguay y el Tiempo. Nuestro gran tema.” (Methol Ferré 1958)

Sin embargo, ese frenesí de expectativas desmesuradas duró bien poco. Durante el gobierno de mayoría “herrero-ruralista” (1959–1963), Methol fue secretario del consejero Pedro Zabalza entre marzo de 1959 y enero de 1960, así como integrante de la delegación uruguaya a una reunión preparatoria para la constitución de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en 1959. Pero su desilusión, primero de Nardone y luego del nuevo gobierno en su conjunto, no tardó en producirse. En febrero de 1961 publica en Marcha una célebre carta de despedida titulada “Adiós Señor Nardone.” Años después justificaría su distanciamiento del líder ruralista señalando que “empantanaba a las clases medias en el sistema.” (Methol Ferré 1991)

Muy poco después de esa renuncia pública, en ocasión de producirse el acceso de Eduardo Víctor Haedo a la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno en marzo de 1961, en una entrevista periodística profundizó sobre el tema. Ya había roto con Nardone pero aún no había terminado de desligarse del todo del gobierno. Al ser interrogado sobre cómo juzgaba por entonces la gestión de Nardone, Methol no vaciló en señalar de modo tajante que:

“el saldo es negativo. (…) Así como podríamos decir que el señor Nardone fue un excelente jefe de montoneras, también es verdad que carecía de toda experiencia respecto del Estado y del funcionamiento de la Administración.” (Methol Ferré 1961: 29)

Ante otra pregunta en la que se lo inquiría sobre las razones de su renuncia como secretario del consejero Zabalza, respondió por su parte: “Por ser enemigo de una política de estabilización sin desarrollo. Es incierto que una etapa sea previa a la otra. Y en el orden internacional, mi radical discrepancia –viejo herrerista al fin– con la política del gobierno.” Ante la invocación que le hiciera el periodista sobre su destaque entre los “ideólogos del ruralismo”, Methol contestó contrariado: “El término “ideologías” nos fue siempre repugnante.” Finalmente, como balance de su militancia en filas ruralistas concluyó: “Me considero hoy tan ruralista como ayer. (…) (La experiencia en la Liga fue) la más importante que pueda hacer un uruguayo: conocer la realidad humana, económica y social de la campaña y más aún para mí, que soy hombre del asfalto.” (Methol Ferré 1961)

En las elecciones de 1962, su decepción del ruralismo y del “primer colegiado blanco” lo llevó a un giro que puede resultar sorpresivo si no se termina de entender la apertura de su compromiso político y el tropismo nacionalista y popular de su pensamiento. Confluyó entonces en la “Unión Popular” junto con el P. Socialista, distintos grupos escindidos de los partidos tradicionales (en particular el grupo de Enrique Erro, a quien Methol había votado dentro del herrerismo en su lista 41) y agrupaciones de jóvenes de izquierda “tercerista”. El nuevo lema había sido concebido inicialmente como “Unión Nacional y Popular”, pero en agosto de 1962 la Corte Electoral resolvió favorablemente una impugnación del término “Nacional”, realizada por el partido del mismo nombre. (Rey Tristán 2006: 87):

“Era el intento de hacer una “izquierda nacional”, dejando al costado al P. [Partido] Comunista y convocando a blancos y colorados, no rechazándolos como acostumbraba la izquierda tradicional. (…) En esos momentos, el modelo cubano y la atracción pasional y emotiva que suscitaba en la izquierda (la votación se hizo en plena crisis de los misiles), hizo que en la lucha por el centro izquierda, el Frente Izquierda de Liberación (FIDEL), hegemonizado por el P. Comunista, nos derrotara. El comunismo pasó así a dominar la izquierda del Uruguay, hasta que apareció la guerrilla con los tupamaros.” (Methol Ferré 1991)

Cual bisagra del ciclo, la nueva Constitución de 1967, aprobada en los comicios de 1966, devolvió fortalezas al Ejecutivo unipersonal y fue expresión bastante fiel de una opinión ciudadana que ansiaba el fortalecimiento de la institución presidencial. La nueva Constitución brindaba sin duda el mejor encuadre institucional para el retorno al gobierno del P. Colorado que, aun dividido, había sido ganado por un aliento presidencialista y ejecutivista, del que una figura como el austero general constitucionalista Oscar Diego Gestido tal vez no fuera su mejor exponente. Luego de un breve período de gobierno, signado por las dudas y por una marcha errática, la muerte de Gestido ocurrida el 6 de diciembre de 1967 abrió la era de un gobierno con perfiles autoritarios, como el que presidió Jorge Pacheco Areco entre fines de 1967 y 1972.

El crecimiento de la polarización devino en un aumento inusitado de la violencia política y social, con una secuela de civiles muertos y heridos que en el país no ocurría desde la última guerra civil de 1904. Fue en ese contexto, más específicamente en 1967, cuando Methol, ya sin compromisos partidarios pero sin duda que con toda su vocación política intacta, publica la primera edición de El Uruguay como problema, ante una convocatoria de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República.

En ese mismo año de 1967 participa con un grupo de laicos católicos en la fundación de la revista Víspera, de inspiración católica y proyección latinoamericana. Su primer editor fue Héctor Borrat y su cuerpo de redactores inicial estuvo integrado por figuras como César Aguiar, Guzmán Carriquiry, Luis Carriquiry, José Croatto, Enrique Dussel, José Gaído, Alberto Methol Ferré, Bryan Palmer, Antonio Pérez García, Luis Osvaldo Roggi, Darío Ubilla. Aunque no fue nunca una revista ideológicamente homogénea, en sus páginas se perfilaba una verdadera coalición de los sectores progresistas de la Iglesia Católica latinoamericana: daban un respaldo genérico al magisterio del Papa Pablo VI (en especial en su doctrina social); apoyaban la integración y unidad de América Latina ante los nuevos contextos; defendían en clave pluralista propuestas a favor de una transformación social profunda en los países del continente.

Lo que terminó por separarlos fue el tema entonces crucial de la “legitimidad moral de la violencia guerrillera”. (Methol Ferré 1991) En esa auténtica encrucijada, Methol asumió una postura adversa frente a las prácticas violentistas. Con esa posición, ya en 1967 escribió en las páginas de la revista un extenso alegato contra “el foquismo guerrillero ideologizado por Regis Debray y ejecutado por el Che Guevara”, en el que criticó duramente esa praxis, afirmó el error que suponía “latinoamericanizar el modelo cubano” y advirtió que el despliegue de esta política profundizaba los riesgos para “la unidad nacional latinoamericana.” (Methol Ferré 1967) Ese artículo suscitaría una dura polémica entre Methol y José Manuel Quijano en las páginas de la revista. (J. M. Quijano y Methol Ferré 1968b) Años después explicaría su intervención de entonces de la siguiente forma:

“Lo hacía para salvar del ultraizquierdismo a las juventudes, especialmente a los jóvenes católicos y sus asesores. Pretendí hacerles comprender que se metían en un extremismo infantil sin destino. Mi esfuerzo fue inútil, la ideología de la violencia hizo estragos y, todos sabemos, sobrevinieron años trágicos.” (Methol Ferré 1991)

Ya por entonces Methol era un referente dentro de la Iglesia Católica latinoamericana. En lo que refiere a su inserción en la Iglesia uruguaya, escribiría en aquellos años 60 su visión acerca de su especial derrotero. En su texto sobre Las corrientes religiosas de 1969 registró con entusiasmo el pasaje de una Iglesia con una:

“vida mansa, casi sin accidentes, casi al margen de la vida uruguaya”, a otra en la que con la crisis todo parecía “volver a ponerse en cuestión. Los fundamentos de la existencia pare[cían] estar amenazados. Y esa ascendente conmoción del país [volvía] a poner en la vida pública a las instituciones religiosas que tampoco [podían] escapar de esa circunstancia. Todo lo establecido entra[ba] en movimiento.” (Methol Ferré 1969: 59)

A partir del impacto del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín, a lo que se agregaban los acontecimientos propiamente locales (entre ellos el desplazamiento del conservador Mons. Antonio Corso de la Arquidiócesis de Montevideo y su sustitución por el progresista Mons. Carlos Parteli en 1966), un sector importante del catolicismo uruguayo comenzó a dar señales cada vez más críticas sobre la situación nacional y continental. Una de las primeras expresiones en tal dirección fue la Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal titulada Sobre algunos problemas sociales actuales, de Cuaresma de 1967. En ella, los obispos manifestaban su “honda preocupación por la crisis que afecta[ba] al país” y, en particular, por sus repercusiones en los sectores más desfavorecidos. Por primera vez de forma colegiada, los obispos uruguayos proponían la reforma de las estructuras para asegurar el “bien común”. (Conferencia Episcopal Uruguaya 1967)

Por su parte, a fines de 1967, Mons. Parteli agitó el ambiente nacional con la paradigmática Pastoral de Adviento. En ella, además de un diagnóstico muy elaborado sobre la situación del país, se hacía una dura crítica al capitalismo, citando en más de una oportunidad a la encíclica “Populorum Progressio” de Pablo VI. La principal causa de los males sociales del país derivaba de:

“un sistema que considera[ba] el lucro como motor esencial del progreso económico, la concurrencia como ley suprema de la economía y la propiedad privada de los medios de producción como un derecho absoluto, sin límites ni obligaciones sociales correspondientes”, sistema al que se consideraba “nefasto” y “no (…) humano”, por lo tanto, “no (…) cristiano.” (Carlos Parteli 1967)

Todos estos pronunciamientos se hacían públicos en ese mismo año clave de 1967, cuando en octubre era asesinado el Che Guevara en Bolivia y se vivían las vísperas del cincuentenario de la revolución Rusa. Con seguridad Methol intuía que era una coyuntura especialísima en que no debía callar.

¿Cómo Vivir El Uruguay como problema en los Sesenta?

Las raíces y el porvenir: el eco de Methol

Sobre el origen y el proceso de escritura del libro existe toda una miríada de versiones, muchas de ellas impulsadas en distintos momentos por el propio Methol. Más de una versión indica que buena parte del texto ya lo tenía bastante elaborado desde tiempo atrás, lo que hemos podido corroborar con las referencias expresas a la idea del “Uruguay como problema”, cuando escribió su libro ¿Adónde va el Uruguay? Reflexiones a través del nuevo ruralismo en 1958.

Por cierto que una relectura de El Uruguay como problema debe habilitar múltiples claves de interpretación. En este caso, la primera a ser presentada como guía tiene que ver con un horizonte de reflexión especialmente asumido por Methol: la tensión entre pasado y futuro como exigencia del pensamiento estratégico. Como él escribió en 1958, “El Uruguay y el Tiempo. Nuestro gran tema.” (Methol Ferré 1958: 2)

Fue en ese preciso contexto de 1967 cuando el Instituto de Economía de la Universidad de la República convocó oficialmente a una reflexión colectiva a través de una interrogante por demás gráfica: “¿Cuáles son las posibilidades de independencia real, si es que existen, de un país como el Uruguay?”. (Methol Ferré 2015: 56) Sin duda, el ensayo presentado ante la convocatoria que logró una mayor repercusión pública y una más dilatada vigencia en el tiempo, fue precisamente el ensayo de Methol Ferré. En dicha obra, explora en varias oportunidades este asunto crucial de la relación pasado-futuro:

“Nos escindíamos en pueblerinos o ciudadanos del mundo. (…) Todo esto no era más que los modos de ahistoricidad de nuestra conciencia histórica. Quizá sólo los grandes males y sufrimientos promuevan la historia, pues la satisfacción la exilia o la hace preocupación engolada. (…) Y aquí volvemos a nuestro punto de partida. Al Uruguay mismo como problema.” (Methol Ferré 2015: 67, 68, 83, 94 y 95)

Methol interpelaba con dureza los relatos históricos nacionales más usuales de su tiempo, como base para realizar un auténtico ejercicio prospectivo, en el que incluso alcanzó a proponer cuatro escenarios posibles, dos “de recuperación” y dos de “incapacidad de recuperación”:

“A. El Uruguay tiene capacidad de recuperación: 1) Con dirección fundamental a la Cuenca del Plata; 2) Con dirección fundamental a Europa (incluyendo Rusia), es decir, la ruta tradicional. B. El Uruguay no tiene capacidad de recuperación: 3) se convierte en un protectorado argentino-brasilero o –en su extremo– es dividido entre ellos; 4) se convierte en protectorado norteamericano, pues aunque Estados Unidos no está interesado en nuestras producciones, no sólo es el acreedor financiero sino que le conviene instrumentalizarnos como cuña en esta zona vital de América Latina.” (Methol Ferré 2015: 111)

El ensayo de Methol era efectivamente un ejercicio riguroso de prospectiva geopolítica. Su línea propositiva no necesariamente puede juzgarse como pesimista. Exigía sí la asunción de retos morales fuertes, así como también una clara definición latinoamericanista y no “uruguayista” (“Para el Uruguay, interiorizarse es latinoamericanizarse”). Y para ello, lo primero que había que descartar era la posibilidad de un Uruguay “solitario” o “ensimismado”:

“Suponer al Uruguay una nación completa es quererlo semicolonia para siempre. (…) Los nacimientos en todos los planos deciden y bien, a tono con la moda, es forzoso comenzar por el trauma del nacimiento uruguayo.” (Methol Ferré 2015: 107, 55, 62 y 63)

Las preguntas y reflexiones de Methol en El Uruguay como problema engranaban de modo muy claro con aquel clima de época. A pesar de ello, su voz podía ostentar rasgos de singularidad indiscutible.

Una relectura de la historia como soporte para la integración y la inserción internacional

Desde las dos dedicatorias de su libro, Methol confirmaba una brújula de pensamiento que consideraba innegociable: la presentación de sus ideas y en particular su visión de lo que llamaba “actualidad histórica” debía fundamentar el camino de la integración como único destino posible para las sociedades del continente. Las dedicatorias a Arturo Jauretche y a Paulo R. Schilling, sus amigos y compañeros de ruta que sin embargo por entonces no se conocían, adquirían un fuerte simbolismo. Se trataba una vez más de construir el “nexo” entre Argentina y Brasil.

“Estos dos amigos –escribía Methol al final de las dedicatorias–, que no se conocen entre sí, han vivido el exilio –no el destierro– en nuestra tierra, por las mismas razones políticas. Este ensayo, “cuestión fronteriza”, quisiera contribuir a su conocimiento, pues en ello reside la posibilidad de una auténtica política nacional, rioplatense y latinoamericana.” (Methol Ferré 2015: 43)

En su estilo, Methol rechazaba las exigencias metodológicas del historiador: rehuía la sistematicidad académica, como si esta lo encorsetara para orientar sus líneas interpretativas de “larga duración”. Para él la “Pax Británica” en América Latina había significado una “salida de la historia”, una “balcanización” con “vecinos de espalda, hermanos extraños, que se desarrollan hacia fuera. Divididos y enajenados.” Todos los países de la región “dejaron de ser problema”, dispensados de la exigencia insoslayable de tener “política internacional.” Sin embargo, la consolidación del turno norteamericano en la hegemonía del continente había tenido a su juicio el impacto de sacudir la modorra: los tiempos de un Río de la Plata con una “enorme renta diferencial a su favor” habían terminado. De sus ruinas nació el primer “Uruguay internacional”, sustentado entre otras cosas por dos maneras diferentes de concebir la conciencia histórica y la política internacional, ambas indispensables.

Methol no quiso contrariar esa tradición de la inmensa mayoría de los uruguayos, no importaba su origen, de apelar a Artigas como última ratio, como sustento del proyecto más deseado. En El Uruguay como problema Methol lo convocó más de una vez como guía necesario para lo que consideraba “el viraje más radical de nuestra historia”, que no era otra cosa que asumir “la necesidad de trascender al Uruguay en que nacimos…” “Si Ponsomby ha muerto, nos queda Artigas. (…) Artigas es mucho más que nosotros, y nosotros su fracaso histórico. El Uruguay es la negación de Artigas y su futuro será su reafirmación.” (Methol Ferré 2015: 93, 94, 95 y 103)

Pero para su alegato en procura de trascender al Uruguay y acompañar lo que consideraba su inevitable latinoamericanización, ninguna dialéctica le servía más que confrontar al batllismo con el herrerismo.

“Así como Batlle ha forjado decisivamente la conciencia interna del país, podemos afirmar que Herrera ha sido su conciencia externa. (…) Herrera vivió al Uruguay como un país “con una gran interrogante clavada en la frente”. Batlle, Ramírez, Manini, Frugoni, Regules, etc., se movían con los problemas del Uruguay, pero el Uruguay mismo era absolutamente obvio, no era cuestión en sí, ni precariedad, sino permanencia supuesta para siempre, como el aire que respiramos.” (Methol Ferré 2015: 66 y 69)

Esta dicotomía tan decisiva para comprender al Uruguay del siglo XX se identificaba para Methol con una pugna de “conciencias históricas” contrapuestas, con sus correspondientes matrices de política exterior, que a él no le convencía sintetizar en la puja clásica de “realismo-idealismo”.

“Así de una historia isla pasábamos a la evaporación, a las sombras chinescas de una historia océano (por lo general escrita desde un punto de vista francés), donde la historia se juega en cualquier lado menos aquí, y aquí lo de cualquier lado. (…) El realismo de los mirones era ser intensos voyeurs. (…) Interioridad pura o exterioridad pura, dos falacias que confraternizan.” (Methol Ferré 2015: 68)

En 1967 Methol sentía que incluso había llegado el momento de trascender también a Herrera, su primer mentor. Era una despedida especialmente sentida, entrañable, pero que sentía como insoslayable desde su rigor intelectual y hasta moral. En las páginas de su libro de 1967 trató de hacerlo de la manera más respetuosa, como correspondía a un discípulo que solo aceptaba –y dolorido— un parricidio muy sobrio, algo excepcional por cierto desde ese estilo tajante y sarcástico que solía esgrimir. El nacionalismo de Herrera, sus gestos antiimperialistas, su profundo rechazo a la instalación de un “Gibraltar” en el Río de la Plata, su defensa del principio de no intervención, su reivindicación de la “concordia nacional” para fortalecer las posiciones internacionales del país, su estrategia “compensatoria” frente a Perón, su realismo estratégico, ya no resultaban elementos suficientes para Methol en aquella encrucijada. “… el acontecer histórico va haciendo imposible la política de Herrera, que ha sido la del Uruguay en que nos hemos formado. (…) En lo que me es personal, mucho he aprendido de Herrera, pero sé que ha llegado el momento de la despedida.” (Methol Ferré 2015: 81)

Como se advierte, la despedida de Methol no era solo de Herrera sino también del Uruguay conocido. En esa dirección también retó nada menos que a Carlos Quijano, juzgando sus preocupaciones por la inviabilidad del país como una “tardía resurrección de Ángel Floro Costa al revés”.

“Quijano termina (…) agobiado por el Nirvana, aunque a veces le ponga el nombre consolador de Revolución (…), que le permite, desde esa altura abstracta, encubrir su crítica (…) hecha desde el mismo Uruguay solitario que no puede continuar…” (Methol Ferré 2015: 83)

Pero no solo Quijano resultaba blanco de estos “cañonazos” de “guerra preventiva” que Methol incorporó en su propio libro. No trepidó en denunciar que ya había “pasado la hora oportuna de los Casandras”, arremetiendo contra la “literatura del “pozo” y contra el “nihilismo uruguayo”, en una invocación que podía tener múltiples destinatarios en la todavía activa “generación del 45”. Volvía a acometer contra un batllismo declinante, acusándolo de haber sido “el partido de la prosperidad” y de practicar un rústico “keynesianismo a la criolla, de sustento fisiocrático.” También confrontaba contra “el plan de la CIDE o el modelo de Faroppa” de inspiración cepalina, a los que acusaba de ser “construidos dentro de las coordenadas del viejo Uruguay”, todavía asociados “con los presupuestos últimos del Uruguay batllista”. (Methol Ferré 2015: 109) De todos modos, hacía un rescate de Rodó (“es nuestro Fichte y su Ariel el Discurso a la nación Latinoamericana, en un plano ético e ideal”).” (Methol Ferré 92)

Como se ha visto antes, el Uruguay como problema fue reeditado en 1971, con el agregado de un epílogo en el que Methol no solo profundizaba sus argumentos, sino que remitía al explosivo proceso vivido desde 1968 para reafirmar el incremento de dramaticidad de sus apuntes sobre la realidad.

“La tinta dejó su elocuencia a la sangre, que busca empero nuevas palabras, sin las cuales la acción desfallece. (…) ¿Tiene el país fuerzas sociales efectivas como para recrearse? Esta incógnita se despejará en el corto plazo”. (Methol Ferré 2015: 134 y 135)

La interpelación y su rumbo volvían a ser los de siempre: la brújula volvía a la búsqueda de la conjunción de “fuerzas sociales efectivas” en lo interno, como soporte indispensable para una orientación estratégica en política exterior, que nos alejara de la peor hipótesis: “un singular y agravado destino puertorriqueño”, convertirnos en “un Saigón sudamericano” o en un “Hong-Kong rioplatense”, que en su propia definición terminaría siendo una “plaza fuerte de custodia y emplazamiento para banqueros, timba y turistas”. (Methol Ferré 2015: 113)

En ese epílogo de 1971, Methol advertía sobre el descaecimiento del “éxito más rutilante de la democracia liberal-burguesa de América Latina”, al tiempo que no vacilaba en sostener que “la política de la oligarquía, a esta altura de los acontecimientos, ya no es viable.” (Methol Ferré 2015: 126 y 129) Una vez más encontraba fuerzas y argumentos para involucrarse en forma directa en la lucha política partidaria, acompañando la fundación del Frente Amplio y siendo asesor del general ® Liber Seregni.

Methol había sido un crítico pertinaz de las expresiones políticas de la izquierda uruguaya. En la edición de 1967 la había acusado de profesar un “idealismo extremo”, de haber dimitido “frente a nuestra historia de puertas cerradas”, llegando a arremeter incluso –con la excepción de Vivian Trías- contra “la esterilidad del marxismo uruguayo”. (Methol Ferré 2015: 68 y 69) En 1971, su opción política por la novel coalición de izquierdas era justificada por “la desaparición de los sectores “populares” de los dos partidos tradicionales”, lo que a su juicio los volvía “incapaces de regenerar una equivalencia de Herrera o Batlle en sus filas.” Sin matices, advertía que esa circunstancia hacía que “el populismo cambie su índole y busque cauce fuera de ellos y (…) haga nacer en pocos meses (…) al Frente Amplio”.

En contrapartida con su entusiasmo frenteamplista, se mostraba más crítico y cauto en sus apreciaciones sobre “la celebridad tupamara”, que sobre todo interpretaba como “la más límpida objetivación (…) de la crisis de identidad del Uruguay y de sus clases sociales.” (Methol Ferré 2015: 134) Advertía sin embargo sobre la extrema gravedad de una perspectiva de guerra civil en el país (“es peligro de muerte del Estado mismo”), al tiempo que sentenciaba que la polarización violenta entre uruguayos no solo alejaba los sueños de constituir un “nexo” para la región, sino que podía desembocar en la peor hipótesis, que a su juicio radicaba en una eventual intervención deseada “por sectores militares brasileños”. De todos modos, frente a este último peligro se mostraba más bien reticente: “se hace difícil concebir una nueva Triple Alianza para intervenir al Uruguay”, entre otras cosas porque Argentina jugaba su estabilidad en que ello no ocurriera. (Methol Ferré 2015: 139)

Primeros Impactos y Debates

Es difícil estimar el impacto inicial del libro de Methol en aquel Uruguay de 1967. En la correspondencia que se preserva en su Archivo Personal, se cuentan varias cartas de felicitación y de adhesión con los contenidos del ensayo. Tal vez la más importante de ellas sea la carta que le enviara en febrero de 1968 el entonces Arzobispo Coadjutor de Montevideo, Carlos Parteli, identificado como se ha visto con las visiones progresistas del catolicismo uruguayo:

“De un tirón y con gran placer he leído su libro “Uruguay como problema”, que considero oportunísimo para clarificar el panorama de nuestros problemas, mostrar sus raíces y señalar el rumbo de su adecuada solución. Lo siento como una sedante palabra de aliento para todos los que contemplamos con angustia el rápido proceso de nuestra involución. Más aún, lo considero un valioso auxiliar para la Iglesia Latinoamericana que está empeñada en colaborar en la reintegración de este continente despedazado, devolviéndole su alma.” (Parteli 1968)

Si las reflexiones de su libro podían generar este tipo de adhesiones, también suscitaron polémicas fuertes. La más relevante en este campo fue la que confrontó a Methol nada menos que con Carlos Quijano, como se ha visto, aludido duramente en El Uruguay como problema. (Espeche 2010: 99 y ss) Quijano contestó desde las páginas de Marcha en su edición del 9 de febrero de 1968. (Quijano 1968) Luego de exhortar a “poner a un lado las bienaventuranzas y la literatura”, Quijano como era su costumbre se dedicó a reseñar en forma sistemática su posición frente a los señalamientos de su contrincante:

“¿Cuáles son los hechos según los vemos? 1. Estamos solos. Háganse o no las integraciones subregionales aludidas y con más razón si se hacen. 2. Estamos rodeados de enemigos. (…) 3. Un país es una bandera (…) pero también es una moneda, una ecuación económica, una cultura y una ciencia. (…) ¿Se ve lo que pueden significar al paso de cierto tiempo Argentina y Brasil? (…) 4. Suele recurrirse, para consuelo, al ejemplo ajeno. Verbigracia: entre Francia y Alemania prosperan Bélgica, Holanda y Suiza. Las simples comparaciones sirven de poco cuando las circunstancias históricas, geográficas, políticas, económicas, son distintas. (…) 5. ¿Qué perspectivas se le ofrecen al Uruguay? i) Continuar en su “espléndido aislamiento” que no es espléndido. Y bien lo sabemos, no es aislamiento. ii) Federarse o confederarse con alguno de sus vecinos. La solución es absurda. Políticamente inviable. (…) iii) Convertirse en un protectorado de las dos subpotencias regionales. (…) Es una solución frente a la cual solo cabe la resistencia, la enconada y trágica resistencia. iv) Participar en una integración tipo ALALC. (…) Es una integración para los monopolios, hecha por tecnócratas que solo manejan estadísticas e ignoran la historia, la geografía y la política. (…) v) Convertirse en un protectorado del Imperio, garantía de nuestra neutralidad y de nuestra independencia frente a los vecinos poderosos. (…) Nos traicionaríamos y traicionaríamos al continente.”

Quijano replicaba a su vez lo que consideraba “ligereza” de Methol al calificar a la “revolución” como “mito”. Por el contario, la reivindicaba como el único camino “para el socialismo, para la integración y para la Patria Grande”.

“Sin la revolución –concluía– liberadora y antimperialista no habrá para nosotros Patria. Ni chica ni grande. Y lindo será entonces morir oriental en la patria chica (…). Como debe ser lindo vivir y morir hoy en Vietnam en la epopeya fabulosa por la patria chica (…), cara al invasor, para que los venideros sean libres.”

Methol respondió de inmediato, con una carta dirigida al mismo Quijano, que fue publicada en el espacio dedicado a publicar las cartas “De los lectores” en el número de Marcha que apareció el 23 de febrero. (Methol Ferré 1968a) En su réplica empezaba por rechazar ciertas alusiones que a su juicio respondían a una “lectura infeliz”, “un prolijo malentendido”, referidas en especial a las citas sobre Ángel Floro Costa y su Nirvana. Pero luego se concentró en lo que consideraba el “nudo del problema, la raíz de nuestras divergencias.”

“Usted afirma que “sin la revolución liberadora y antimperialista no habrá para nosotros patria. Ni chica ni grande.” De acuerdo, en absoluto. ¿Pero cómo ir estableciendo el pasaje desde el Nirvana a la Revolución? ¿En qué condiciones generales y particulares a nuestro país, en su contexto concreto? Y es aquí donde usted corta todos los pasajes, queda en dicotomías abstractas y estáticas, escinde idea y realidad (…). Dice usted que Argentina y Brasil siempre que se ponen de acuerdo lo hacen a nuestras expensas y de los otros pueblos pequeños. (…) ¿Cómo es posible que usted tome tan a bulto a Argentina y Brasil? Justamente, (…) la tesis esencial que sostengo es que la lucha nacional que realizan argentinos y brasileños, es la nuestra también, que deben unificarse y que esa conjugación es el bien fundamental de la República. Usted acentúa todo lo contrario, y los bultos argentino y brasileño le permiten a la vez tomar al Uruguay como bulto, donde también todos los gatos son pardos, lo que equivale a mantener el statu quo y formular una política del desaliento.”

Methol concluía su réplica en un tono casi apocalíptico, con un final que se volvería célebre y especialmente recordado. Venía a evidenciarse que la polémica había tocado fibras muy íntimas de ambos:

“Vivir y morir ruedan juntos, inseparables. Pero unos acentúan el vivir y otros el morir. (…) Usted formula una política de la crucifixión y yo prefiero una política de resurrección. Cuestión de acentos, pero ¡qué abismos! Dispongámonos, con los amigos argentinos y brasileños, a vivir orientales, que así vale la pena morir. Una última opinión, quizás injusta, pues proviene de un hombre más joven. Doctor, tenga recato con la muerte.”

En verdad había que tener mucho coraje y convicción para animarse a enfrentar a Carlos Quijano de este modo. Este estaba por cumplir entonces 68 años, era el director de un ya célebre semanario como Marcha, de gran influencia nacional y continental, con toda una historia atrás que lo hacía sin duda un referente de la izquierda latinoamericana. Methol no había cumplido los cuarenta años, venía de una trayectoria política que era juzgada como sinuosa por la mayoría de la izquierda y en especial por sus intelectuales, tampoco tenía muchos amigos en el semanario. El núcleo del debate resultaba central para la época: la “cuestión nacional”, la integración regional y sus dilemas, la revolución, sus tensiones entre el vivir y el morir, las expectativas del porvenir y cómo construirlas.

En cualquier caso, esta polémica de entonces se corresponde con el pulso de un tiempo muy intenso, convulso, radical. También su tono dice mucho del libro que la provocó.

Breves Conclusiones Abiertas

Luego de escribir su libro emblemático de El Uruguay como problema, Alberto Methol Ferré siguió pensando, escribiendo, empujando proyectos, asumiendo compromisos con sus grandes temas de siempre, como lo fueron la Iglesia Católica y la integración latinoamericana. Siguió siendo hasta el final un militante de sus causas, forjador de iniciativas audaces y creativas. Como ejemplo de ello podría referirse a su rol protagónico en la propuesta de Alberto Volonté y su sector “Manos a la Obra” dentro del P. Nacional en las elecciones de 1994 o su último respaldo decidido a la candidatura presidencial de José Mujica dentro del Frente Amplio en 2009, cuya concreción no pudo ver por su muerte. Hubo otros proyectos menos conocidos. Por ejemplo, en su archivo personal se encuentra el texto de una propuesta elaborada por Methol bajo el título “Pensamientos para el eje de un nuevo programa.” En esa elaboración, fechada en 1987 y dirigida a Wilson Ferreira Aldunate, se fundaba un planteo programático en procura de “hacer de (las elecciones de) 1989 la batalla del Uruguay del 2000”. El planteo, que incluía la realización de dos giras regionales como parte del proceso, era dirigido por Methol a Wilson Ferreira, a quien entonces veía como “el único que puede asumirlo y ponerlo en marcha.” (Methol Ferré 1987).

Puede decirse que nunca fue un autor de mayorías, que en particular el medio intelectual uruguayo lo trató siempre como un “raro” y a veces como “maldito”, que fue mucho más reconocido “afuera” que “adentro”. Una prueba mayor de esto último fueron sus estrechos vínculos con el Cardenal argentino Jorge Bergoglio, devenido en el Papa Francisco, el que hasta el día de hoy reconoce a Methol como inspiración. Nunca temió al debate de ideas ni al compromiso político, incluso desde posturas que a menudo despertaban la inquietud cuando no la incredulidad de buena parte de sus interlocutores. Aún hoy, tal vez no sea descaminado conjeturar que su manera de vivir la política y su pensamiento radical siguen estando “a contra corriente” del Uruguay.

Cumplió sin duda su reto de trascender a su país de nacimiento, su querido “Estado parroquial”, como le gustaba referir al Uruguay. El afán de vivir a este “como problema”, como se ha dicho, expresaba de manera cabal su convicción acerca de la necesidad de que la política deviniera en geopolítica. También convergía allí su rechazo visceral a la autocomplacencia de la idea de la “Suiza de América”, así como su persistente compromiso con la Iglesia Católica y con la integración latinoamericana.