Es más fácil hacer la guerra que la paz, porque al hacer la guerra uno ejerce la violencia contra el enemigo, mientras que al construir la paz uno debe ejercer la violencia contra sí mismo.

Delegado de Palestina en la UNESCO

I. Introducción

Tras décadas de violencia en Colombia se produce hoy una disyuntiva: mientras el gobierno –tanto en el caso del expresidente Juan Manuel Santos (2010–2018) como el de Iván Duque (2018 en adelante)– hace proyectos de futuro a partir de su énfasis en la reconciliación y, especialmente, la superación de traumas colectivos; una parte importante de la sociedad, que también desea hacer planes futuros, continúa atareada en comprender qué ha sucedido y en velar a los muertos, cuando no buscarlos, ya que permanecen desaparecidos. Esta disyuntiva no es nueva, sino que ha perturbado y perturba a otras sociedades en el mundo como Argentina, Chile, España, Alemania, Bosnia y Herzegovina y Sudáfrica. A esta lista podríamos fácilmente añadir Camboya y muchas otras. ¿Qué sociedad en el mundo no se ha visto, antes o después, sumida en guerras o totalitarismos? Antes del gobierno de Santos, el expresidente Álvaro Uribe (2002–2010) se esforzaba por mirar hacia el futuro negando a las propias víctimas. El ansia de mirar hacia el futuro, connotando el duelo colectivo como rémora para el avance, es fruto de un entendimiento equivocado sobre lo que es la memoria: un proceso que siempre se activa en el presente y que, por tanto, funde los tres tiempos gramaticales en un continuo sucederse que también implica futuro. Tal entendimiento malinterpreta algo más aún: que para el avance de toda sociedad hay que dejar atrás a las víctimas (muertos, desaparecidos, familiares).

En efecto, el discurso de las instituciones colombianas se enmarca dentro del paradigma eurocéntrico desarrollista cuando alguien como Antanas Mockus, exalcalde de Bogotá (1995–1997; 2001–2003), defiende la reconciliación de las diferencias en el marco de un Estado-Nación que continúa excluyendo el conocimiento ancestral y al otro colonizado supeditándolos a una ley arraigada en la Modernidad europea. Mockus defiende el ‘vivir juntos’ o convivir arendtiano (Mockus 2002: 21), cuando dispone de modelos de ‘buen vivir’ defendidos tanto por pueblos originarios en la misma Colombia como por la perspectiva decolonial que darían mejor cuenta de la realidad colombiana. Ciertamente, según defiende el colectivo de la modernidad/colonialidad, en el propio proceso de emancipación Colombia, así como el resto de países colonizados en América Latina, no superó la colonialidad del poder y continuó excluyendo sistemáticamente al otro indígena del proyecto de nación (Espinosa 2007: 267). Lo mismo sucedió con el colectivo afrocolombiano. Los colectivos discriminados por racismo suelen ser excluidos también por su bajo poder adquisitivo. No en vano, el vocero de la plataforma Chao Racismo, Ray Charrupí (2016), ha instado reiteradamente al gobierno a incluir la perspectiva étnica en el modelo de paz, ya que considera que el conflicto colombiano no se resolverá mientras siga imperando el racismo. Y, sin embargo, como la realidad siempre es más compleja que oponer instituciones a sociedad, el soporte al SÍ del presidente Juan Manuel Santos frente al NO de Álvaro Uribe en el referéndum de 20161 nos devuelve una imagen matizada de las instituciones colombianas en la que tanto cabe la idea eurocéntrica de progreso como la inclusión del otro indeseable. En efecto, a condición de deponer sus armas y participar activamente en el proceso de paz, el victimario se incluye en la vida política de la nación, aportando una propuesta singular de justicia transicional en el panorama mundial.

En otro plano político, el del activismo de los propios ciudadanos, proliferan las acciones inclusivas. En San Carlos (Antioquia), la alcaldesa María Patricia Giraldo (2012–2015), junto a Pastora Mira y el resto de sobrevivientes y desplazados, trabajaron y siguen trabajando para reconstruir el municipio y activar procesos de duelo, sanación y reconciliación colectivos. Fueron tanto la guerrilla como los paramilitares los que sumieron al municipio en la violencia, pero las iniciativas de rememoración en San Carlos no pretenden criminalizar ni deshumanizar, sino que parten del lúcido entendimiento de que para tener un futuro orientado hacia el buen vivir es necesario el respeto al otro incómodo.

Este contexto político, inestable y rico, se muestra propicio para la creación de una literatura que, lejos de limitarse a una labor historiográfica, inventa, experimenta, desafía, perturba. El escritor Evelio Rosero expresa en Los Ejércitos (2007) la confusión en la que la propia guerra sume también a los habitantes de San José, atacados también tanto por guerrilleros como por paramilitares, siendo difícil trazar la frontera entre unos y otros, entre nosotros y ellos. También desde hace décadas ha habido miles de familiares anónimos por todo el país arriesgando sus vidas para dar digna sepultura a sus muertos, como retrata Carolina Vivas Ferreira en su pieza de teatro Donde se descomponen las colas de los burros (2008). Y no sólo congéneres, sino personas solidarias que adoptan un cuerpo si reclamar y lo velan en un acto de duelo elegido. Patricia Nieto da voz a estas madres y padres adoptivos de cuerpos NN2 en su obra periodística Los escogidos (2012). La voz de otros actores además de las víctimas y los victimarios, como son los terceros, los delatores, aquellos que en definitiva se sitúan en una ‘zona gris’ difícil de clasificar, es protagonista en la novela Los informantes (2004), de Juan Gabriel Vásquez. Desde Donde se descomponen las colas de los burros hasta Los informantes, pasando por Los escogidos y Los ejércitos, hay un abismo en el modo de tratar al otro conflictivo y de trazar, por tanto, límites entre el yo/nosotros y el él/ellos. Los victimarios aparecen, en efecto, tras décadas del dominio del paradigma cosmopolita –centrado exclusivamente en las víctimas–, en el arte memorialista de todo el mundo (Crownshaw 2011: 75). Desde mi punto de vista, el caso concreto de la transición colombiana presenta además una inclusión agonista del victimario, que desarrollo a partir de la noción de agonistic memory de Bull y Hansen (2016).

Tres de ellas escritas durante el gobierno de Uribe y una publicada ya después del 2010, tenemos la oportunidad de seguir un recorrido a partir de estas cuatro obras en el tratamiento de los distintos actores del conflicto respondiendo a preguntas como ¿era demasiado pronto para los escritores colombianos antes de 2010 para incluir al otro victimario? ¿O es que es imposible trazar un cambio de paradigma asociado a una fecha concreta y en realidad lo fundamental en el proceso colombiano no sería la inclusión del victimario en sí, sino la total transformación de la sociedad mediante la inclusión de todos los actores? El objetivo de este estudio es, pues, por un lado, cuestionar la validez de la dicotomía entre víctima y victimario, que desarrollo en la sección II; y, por el otro, explorar las posibilidades que estas cuatro obras brindan al lector para que, haciendo un proceso de autocrítica, se sienta partícipe de los dilemas éticos planteados por estas autoras y autores. A este asunto sobre el lector dedico la sección III de este artículo. El afán por la complejidad al tratar la memoria del conflicto que demuestra la literatura colombiana revela, a mi entender, un signo de madurez impulsado por la implicación tanto de activistas como de las instituciones en la tarea de garantizar un futuro inclusivo, para todos, en Colombia.

II. Víctimas y Victimarios: Dos Caras de la Misma Moneda

En su texto sobre los discursos de los victimarios (perpetrator’s fictions) Richard Crownshaw (2011: 75) se pregunta si el nuevo viraje hacia la empatía con la perspectiva del victimario no facilita una universalización similar a aquella que antes implicaba la víctima. Crownshaw no lo menciona explícitamente, pero está haciendo referencia a la universalización propia del cosmopolitismo universal, al cual la perspectiva decolonial opone el cosmopolitismo crítico (Assmann & Assmann 2010: 238–239). La clave de la cuestión que plantea Crownshaw radica –a mi entender– en señalar la dificultad de salirse de la dicotomía de víctima – victimario que en general presentan tanto los estudios académicos como las obras de ficción que versan sobre la memoria colectiva (Hansen 2018). La narrativa colombiana, sin embargo, pese a no desdecirse del todo del binomio víctima – victimario,3 problematiza esta dicotomía aportando rasgos propios del discurso de memoria agonista: una memoria que evita retratar las distintas posiciones ideológicas aplicando las categorías morales de ‘bondad’ y ‘maldad’ para apelar a la responsabilidad del receptor y exhortarlo a que indague en las circunstancias que legitiman o potencian las atrocidades cometidas por los actores de la violencia, que, en último término, también le implican a él mismo. Asimismo, el agonismo incluye la noción de ‘conflicto’ propia del antagonismo, legitimando las diferencias ideológicas en un espacio simbólico en el cual las garantías democráticas no permiten la violencia contra el ‘adversario’ (Bull & Hansen 2016). En la tradición colombiana de pensamiento ya está presente esta idea. En 1985, Estanislao Zuleta llamó la atención sobre la imposibilidad de eliminar el conflicto y, en cambio, “construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse”. En el proceso actual de paz se emplean también estrategias de agonismo político en la reincorporación de los exguerrilleros de las FARC a la vida pública (Giraldo Giraldo 2018: 26).

Patricia Nieto dedica Los escogidos a las víctimas mortales del conflicto. No en vano encabeza el libro con una dedicatoria a sus primos, Clara Velásquez Nieto (1976–2001) y Eduard Hernández Nieto (1975–2006), ‘cuyos asesinatos siguen en la impunidad’, seguida de una cita de la Antígona de Sófocles: ‘Murieron. Y los responsables de estas muertes son los vivos’. La cita es muy apropiada si se tiene en cuenta que Antígona enterró a su hermano Polinices pese a la prohibición de su tío Creonte, representante de la autoridad. También en Puerto Berrío aquellos que recogen los cuerpos NN del río Magdalena y les dan digna sepultura, dándoles un nombre y restaurándoles su dignidad al llorarlos y convertirlos en sujetos de duelo, están transigiendo la prohibición de pescar los muertos del agua, existente desde los inicios de la violencia. Pero esos NN no son todos víctimas civiles, sino que entre ellos también se encuentran guerrilleros que son adoptados y llorados por los habitantes de Puerto Berrío. El testimonio del fragmento ‘Darles un hogar’ es una mujer que ha adoptado a dos ‘guerrilleritas’ y un guerrillero. En ‘Los niños del balón y del fusil fuimos los muertos’ las víctimas son muchachos seducidos por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y convertidos en guerrilleros, algunos de los cuales terminan en las aguas del Magdalena. Y en ‘Vestida de blanco’ Lucina Andrade, Lucy, ‘la Devota’, llora la muerte del NN 1999, ‘un guerrillero, sin duda’. Como sugiere Cristian Alarcón (2015), la obra de Nieto ‘deja que comprendamos al enterrador que sepultó a veinticuatro comandantes paramilitares’ (2015: xxiii).

Así pues, en Los escogidos, bajo la denominación de ‘víctima’ caben tanto civiles como guerrilleros como paramilitares, de distinta condición, sexo, etnia y edad. A su vez, las personas que adoptan a los NN, son habitantes de Puerto Berrío, civiles, que obviamente han padecido –y padecen– el conflicto de diversas maneras y que en su mayoría aspiran a mejorar su condición económica. Así el énfasis en el tratamiento de las víctimas se centra no tanto en su pasividad sufriente, como se atribuye normalmente al paradigma de cosmopolitismo universal (Bull & Hansen 2016: 400), sino que, sin obviar su sufrimiento, se insiste en su capacidad para transformar las realidades de los vivos. Asimismo, los padres y las madres adoptivas no lo hacen del todo desinteresadamente, sino que su adopción corresponde a un trueque con los muertos en el que ambos interactúan: los adoptantes les confieren el estatuto de cuerpos llorados –en el sentido de Judith Butler (2010)– y les restituyen su dignidad y a veces también un nombre; los fallecidos, a su vez, si se les trata con dedicación y esmero, ayudan a mejorar la condición de los vivos, que llegan a cumplir algunas de sus aspiraciones. Como Lucy que logró graduarse como Auxiliar de Enfermería gracias al milagro del NN 1999 a quien, en agradecimiento, le pintó la lápida del ‘color de la berenjena cuando no llega todavía a muy madura’ (Nieto 2015: 73). Los muertos ene ene son pues también temidos, ya que tanto pueden obrar milagros como acarrear la desgracia. Dice el animero de Puerto Berrío Hugo Hernán Montoya que ‘ellas no perdonan, son cabronas las hijueputas’ (Nieto 2015: 59).

Sin duda esta visión abarcadora y plural de las víctimas en Los escogidos no se debe únicamente a que en 2012, el año en que Patricia Nieto publicó esta obra, ya el gobierno de Santos había dado muestras de estar trabajando para la reconciliación y para hacer por tanto factible la paz, sino que tiene sobre todo que ver con la propia naturaleza del conflicto colombiano. En efecto, en este caso la dicotomía víctima – victimario es ambigua a partir de la participación como actor armado en el conflicto entre liberales y conservadores en los años 60 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC – EP). Esta guerrilla integró a múltiples actores de la propia sociedad, en su mayoría de zonas rurales y con escasos recursos económicos, como relata Nieto en ‘Los niños del balón y del fusil fuimos los muertos’. A su vez, el propio aparato del Estado se vio implicado en ambos lados del conflicto. Durante el gobierno de ‘mano dura’ de Uribe contra la guerrilla se desenmascaró la participación del Estado como victimario en el caso de los ‘falsos positivos’.4

Cuando Evelio Rosero escribe y publica su novela Los ejércitos están teniendo lugar las desmovilizaciones de paramilitares bajo el gobierno de Uribe. En ese momento se enfrentaban al menos cuatro actores armados: la guerrilla (FARC, ELN), grupos paramilitares, narcotraficantes y las fuerzas armadas (Bravo 2017: 139). Ismael Pasos, único narrador en primera persona, hace a menudo referencia a la desprotección del pueblo San José por parte del gobierno. Sin hacer mención explícita, nada más empezar la novela, Ismael incluye en su descripción de Gracielita el motivo por el que quedó huérfana de ambos padres:

Tempranamente huérfana, sus padres habían muerto cuando ocurrió el último ataque a nuestro pueblo de no se sabe todavía qué ejército –si los paramilitares, si la guerrilla: un cilindro de dinamita estalló en mitad de la iglesia, a la hora de la elevación, con medio pueblo dentro; era la primera misa de un Jueves Santo y hubo catorce muertos y sesenta y cuatro heridos. (Rosero 2007: 12)

Rosero hace referencia aquí a la masacre de Bojayá, en Chocó, el 2 de mayo del 2002, perpetrada por un enfrentamiento entre las FARC, que dispararon el cilindro bomba, y paramilitares de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia), que después serían desmovilizados por las acciones del gobierno de Uribe (Chasing 2012: 145; Bravo 2017: 141). La Nación (gobierno y ejército) fue considerada culpable en el fallo del Juzgado Primero Administrativo de Quibdó por la muerte de dos habitantes de Bojayá y por no haber protegido a la población pese a la alerta emitida por la Defensoría del Pueblo, el 24 de abril de 2002, 8 días antes de los hechos (Semana, 5/30/2008).

De hecho ‘los ejércitos’ son todos ellos (guerrilla, paramilitares, fuerzas militares del Estado y narcotraficantes) y uno solo, ya que, desde el punto de vista de Ismael, todos matan por igual. Tiene lugar en esta novela una confusión deliberada entre distintos actores victimarios para los que no se explicita ideología, sino que sólo se definen por la violencia desmedida que ejercen contra los habitantes de San José. Rosero no se dedica a articular las causas del conflicto, como hiciera la llamada ‘novela de la violencia’ (Chasing 2012: 122), sino que se centra en sus efectos sobre las víctimas. En efecto, tampoco el discurso de la víctima ha agotado todas sus posibilidades. Patricia Nieto llama la atención sobre este hecho alertando de que las investigaciones del caso colombiano sobre la voz de las víctimas no han dado todavía el paso de lo testimonial a lo interpretativo con el fin de desentrañar en ellas los imaginarios colectivos (Nieto 2010: 78). Este paso que señala Nieto es crucial para la memoria agonista, la cual debe repolitizar los conflictos humanos y ofrecer escenarios en donde estos se enmarquen dentro de reglas democráticas (Bull y Hansen 2016). Rosero se hace cargo en su novela de una indagación profunda en la perspectiva de la víctima –Ismael Pasos– logrando el salto que reclama Nieto y que ella también practica en Los escogidos. Ambas obras han sido consideradas por parte de la crítica en cada caso como sensuales y tanáticas al mismo tiempo, cuyos personajes corporizan el conflicto colombiano (Gardezábal Bravo 2017; Alfredo Molano 2015). En ambos casos, las víctimas aparecen pues no ya como sujetos u objetos, librándose de dicotomías coloniales, sino como cuerpos con voluntad (agency).

En efecto, del testimonio coral de Los escogidos pasamos a la obsesiva y recalcitrante angustia de narrador de Los ejércitos, que articula un discurso que se asemeja al monólogo interior. Ismael está solo frente a la violencia. Han secuestrado a su esposa, Otilia, y otros vecinos suyos se marcharon hace tiempo. Esta sensación claustrofóbica no hace más que aumentar a medida que avanza la novela hasta alcanzar una materialización extrema de la propia corporalidad de Ismael, que se encuentra cada vez más enfermo. Hay un pasaje sobrecogedor en el que hombres armados le dan una pistola a Ismael para que remate a una persona malherida:

Me sobresalto, sin mirarlos directamente. Los siento regresar, con lentitud de siglos, al lado mío. Algo abominable se decide entre ellos. Arrastran y dejan caer, a mi lado, un cuerpo. Tiene que estar mal herido: la cara y el pecho bañados en sangre. Es alguien del pueblo, que yo conozco, pero ¿quién?

[…]

– Hágale el favor de matarlo.

Me extiende una pistola, que no recibo:

– Nunca he matado a nadie.

– Mátame, papá –grita el herido, con esfuerzo, como si ya me hablara desde mucho más lejos, y se pone de costado, tratando vanamente de mirarme a los ojos; las lágrimas se lo impiden, la sangre que cubre su rostro.

– Mátelo usted –digo al que me extiende la pistola–, ¿no ve que sufre? Acabe con lo que empezó.

[…]

– Eso es lo que me empieza a gustar de usted, viejo, que no tiembla. Pero ya sé por qué. Usted no es capaz de pegarse un tiro, ¿no es cierto? Eso sí, quiere que lo matemos, que le hagamos el favor. Y no le vamos a dar ese gusto, ahora, ¿no?

Los otros repiten que no, riendo. Oigo después el gemido del herido, lo oigo igual que un débil relincho. Sigo mi marcha, a tumbos. (Rosero 2007: 187–188)

En este fragmento se da una tensión reveladora entre víctimas y victimarios, recurrente en esta novela, que oscila entre el paradigma antagonista y el agonista. Considero evidente aquí la oposición radical que se da entre aquellos que ejercen la violencia –villanos crueles– y aquellos que la sufren –víctimas desamparadas. ‘El hombre’ ciertamente humilla a Ismael, ‘los otros’ se ríen. El moribundo que yace en el suelo tampoco tiene rostro, ya que la sangre y las lágrimas le cubren la cara. Tiene lugar aquí una deshumanización del otro indeseado para que aniquilarlo sea más fácil. Esta deshumanización sería imposible sin un proceso de ficcionalización. Como advierte Luisa Fernanda López Carrascal, el victimario no olvida que la víctima que tiene en frente es un ser humano, pero actúa como si no lo fuera, lo cual tiene un doble propósito: por un lado, humillar al otro para convertirlo en un objeto que manipular a su antojo; por el otro, distanciarse de la humanidad de la víctima llegando a desactivar las emociones de culpa y empatía (2015: 83).

En la convicción de empoderar a la víctima, aunque también desde la visión antagonista en la que el victimario es un villano cruel, Carolina Vivas Ferreira crea a El Personaje (Salvador), uno de los protagonistas de Donde se descomponen las colas de los burros. En este texto pensado para la compañía de Vivas, Umbral Teatro, es precisamente el ene ene el único de todos los personajes que rompe la cuarta pared dirigiéndose al público y apelándolo directamente. No es casualidad que su primera aparición tenga lugar bajo la escena III titulada ‘Rebelión’:

PERSONAJE: (Al público.) Hola. Soy un personaje. Salvador Cangrejo Corrales; así me bautizó la dramaturga. ¿Qué les parece? Ahora le ha dado por ponerme de protagonista de una tragedia. (Pausa.) Contemporánea. ¿Ah? ¡A quién se le ocurre! ¡A ella! No podría haberme asignado un criado picarón, un mujeriego, no sé. ¡Pero esto! Quiere condenarme a vivir siempre la misma vida infame. Mi destino transcurre en una tierra sembrada de fosas comunes, cementerios clandestinos y territorios sagrados. Soy un hombre del común, uno más de los sin nombre; esto, claro, hasta que mi madre me encuentre. (2013: 217–218)

Con su intervención Salvador no solo cuestiona los límites entre la vida y la muerte, del mismo modo que sucede en Los escogidos y en Los ejércitos,5 sino que se rebela contra la propia autora constituyéndose como una víctima empoderada. En los paradigmas decolonial y agonista las víctimas se organizan, restituyen su propia voz y su capacidad de transformación política, subvirtiendo la lógica de dominación colonial y neoliberal, respectivamente. Se trata, pues, de un personaje metaficcional, cuya conciencia se sitúa a un nivel más elevado que la de los otros personajes de la obra, pero a un nivel hermenéutico inferior a la autora y al público. Al lector y espectador colombiano no se le pasa por alto la relación entre las circunstancias de la muerte de Salvador y el caso de los ‘falsos positivos’ durante el gobierno de Álvaro Uribe. A Salvador lo embaucan sus verdugos, Uno y Otro en la obra, y tras asesinarlo lo hacen pasar por guerrillero, con lo cual además mancillan su nombre y su dignidad. Sus victimarios, al igual que en Los ejércitos, tampoco tienen rostro, ni nombres, sencillamente son ‘uno y otro’. En una lectura dramatizada del texto, en la Casa América de Catalunya en abril de 2017, los actores de Uno y Otro aparecieron con máscaras.6

En su búsqueda desesperada, Dolores, la madre de Salvador, enterró el cuerpo de otro joven pensándose que era su hijo. Finalmente encuentra al auténtico, pero cansada de arrastrar su cadáver una vez hallado, lo deja caer ella misma a las aguas del río porque ‘renuncia’ y cierra la obra renombrando a su hijo como ‘Moisés’ que “será rescatado de las aguas por otra madre huérfana. Ella le dará sepultura, como hice yo con el joven desconocido.” (Vivas Ferreira 2013: 237) Hay ciertamente un paralelismo aquí con el texto de Nieto, ya que personas que no son familiares consanguíneos adoptan a ene enes como si fueran sus muertos, reforzando así la importancia de la comunidad. Como afirma Marina Lamus Obregón, la obra de Vivas deja en evidencia a un Estado que no es capaz de responsabilizarse de su propia participación en el conflicto (2013: 15). Salvador, que no es salvado en la obra, sí salva simbólicamente a su pueblo, como Moisés, que, aunque no pudo entrar en la Tierra Prometida, guio a los suyos hasta allí. Este cierre de la obra de Vivas lo interpreto como un canto al futuro de la sociedad colombiana, cuyo empoderamiento e inclusión de los otros es clave para la paz.

Por último, Juan Gabriel Vásquez dibuja en Los informantes una ‘zona gris’ (Primo Levi, cfr. Crownshaw 2011: 77) en la que se dan al encuentro diversos grados de implicación en la trama por parte de personajes que no son ni víctimas ni verdugos propiamente, sino traidores, delatores, agraviados, terceros, en suma. La violencia en esta novela no es explícita ni omnipresente como en Los ejércitos, pero sí lo es la traición, otra forma de humillar al otro que puede llevarlo al ostracismo. Tampoco la trama hace alusión al conflicto colombiano propiamente dicho, sino que transcurre en la Colombia de los años 40, en plena Segunda Guerra Mundial en la que, por orden del gobierno estadounidense, se persigue a los sospechosos de simpatizar con el nazismo. Aquellos delatados son incluidos en una lista negra y enviados a un encierro en el hotel Sabaneta. El padre del narrador en primera persona de la novela, Gabriel Santoro, delató en el pasado a un amigo suyo, exiliado alemán, llamado Konrad Deresser a las autoridades colombianas, acarreándole la deshonra. La trama gira en torno a las pesquisas de Santoro que indaga en esta historia de su padre y finalmente, una vez este ha muerto, restituye un orden poético y termina lo que su padre no supo –pero sí quiso– hacer: visita al hijo de Deresser, Enrique, y lo libra de la herencia de ostracismo que recayó sobre toda la familia. Esta reconciliación por parte de la segunda o tercera generación es motivo recurrente en la literatura memorialista. Lo significativo aquí, sin embargo, es el modo en que Vásquez utiliza un episodio de la historia de Colombia acaecido durante la Segunda Guerra Mundial para devolver a los lectores al presente con ojos desacostumbrados proponiéndoles una lectura alternativa del conflicto actual. El propio Gabriel Santoro reflexiona:

¿Era posible decir que el tiempo se había movido en nuestro caso? ¿Qué importaba cuándo se hubieran dado el error y la delación, cuándo la amputación de una mano? Los hechos estaban presentes; eran actuales, inmediatos, vivían entre nosotros; los hechos de nuestros padres nos acompañaban. (Vásquez 2016: 239)

En efecto, los ‘informantes’ somos todos: el narrador que informa mediante su novela; los testimonios, como Sara Guterman, judía alemana amiga íntima de su padre y Enrique Deresser, que informan al narrador llenando las lagunas que contiene todavía su historia; Angelina, la amante de su padre, que se siente traicionada por él y a su vez lo traiciona frente a las cámaras de televisión vendiendo su historia, informando a toda la Nación; el lector, quizá, que acaso haya delatado alguna vez o, en una lectura más material de su condición, informe sobre la propia novela de Vásquez contribuyendo a su difusión. En este sentido yo misma me convierto en informante por el hecho de escribir sobre la novela de Vásquez. Según Camilo Alzate (2016) ‘hay informantes en dos sentidos: los que traicionan y delatan, los que descubren la traición y hacen justicia’, pero en realidad la novela de Vásquez difumina estas fronteras entre traidores y traicionados y mete a sus personajes en una ‘zona gris’ en la que todos somos potencialmente ambos, dependiendo de las circunstancias.

Hablar por tanto del binomio víctima – victimario a la luz de Los informantes, así como de las otras tres obras comentadas, se convierte en un reduccionismo. El único modo de comprender estas obras en su complejidad es introduciendo la pregunta sobre el lector, que está de un modo u otro implicado en los hechos, y que no es necesariamente ni víctima ni victimario, sino tercero (informante, padre o madre adoptivo, activista, espectador empático).

III. La Implicación del Lector en los Hechos: Cómo (Re)construir la Cohesión Social

En el momento en que Gabriel Santoro descubre que su padre delató a su amigo Deresser emprende una investigación a partir de testimonios para armar las piezas que faltan en el rompecabezas sobre el pasado de su familia –y, claro está, del suyo propio. Compila su investigación en una obra que titula Los informantes y está fechada en 1994. No se le escapará al lector que Gabriel Santoro lleva uno de los nombres del autor de esa otra novela, Los informantes, que sostiene entre las manos. Juan Gabriel Vásquez juega a la autoficción, incluyéndose él también en el entramado de delaciones y testimonios. Como afirma Luis H. Aristizábal ‘el álter ego de Juan Gabriel Vásquez, Gabriel Santoro, se confiesa a sí mismo no sólo chismoso, sino infiel, traidor, delator, alguien que nunca ha sabido dónde termina la amistad y comienza el reportaje. El primer informante, el primer delator en una historia de delaciones, es entonces el propio escritor. El título, pues, es metáfora de su arte’ (Aristizábal 2005: 124). ¿Y nosotros? ¿Y el lector? En efecto, para preguntarse por el rol del lector, debemos trascender otra dicotomía, la de realidad y ficción, ya que este se encuentra en el mismo nivel hermenéutico que el del autor, a saber, ése que a menudo llamamos ‘realidad’, cuya vastedad y vaguedad podrían precisarse como ‘vida’ en tensión, que no confrontación, con el ‘arte’ –en el sentido bajtiniano–; o concretarse como ‘contexto socio-político’. La pregunta por el lector es, pues, una pregunta sobre la capacidad performativa de la propia literatura (Martín 2015: 48).

¿Qué pretende Juan Gabriel Vásquez con su novela Los informantes? El narrador-periodista, que investiga diversos episodios de la historia colombiana es recurrente en la literatura de Vásquez (Ardila 2015: 238), así que este informa al lector sobre la historia de Colombia. Además, el periodista tendría, en principio, una capacidad performativa más acuciada que el autor de ficciones, debido a los canales que usa y el potencial impacto social, ya que goza de más credibilidad entre sus lectores. ¿Se dirige, pues, especialmente a los lectores colombianos? Según Carlos Soler, ‘es grato para el lector ir descubriendo los misterios y malentendidos sobre el secreto, sobre quién es la víctima y quién es el verdugo’, ‘sobre las razones para la traición’ (2005: 130). Así, cualquier lector, no sólo los lectores colombianos, además de aprender sobre el pasado histórico reciente de Colombia, pueden entretenerse siguiendo una trama que tiene mucho de policial. Pero además de interesarse por el desarrollo de la trama y acompañar a Santoro en sus pesquisas, ¿es informante también el lector? Una respuesta plausible se encuentra en las mismas páginas de la novela, en la apelación directa del narrador Santoro al lector: ‘Un año después de terminarlo publiqué el libro que usted, lector, acaba de leer.’ (2016: 265) Se refiere, claro, al lector de la novela que se encuentra dentro de la novela. Pero del mismo modo que Juan Gabriel Vásquez se autoficcionaliza en el narrador Gabriel Santoro, el lector de Santoro alude al lector que somos cualquiera de nosotros, en contacto directo con la vida. Esta alusión directa al lector da pie, según Ardila, a una serie de disquisiciones sobre la postura ética que debe adoptar el cronista (2015: 245). La misma alusión –ya mencionada– a ‘informar’ y ‘ser informante’ en relación con el autor da cuenta del propio discernimiento interno de Santoro/Vásquez, que se cuestiona sobre la dudosa ética de relatar vidas ajenas. Pero ¿por qué motivo prosigue narrando pese a ser consciente de transgredir principios éticos y normas sociales revelando las intimidades de las vidas de los otros? Para Ardila se debe a la responsabilidad social que para él tiene el oficio de cronista que trasciende ‘hacia la sociedad e impacta en su configuración y comprensión’. (2015: 246)

Comprender, pues, no sólo ‘informar’. Patricia Nieto –como ya he señalado– se plantea algo muy similar en relación con el uso del testimonio en Colombia cuando llama la atención sobre el hecho de que todavía las historias de las víctimas no han dado el salto de lo testimonial a lo interpretativo, cosa que ella se propone en Los escogidos ‘para descubrir en los relatos e historias de vida los referentes simbólicos, las imágenes, las metáforas y las representaciones colectivas que ellas entrañan’ (Nieto 2010: 78). Para completar este proceso tiene que haber un interlocutor a la altura de esa misma actividad del cronista y/o narrador de ficciones. Nieto reflexiona sobre su larga trayectoria acompañado a víctimas de la violencia en la articulación de sus propias historias como ‘un ejercicio que devuelva la palabra a los ciudadanos’ (Nieto 2010: 79). Y Ardila afirma respecto a la novela de Vásquez que su narración debe dar cuenta de un proceso que involucra a la sociedad en general. Así ‘esta nueva crónica sobre el tratamiento injusto del que fueron víctimas los inmigrantes alemanes en los años cuarenta del siglo XX debe dar cuenta de la participación no solo del gobierno colombiano, sino también de la colaboración de algunos de sus ciudadanos’ (Ardila 2015: 247). En este sentido, son reveladoras y conmovedoras las preguntas que se hace a sí mismo el investigador de la Universidad Nacional de Colombia, Iván Vicente Padilla Chasing, a propósito de Los ejércitos, iluminando su interpretación de un modo inusitado:

¿Por qué se ha legitimado la guerra en Colombia? ¿En qué momento se institucionaliza? ¿Cómo entender su lógica? ¿Qué impide entenderla? ¿En qué momento de la historia perdimos incluso el derecho de culpar a los responsables? (2012: 156)

Es decir, el hecho de que los victimarios en la novela de Rosero aparezcan como un ente abstracto, enmascarado, inaccesible, desenmascara al conjunto de la sociedad colombiana, que en vez de asumir la lógica de la guerra de un modo pasivo debe responsabilizarse y rendir cuentas a los asesinos y, en última instancia, al gobierno de la Nación. Así pues, en la penúltima escena de Los ejércitos, cuando presencia la violación en grupo del cadáver de Geraldina por parte de ‘varios hombres’ que miraban absortos, Ismael Pasos se confronta a sí mismo: “¿por qué no los acompañas, Ismael?, me escuché humillarme, ¿por qué no les explicas cómo se viola un cadáver, ¿o cómo se ama, ¿no era eso con lo que soñabas?, y me vi acechando el desnudo cadáver de Geraldina’ y poco después ‘¿esperas tú también el turno?” (2007: 202) ¿Espera también el turno el lector? ¿El turno de qué en su caso? No es casual aquí que el propio Ismael se ‘humille’ a sí mismo, pues como he señalado anteriormente, antes ha sido humillado por los ejércitos, de los que ahora mismo se ve formar parte, pues participa de la desgracia y la humillación ajenas. A diferencia de los abstractos ejércitos, Ismael tiene un cuerpo concreto que el lector percibe a través de la expresión de sus emociones (deseo, miedo, humillación), de su propia corporalidad (sus olores corporales y su decadencia física por su enfermedad parecieran en sintonía con la falacia patética del escenario macabro que es San José) y de la inmediatez de sus acciones (narra en presente, lo que sucede en el aquí y el ahora). No representa pues a todas las víctimas del conflicto colombiano o, por metonimia, de todos los conflictos armados, en un discurso muy propio del cosmopolitismo universalizante; sino que es él quien sufre y participa al mismo tiempo y frente al que el lector debe reaccionar. Como señala Bravo, inspirándose en la teoría de Elisabeth Anker, el discurso pretendidamente universal de los Derechos Humanos se concreta en la materialidad del personaje de Ismael mediante su experiencia afectiva (2017: 146). De este modo Rosero se inscribe –a mi entender– dentro de la perspectiva decolonial, ya que es el agente concreto –ya no sujeto u objeto– el que nos cuenta su historia. Ismael no se nos describe, sino que nos apela mediante su narración corporizada mientras actúa: ‘yo me detengo’, ‘no encuentro’, ‘estoy’, ‘me espera’, ‘voy y busco y correteo’, ‘llego’, ‘veo’, ‘escucho’, ‘avanzamos’, ‘nos sentamos’, ‘me sobresalto’, ‘me quedo’, ‘me incorporo’, ‘he salido’, ‘me dirijo’, ‘me burlo’. Como afirma Doris Sommer, la escritura particularista se libra de las expectativas simplistas del observador universalista, afirmando la ‘autonomía y la diferencia del narrador subalterno’ (Bravo 2017: 146). El narrador subalterno que es, pues, Ismael Pasos, apela a un lector también concreto, pues sólo así la acción política es posible y, con ella, la transformación de la sociedad colombiana –la reconciliación, la paz. Este narrador subalterno concuerda con la memoria agonista, pues esta rechaza la abstracción universalista del discurso cosmopolita e insta al lector a preguntarse por su propia participación con el fin de orientar las emociones colectivas hacia una democratización profunda de la sociedad (Bull & Hansen 2016: 393). Asimismo, Salvador, en Donde se descomponen las colas de los burros, apela explícitamente al lector/público rompiendo la cuarta pared, lo que nos insta a cada uno de nosotros a preguntarnos por nuestra propia posición.

La clave de estas cuatro obras no radicaría por tanto –o no sólo– en los actores anunciados en sus títulos (los ejércitos, los informantes, los escogidos, los ene enes que se descomponen allí donde las colas de los burros), sino en los que reciben estas obras que a su vez son potencialmente ejércitos, informantes, adoptantes de escogidos y familiares de ene enes. En efecto, el multiperspectivismo defendido al inicio de estas páginas, en consonancia con la memoria agonista y los discursos decoloniales, queda incompleto sin la inclusión del propio receptor a quien siempre, en último término, va dirigida la literatura –el arte. ¿Qué puede hacer frente a los hechos narrados, ya fijados en el papel? Éstos no se pueden cambiar como tales, pero si pueden modificarse sus efectos. El ejercicio de expiación de la culpa y de reconciliación por parte de la tercera generación en Vásquez; la voluntad de empoderar a los ciudadanos por parte de Nieto; la llamada de atención de Rosero que quiere conducir al lector a la autorreflexión; la rebelión de la víctima contra su pasividad por parte de Vivas, trabajan el relato del conflicto en Colombia incentivando una respuesta por parte del lector, que, como miembro de la sociedad, debe definir su responsabilidad y su margen de acción. El relato de la violencia, por tanto, da forma en estas obras a un proyecto emancipador que se enmarca en la voluntad decolonial de revertir el relato de los hechos ya acaecidos, retando al lector a repensar la historia, presente y pasada (Martín 2015: 104). Las causas del conflicto colombiano son múltiples, pero a fin de cuentas el mismo planteamiento de los acuerdos de paz entiende que tal conflicto responde a una lógica estructural. La relación intrínseca entre modernidad y colonialidad en la constitución del Estado-Nación colombiano perpetúa un imaginario excluyente que, en tiempos de conflicto armado, se ceba con los otros indeseables, principalmente los ‘no-blancos’ (Arango 2007). La consecución de la paz, por tanto, debe ir acompañada de una transformación estructural de la sociedad colombiana mediante la cual el proyecto de emancipación se realice desde la conciencia decolonial y permita manejar los conflictos desde la perspectiva agonista.

IV. Conclusión

La literatura, que no es política en sí, pero que participa de ella, articula –como hemos visto– una serie de narraciones que atañen al lector, que sí es un actor político. Obras como Los informantes, Los ejércitos, Donde se descomponen las colas de los burros o Los escogidos son lecturas que buscan desafiarnos para preguntarnos por la cuestión de los otros indeseables y abordarla de forma distinta. Como reivindica la memoria agonista, es preciso que el otro, al que quizá odiemos, no se nos manifieste como un enemigo, sino como un adversario legítimo, para que ese odio, aunque persista, no nos haga violentarnos contra él con el fin de destruirlo y prolongar la violencia.

Cuando la literatura no es autoindulgente y confronta al lector lo dota de herramientas para hacer aflorar sus contradicciones y sus emociones más prohibidas desde el punto de vista de la racionalidad eurocéntrica que, como nos recuerda la perspectiva decolonial, tanto daño ha hecho a la escena política de la propia Europa. El otro que menciona Zuleta (1985), los otros indeseados que aparecen en las obras comentadas, han sido y son principalmente en Colombia el otro indígena y negro, el no-blanco, como señala Espinosa (2007), pero también la otra mujer, como se encarga de recordarnos la colonialidad del poder, que también refleja Rosero en Los ejércitos. Es pues en términos decoloniales que hay que construir la paz. No faltan iniciativas: las de Pastora Mira, las del Informe Bojayá, las de Chao Racismo, y muchas otras. Las obras comentadas en este artículo no dan cuenta explícita de este otro y esa otra, víctimas principales de todos los conflictos del mundo, sino que aluden a ellos –como he querido mostrar– mediante herramientas éticas y estéticas que rehúyen la presentación de estos otros como personajes abstractos y pretenden incomodar al lector para sacarlo de su auto-indulgencia.

En efecto, la dimensión política de estas obras no está tanto en debatir explícitamente cuestiones políticas o tomar partido por un bando o por otro, por las víctimas o los victimarios, sino en desviar la mirada del lector de los lugares comunes y llevarla hacia donde normalmente no se encuentra de la mano de quien normalmente no frecuenta, a saber en cada caso: víctimas de municipios rurales antioqueños, adoptantes de ene enes en el cementerio de Puerto Berrío, desaparecidos en los ríos como El Personaje (Salvador), segunda generación de delatores en Bogotá que a su vez delatan. Queda todavía mucho por hacer en la cuestión de la inclusión de los otros indeseables, discriminados a nivel mundial. El proceso de paz en Colombia, pese a las dificultades, se presenta como un marco propicio para ello, debido a su orientación agonista que podría romper la lógica de la colonialidad mediante un nuevo modo de afrontar los conflictos, parte constitutiva de toda sociedad.