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Normalización de la Deuda y Retailización del Crédito como Pilares del Neoliberalismo Chileno Avanzado

Author:

Alejandro Marambio-Tapia

Universidad Católica del Maule; Centro de Estudios Urbano Territoriales, CEUT, CL
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Abstract

Debt is structural to late, financialised capitalism. In particular, it is a crucial stronghold of Chilean socio-economic model, with massive and normalised household debt. This has allowed the rising of economic holdings that provide precarious jobs, access to consumption and debt. However, behind these significant household debt figures, there are household narratives that offer significant evidence about how families deal with credit prompting a myriad of practices in-and-out of market, namely moralities and non-economic rationalities. This way, households show some degree of agency in trying to “domesticate” credit and to adapt to the structural conditions upon which credit has expanded. The latter is particular to the Chilean case since it was led by department stores, supermarket and other retail businesses.

Using a macro structural analysis of indebtedness, a historical-institutional analysis of credit industry, and the micro narratives of indebted households, I aim to contribute to the understanding of financial capitalism and mature neoliberalism, such as the Chilean case, considering debt as a key device for the setting of precarious consumer society, and beyond the understanding of debt as merely an economic device. Upon an unwavering and ideological support to neoliberalism as a public policies system, Chilean neoliberalism forces to deal and live under a constant and uncontested indebtedness, normalising debt.

 

Resumen

La deuda es un fenómeno estructural del capitalismo tardío o financiarizado, que, en el caso particular chileno, con un endeudamiento de hogares masivo y normalizado, se constituye en un pilar del modelo socioeconómico. Sin embargo, detrás de las grandes cifras de endeudamiento están las historias de los hogares que ofrecen evidencias significativas respecto a cómo las familias operan con el crédito recurriendo a repertorios de prácticas tanto de mercado como ajenas a él –como moralidades y racionalidades no económicas-. De esta forma los hogares demuestran agencia al tratar de “domesticar” al crédito y de adaptarse a las condiciones estructurales en las que se ha producido la expansión del crédito, que para el caso chileno ofrece la particularidad de estar liderada por las casas comerciales y supermercados, la denominada industria delretailo grandes superficies.

A través de un análisis macro del endeudamiento, de la trayectoria histórico-institucional de la industria del crédito y de las narrativas micro de los hogares endeudados deseamos contribuir a la comprensión del capitalismo financiero y al funcionamiento de un modelo neoliberal maduro, como el chileno. Además, apuntamos a la comprensión de la deuda más allá de lo económico, más bien como un dispositivo clave de las sociedades de consumo precarizadas.

 

Palabras clave: crédito; deuda; normalización; consumo; retail

How to Cite: Marambio-Tapia, A., 2022. Normalización de la Deuda y Retailización del Crédito como Pilares del Neoliberalismo Chileno Avanzado. Iberoamericana – Nordic Journal of Latin American and Caribbean Studies, 51(1), pp.14–25. DOI: http://doi.org/10.16993/iberoamericana.529
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  Published on 15 Jun 2022
 Accepted on 07 Feb 2022            Submitted on 31 Jul 2021

1. Introducción. ¿Por qué se hizo “normal” estar endeudado?

En este artículo presentaré el endeudamiento no como un problema social de resolución individual ni como un error masivo de consumidores fallidos, o como un efecto residual de malas elecciones racionales. Por el contrario, lo propongo como un efecto estructural, cuya implicancia no es solo económica, sino moral y social. En consecuencia, se propone una síntesis macro-micro social del endeudamiento más allá del análisis de mercados financieros en expansión o de la invasión de la vida pública por racionalidades de mercado. Las prácticas crediticias se han normalizado en la sociedad chilena y los usuarios del crédito desarrollan distintas formas de normalizarlas, movilizando racionalidades económicas y no económicas, evaluaciones morales y sociales (Sabaté 2016). Por lo tanto, es útil considerar cómo ha funcionado esta legitimación a nivel hogar y cómo se implementa en las prácticas cotidianas situadas. Observar los fundamentos morales de las economías también es una forma de detectar cómo y cuándo las justificaciones morales de la práctica regular conducen a la normalización de la deuda. Sin embargo, también sostengo que las características particulares del capitalismo chileno -un modelo a nivel mundial de desregulación, privatización, desigualdad socioeconómica, ideologización e idealización del mercado- produjeron un tipo de expansión crediticia particular, protagonizada por el retail.

Durante este siglo se ha consolidado un proceso socioeconómico que ha implicado que la vida económica de una vasta mayoría de hogares chilenos -su planificación presupuestaria doméstica, sus formas de apalancar recursos y sus maneras de adquirir bienes y servicios- se ha financiarizado, es decir, se ha hecho posible crecientemente por operaciones financieras. ¿Cómo llegamos hasta aquí?

La relación entre la deuda total y el ingreso anual de los hogares chilenos aumentó del 35,4% en 2000 al 75,4% en marzo de 2020 (Banco Central 2020). Durante el mismo período, la deuda de consumo creció en promedio un 14%, mientras que las hipotecas aumentaron en promedio un 12%. Con un crecimiento medio del PIB del 3,9% en el periodo 2000–2018 (distante del 6,1% para el periodo 1984–1999) (World Bank 2020), la deuda de hogares de incrementó del 22% en 2000 al 48% del PIB en 2020 (Banco Central 2020). La productividad no creció al mismo ritmo. Si bien la relación entre la deuda total y el ingreso anual es ostensiblemente más baja que en otros países de la OCDE, como España (107%), Corea del Sur (184%) y Dinamarca (281%) (OECD 2016; OECD 2019), la situación no es la misma en términos de la carga financiera mensual -el dinero que mensualmente las familias destinan a pagar deudas-, que va desde el 11 al 18% en aquellos países, mientras en Chile esta cifra va desde un 37% en los deciles más pobres hasta un 70% en los deciles más ricos. Alrededor del 70% de la deuda se concentra en los bancos, ya que estos otorgan más del 80% de los préstamos hipotecarios y comparten el mercado de la deuda del consumidor con el llamado retail financiero: casas comerciales y supermercados. Finalmente, es este sector el que tiene a más hogares endeudados, con cifras que llegan al 48–52%, mientras la deuda bancaria ronda el 20-23% (Banco Central 2018).

En marzo de 2020 había en Chile 5.200.000 préstamos bancarios; 20.000.000 de tarjetas de débito; 12.845.000 de tarjetas de crédito bancarias (4.800.000 activas durante el último mes); y 13.500.000 de tarjetas de crédito del retail (6.000.000 activas durante el último mes) (Comisión para el Mercado Financiero 2020). Chile tiene una población de aproximadamente 17,5 millones de personas (Instituto Nacional de Estadísticas 2018). De esta población, en junio de 2020, el registro nacional de deudores morosos (Dicom) contó 4.959.145 personas morosas con una deuda media de CLP 1.894.721 (2.000 EUR aproximadamente), registrando un aumento de 8,2% anual. El 42% de estas morosidades es al retail como acreedor versus el 28 con la banca tradicional (Universidad San Sebastián 2020).

El endeudamiento se ancla así de manera masiva y regular en los hogares, siendo una práctica crucial para entender el funcionamiento del capitalismo chileno, en tanto modelo socioeconómico de neoliberalismo avanzado. Mi propuesta observa desde la expansión masiva del crédito y sus particularidades institucionales, las prácticas de financiarización de los ciudadanos y su vínculo con la instalación de las sociedad de consumo (Crouch 2009; Erturk et al. 2007; Martin 2002), y sus implicancias para el sistema económico y para las vidas de las personas como proyectos de vida que intentan sobrellevar o sobrevivir las estructuras desiguales que les rodean (Narotzky & Besnier 2014). Consideramos el endeudamiento como una práctica social normalizada –que moviliza materialidades, significados y rutinas- antes que una conducta estrictamente adherida a los razonamientos de interés individual propios del homo economicus.

Desde lo macro, señalo dos características claves para la normalización del crédito en Chile. En primer lugar, la particularidad de la expansión crediticia chilena ha sido lo que se denomina la “retailización” del crédito (Marambio-Tapia 2014), proceso a través del cual grupos empresariales dueños de supermercados, tiendas por departamento y tiendas de mejoramiento del hogar han liderado la masificación del crédito mediante la provisión desregulada de “tarjetas de crédito de tienda” a sectores sociales usualmente excluidos del crédito, tales como estudiantes, pensionados, dueñas de casa sin trabajo remunerado, sujetos sin historial de crédito y con ingresos inestables. Estas características han sido cruciales para las estrategias económicas prácticas de las personas, quienes establecen diferencias entre “crédito” y “deuda”, e incorporan dispositivos morales y relacionales en su normalización (Sabaté 2016). En segundo lugar, las autoridades estatales y del mercado han contribuido a la valorización de un modelo particular de ciudadano-consumidor (Livingstone & Lunt 2007; Ryan 2001), lo que ha resultado en un modelo de gasto crediticio orientado a la responsabilidad individual.

La estructura del artículo es la siguiente: primero hago referencia a los conceptos necesarios para la comprensión del crédito como una práctica social y su estrecha relación con la instalación de las sociedades de consumo. Luego hago referencia a los métodos que informan esta investigación. A continuación organizo el proceso macro en torno al concepto de “retailización” de la deuda, esto es, la predominancia de un tipo de crédito en los hogares chilenos y que ocupa un rol fundamental en la normalización de la deuda de los hogares, cuestión que abordo en la sección siguiente a través de las narrativas respecto a las trayectorias de deuda de hogares de ingresos medianos y bajos. Concluyo con una discusión del rol del endeudamiento en el modelo de desarrollo chileno y cómo los hogares lidian con las implicancias sociales de ello.

2. El crédito como una práctica social de las sociedades de consumo precarizadas

Es innegable que las prácticas crediticias tienen una aparente proximidad al consumo. El crédito se puede encontrar entre sujeto y objeto de consumo. El crédito permite al consumidor obtener bienes y satisfacer necesidades. Sin embargo, ¿las necesidades de los consumidores generan una demanda de crédito o viceversa? En los debates sobre la cultura del consumo y la expansión del consumo masivo, el crédito es visto como crucial para el surgimiento de la cultura del consumo, ya que es gravitante para generar la demanda por bienes (Carruthers & Ariovich 2010).

El crédito y la deuda se han investigado en el contexto de las medidas de austeridad, los problemas de la deuda soberana y la crisis de riesgo, particularmente en el Norte global (Kus 2013; Marron 2014; Montgomerie 2009; Roberts & Soederberg 2014; Sabaté 2014; Sabaté 2016). Por otra parte, el crédito figura en la sociología del consumo como una herramienta auxiliar para la mayor capacidad de elección de los consumidores, o bajo la idea de consumidores “embaucados”, o como parte de una sociedad del “deseo incesante” (Bauman 2004; Burton 2012; Cohen 2004; Ritzer 2001; Zukin & Maguire 2004). Tanto desde la economía política, la sociología, la antropología y la teoría económica se han desplegado narrativas y explicaciones locales y/o globales del endeudamiento. Un primer grupo de explicaciones viene desde la teoría económica neoclásica y la psicología económica, donde el endeudamiento es un efecto individual y psicológico de la sociedad de consumo (Mankiw 2002; Samuelson & Nordhaus 2006, entre otros). El endeudamiento y sus problemas prácticos asociados se relacionarían con las responsabilidades individuales de los sujetos, y su falta de disciplina los llevaría a ser consumidores fallidos o “deudores hipotecarios fallidos”, en el caso de un crédito de largo plazo (García Lamarca 2019). En la misma línea del efecto micro, pero ahora desde una mirada (bio)política, el endeudamiento es producto de subjetividades que produce el neoliberalismo: individuos autónomos que luchan por sus objetivos e intereses y movilizan los recursos que tienen a mano, donde el endeudamiento sería tanto empoderamiento como heterocontrol a la vez (Lazzarato 2015). Un tercer grupo de explicaciones sitúa al endeudamiento como una consecuencia de la circulación de valores compartidos entre las sociedades avanzadas y emergentes: el mundo aspira a una “vida de clase media” –concepto que paradojalmente surgió en las sociedades industrializadas como una vida de ahorro y sin sobresaltos (Lamont 1992). Ya sea para mantener dicho ideal -como un uso “defensivo” del crédito en Estados Unidos- o para recién lograrlo, la deuda sería un dispositivo útil y legítimo (Klein 1999).

Siguiendo el trabajo seminal de Viviana Zelizer (1999) sobre el dinero, el crédito también existe fuera del mercado. Implica confianza y relaciones sociales. De manera concreta, el crédito y el dinero pueden realizar funciones similares, pero provocan diferentes significados sociales y morales. Tanto el dinero como el crédito se insertan en las relaciones familiares. Desde un enfoque empírico del crédito, sintetizo las proposiciones de Carruthers (Carruthers & Ariovich 2010) y Zelizer (1999; 2012) para mostrar cómo el crédito debe ser entendido culturalmente a través de, por ejemplo, la justificación de sus usos, y su inclusión en relaciones sociales morales y concretas. Esta perspectiva del crédito como práctica social incrustada en evaluaciones culturales, morales y económicas parece útil para desentrañar las justificaciones que las personas emplean como parte de la normalización de las prácticas crediticias. Permite prestar atención a cómo las personas desarrollan estrategias y proyectos de medios de vida (Narotzky & Besnier 2014), donde el crédito ayuda a las personas a hacer frente, a proporcionarse una “vida decente” y un futuro mejor. Esta es una manera de destacar la agencia de las personas en estas circunstancias sin negar el tremendo poder de las limitaciones estructurales que las familias enfrentan en sus experiencias cotidianas. Este movimiento táctico es consistente con la ambivalencia moral del crédito. En su mayoría, son conscientes de que el mismo camino que los puede llevar a una “vida digna” también puede destruirlos económicamente, tal como algunos de ellos han experimentado a través de trayectorias de endeudamiento, concepto con el cual designo las narrativas construidas por los usuarios del crédito y que abordaré en la sección respectiva, a partir de sus primeros contactos con el endeudamiento hasta el tiempo presente.

Para argumentar sobre la normalización de la deuda desde lo micro, agregaré a la discusión conceptos de la instalación de la sociedad de consumo para vincularlos situadamente a la expansión del crédito en Chile, ya que sostengo que son relevantes para el análisis situado de la versión chilena de este capitalismo financiarizado. Mi punto de partida es tomar distancia de la perspectiva del endeudamiento como un “problema individual”, que no parece suficiente para abordar los significados sociales de la deuda y las racionalidades cotidianas compartidas detrás de las prácticas crediticias y de la deuda, ni menos para discutir el aspecto estructural del endeudamiento en Chile.

Una evaluación problemática del crédito surge tanto desde la perspectiva del consumidor con soberana elección (Bauman 2004) como desde la perspectiva del consumidor “engañado”, es decir, aquella que percibe a los consumidores como esencialmente impulsivos y fácilmente manejables (Slater 1997) La perspectiva de la elección describe los mecanismos sociales del crédito al consumo en relación con una suerte de consumo desbordado, ansioso, inquieto y ostentoso. El consumidor siente ansiedad por consumir, y el crédito ayuda a calmar la ansiedad, porque asegura mayor acceso al consumo, y, por ende, mayor capacidad de saltar de un deseo a otro. El despilfarro personal está relacionado con las prácticas de las tarjetas de crédito.

En esa línea, consumismo y sobreendeudamiento solían describirse como una dupla inseparable en los medios de comunicación de masas, tanto en narrativas de ficción como no ficción. ¿Es tan solo un impulso el uso del crédito? Esta dimensión presenta una imagen exagerada y distorsionada de la sociedad de consumo en general, ya que gran parte del consumo es mucho más mundano y práctico. Además, Warde (1994) remarca que algunas personas aman ir de compras y otras lo odian, por lo que consumir es ambivalente y requiere una caracterización más específica. Si el caso fuera que el consumir provoca ansiedad por sí mismo, toda la humanidad estaría desbordada. Por lo tanto, las características de autoidentidad del consumo pueden sobreestimarse, y sus otras funciones deben reconocerse como aún importantes. Cuando el consumo provoca ansiedad, puede ser por falta de recursos, no solo por errores en el proceso de autoidentidad. Tener las finanzas bajo control puede ser muy estresante y de hecho es una responsabilidad para la que incluso debemos ser particularmente educados (Marambio-Tapia 2018). Esto también puede afirmarse a través de los que prescriben la educación financiera respecto al correcto manejo del crédito (Marron 2014; Marambio-Tapia 2018; Pérez-Roa 2019). El aumento en el uso del crédito ha sido identificado también como una de las principales transformaciones en el comportamiento del consumidor financiero, particularmente en las sociedades occidentales avanzadas, pero últimamente se ha observado que está bien establecido en Japón y Corea del Sur, y en menor medida en América Latina (Burton 2012). Aquí, Chile destaca sobremanera, como analizaremos en este artículo.

3. Métodos

Los datos que nutren este artículo provienen de 46 entrevistas con jefes de familia cuyos hogares correspondían a ingresos medianos y bajos. Al focalizarme en este gran grupo, busqué una coincidencia con los hogares que tienen una relación más estrecha con el retail financiero. Como unidad de registro se prefirió a la persona que tuviera más responsabilidad en el manejo de la economía doméstica; sin embargo, la unidad de análisis fue el hogar -en vez de individuos aislados- para así abordar la elaboración de presupuestos, consumo y la imbricación de las prácticas económicas con la dinámica familiar del hogar. Casi la mitad de los entrevistados fueron de familias monoparentales o unipersonales, en las que no era necesario diferenciar al responsable del presupuesto del principal perceptor de ingresos. En términos etarios, se excluyó a los pensionados y a quienes tuvieran una trayectoria laboral muy acotada.

En concreto, se basó en dos categorías ocupacionales que constituyeron dos submuestras: el proletariado postindustrial y los emprendedores precarios. Los participantes fueron reclutados a través de dos técnicas según la submuestra. En el caso de los participantes de la primera submuestra -proletariado postindustrial- se hizo un contacto a través de bola de nieve. Este grupo se conformó principalmente por trabajadores de supermercados, tiendas por departamento y otros trabajadores de rutina no manual, lo que permitió conformar un grupo con cierta homogeneidad que fue útil para otros aspectos de la investigación. La segunda submuestra -emprendedores precarios y de baja calificación- se seleccionó mediante un muestreo focalizado, ya que fueron contactados a través de Fosis, una agencia gubernamental chilena que proporciona pequeños fondos de financiamiento -para instalar pequeños negocios y emprendimientos- y formación de habilidades de negocios para personas de bajos ingresos. En particular, el muestreo se concentró en aquellos que, como requisito para obtener fondos semilla, concurrían a talleres de educación financiera impartidos por Fosis.

En cuanto a las características sociodemográficas de la muestra, había 31 mujeres y 15 hombres, produciéndose este sesgo de género principalmente porque en las clases bajas hay más familias monoparentales que tienden a ser hogares encabezados por mujeres (22 participantes). No obstante, incluso para el caso de familias biparentales, las mujeres estaban a cargo de las decisiones financieras. En cuanto a la edad, intenté centrarme en dos grupos: de 25 a 39 años y de 40 a 65 años, con la intención de comparar usuarios de crédito “nativos” y “no nativos”, es decir, personas que han nacido rodeadas de tarjetas de crédito y personas que no. Además, mi objetivo era contar con personas en la muestra que pudieran dar cuenta del período de expansión del crédito. El 70% de los entrevistados del proletariado postindustrial tenía estudios secundarios completos. El resto había realizado algún tipo de estudios de formación profesional o técnica, salvo un entrevistado que no completó sus estudios de secundaria. Entre los emprendedores precarios, solo la mitad tenía estudios secundarios completos, mientras que la otra mitad no los había completado.

Las entrevistas semiestructuradas proporcionaron una descripción detallada de prácticas materiales, habilidades, evaluaciones morales, justificaciones y significados sociales de las prácticas crediticias corrientes y el endeudamiento. Los datos de la entrevista se codificaron y analizaron utilizando NVivo, y para el análisis se utilizó la distinción de la teoría de prácticas -materialidades, significados y habilidades- (Halkier et al. 2011; Warde 2005). El foco estuvo en las experiencias económicas concretas de las personas, su marco de comprensión, sus valoraciones morales y cómo los actores negocian e interpretan las transformaciones de las estructuras socioeconómicas.

Como análisis adicional al texto de las entrevistas elaboré vignettes de 400 a 500 palabras de cada entrevista, en las que describí las circunstancias sociodemográficas del entrevistado, sus prácticas materiales y los temas socioeconómicos más relevantes emanados de las entrevistas. Esa técnica facilitó los registros interpretativos de cada caso. Gracias a estos resúmenes pude comparar y organizar casos para producir breves historias económicas que incluían asuntos financieros, laborales y familiares y, en última instancia, construir micronarrativas sobre la deuda. Esto fue crucial para analizar las “trayectorias de deuda” de los entrevistados y lograr una descripción de la naturaleza fluida de las prácticas socioeconómicas de las personas y las racionalidades detrás de cada estrategia adoptadas para enfrentar la deuda.

La segunda fuente de datos corresponde a un análisis estadístico descriptivo y tipológico de la Encuesta Financiera de Hogares (n = 2189) de representatividad nacional urbana en Chile. El análisis cuantitativo condujo a describir en detalle las tendencias de ingresos y la estratificación de salarios, deudas y gastos. Finalmente, el análisis histórico e institucional de la expansión del crédito en Chile, que abordaremos a continuación, se realizó a través de fuentes documentales y de diez entrevistas con informantes claves de bancos (Banco Falabella, Banco Santander, Banco BBVA), tiendas de venta al detalle (Falabella, Ripley) y agentes públicos vinculados al consumo y al sector financiero (Banco Central, Superintendencia de Servicios Financieros, Servicio Nacional del Consumidor, Fundación Ford-Proyecto Capital, Fondo de Solidaridad e Inversión Social).

4. Financiarización vía retail: la propuesta de inclusión social del caso chileno

En esta sección examino las circunstancias institucionales sobre cómo las políticas neoliberales han llevado a la normalización de la deuda en Chile. Como un fenómeno global, la deuda es analizada como una respuesta ante sueldos que están estancados desde los 1970s y una desigualdad que se incrementa, en un contexto de creciente poder para el capital y decreciente poder para el trabajo (Crouch 2009; Harvey 2007). En esta mirada global, el detalle del modelo de acumulación chileno nos obliga a prestar atención a la financiarización y marketización de la sociedad. Estos procesos cimentaron las bases para la creación de grandes grupos económicos que reemplazaron al sector industrial del país y cuya generación de riqueza tiene un gran componente rentista, ya sea en el modo extractivista o de economía financiera (Ffrench-Davis 2003; Muñoz Gomá 2007; Riesco 2009).

La financiarización es un concepto ampliamente tratado en la economía política y, en menor medida, en la sociología y la antropología económicas. La financiarización comprende al menos tres áreas: (1) el poder creciente de la lógica financiera en la sociedad y en la gestión de los estados; (2) la posición dominante que las firmas financieras y los accionistas (Erturk et al. 2007) disfrutan en el capitalismo contemporáneo; y (3) el auge de la dependencia de individuos y hogares de los instrumentos financieros para su subsistencia. Este último enfoque ha sido etiquetado como la financiarización de la vida cotidiana, que implica incorporar lógicas de riesgo y contabilidad a dominios domésticos sin precedentes (Martin 2002). Estos relatos sobre la financiarización del consumo apuntan a la creciente dependencia de la deuda para el abordaje de labores de reproducción de la vida y la provisión de bienes, servicios y experiencias, ya sean esenciales diarios o eventos sociales y rituales (Lapavitsas & Powell 2013). En el Norte global, el proceso de financiarización de la vida cotidiana se explica por la “privatización del bienestar” (Crouch 2009), donde la reducción del Estado en la provisión de vivienda, salud, pensiones y educación han puesto al mercado en estos servicios, principalmente a través de deuda.

Un rasgo distintivo del capitalismo financiero es la importancia del crédito en el portafolio de productos de los bancos, superando a los instrumentos con orientación productiva. En casos como el chileno, el crédito es considerado como un medio para empujar la demanda agregada interna y como un modo de colaborar en el apalancamiento de recursos para financiar viviendas, salud y educación, entre otros bienes y servicios. Para las ciencias económicas (economics), el crecimiento de la financiarización y, en particular, del crédito, es fundamentalmente un movimiento propulsado por estrategias comerciales de los bancos, innovaciones en el mismo ámbito financiero, y avances en lo tecnológico. En algunos casos las explicaciones se adentran en el análisis de las políticas macroeconómicas y sociales. La jerga aséptica de las operaciones de crédito emanadas desde la disciplina económica y reproducida tanto por actores del mercado como del Estado contribuye a una comprensión neutral del endeudamiento y es visto como pieza clave para el funcionamiento de la economía y de la sociedad. Sin embargo, la difusión del endeudamiento, como práctica social, correspondería más bien a un elemento político-ideológico que apunta a paliar la percepción de las desigualdades de ingreso (Kus 2013), y a consolidar el crecimiento de los grandes grupos comerciales y financieros.

Esta financiarización se inició en Chile en el contexto de la revolución neoliberal tras el golpe militar de 1973, basada en los más ideologizados supuestos sobre el funcionamiento de los mercados autorregulados (Harvey 2007). Profundas reformas de desregulación financiera, privatizaciones y flexibilización laboral extrema ocurren en el periodo 1975-1982. Aumenta el consumo de bienes -especialmente en los ingresos medios y altos- al igual que el acceso a tarjetas de crédito, crédito al consumo y servicios bancarios. Esta nueva estrategia de desarrollo hizo hincapié en la movilidad ascendente a través del acceso a bienes de consumo. Las familias tendieron a percibirse más prósperas que las generaciones anteriores. Este proceso se discutió principalmente durante los 1990s, señalando las nuevas formas de consumo, el creciente acceso de familias de ingresos medios y bajos a bienes materiales y lugares simbólicos –como sitios para vacacionar-. Más críticamente, se destacó que este ingreso a la sociedad de consumo trajo consigo un proceso de individualización sin precedentes, el declive del compromiso político y una transformación económica perjudicial para las ocupaciones industriales (Garretón 2002; Moulian 1997; PNUD 1998; Tironi 1999; Tironi 2003).

La primera tarjeta de crédito bancaria comenzó a operar en 1978, orientada a los grupos altos y medio-altos en términos de ingresos y estatus. El retail financiero inició una segunda expansión crediticia en 1996, con la difusión masiva de la tarjeta Presto del supermercado Líder. En las décadas de 1990s y 2000s, pudieron fácilmente configurar un mercado muy desregulado en comparación a los bancos (Montero & Tarziján 2010). Estos nuevos prestamistas innovaron al centrarse en grupos que no habían recibido crédito anteriormente, como segmentos de bajos ingresos, amas de casa, jubilados y estudiantes. Con ello consolidaron también su influencia para manejar los grandes trazos de la adquisición de bienes -dónde, cuándo y de qué forma se compra- a un precio que usualmente dobla las tasas de interés bancarias.

Actualmente, el panorama general de las prácticas crediticias normalizadas ofrece una amplia gama de dispositivos y prestamistas. De acuerdo a los datos analizados, las tarjetas de tienda son el principal dispositivo de crédito en la sociedad chilena, con 49,8% de los hogares que tienen una tarjeta de tienda activa. Las tarjetas de tienda se utilizan transversalmente en todos los deciles de ingreso, en un rango de 40 al 60% de los hogares de cada decil. La principal diferenciación social proviene de las cuentas bancarias, que son apenas utilizadas por los deciles de ingresos bajos y medios, pero comunes en los deciles de ingresos más altos, principalmente 8, 9 y 10. El 50% de la población de ingresos más bajos tiene a lo menos un instrumento bancario, principalmente la tarjeta de tienda.

Los dispositivos bancarios, como los créditos de consumo, la tarjeta de crédito bancaria y la línea de crédito bancaria alcanzan el 29,9% del total de hogares. Los préstamos para la educación superior han llegado a más del 8% de los hogares. Una cifra interesante es que el 12,4% usa el crédito de Fondos de Beneficios para Empleados, una gran innovación financiera chilena. Creados en la década de 1950, solían centrarse en proporcionar bienestar y beneficios a sus miembros, generalmente empleados de clase media. Sintomáticamente, respecto al cambio de modelo socioeconómico, mantienen un discurso de “ayuda y protección”, pero ahora a través de acceso al crédito. Se focalizan en pensionistas, en aquellos que no tienen historial crediticio o están penalizados, asegurando sus pagos mediante préstamos abonados mediante deducciones directas de las nóminas de pago, mensualmente.

El retail financiero diseñó dispositivos financieros especiales para los recién llegados al crédito, como retiros de urgencia en cajas de las tiendas o de supermercados y otros para consumidores de crédito con más experiencia que potencialmente comparten las mismas necesidades que los clientes bancarios, tales como seguros, viajes a crédito y créditos automotrices. Los requisitos para obtener crédito en el retail financiero no han sido altos. Según los agentes de ventas, todo lo que se necesita es la cédula de identidad para verificar la elegibilidad, que, como se indicó, es amplia. Hasta cierto punto, las tarjetas de tienda también eran enviadas proactivamente a los hogares y posteriormente activadas mediante llamados telefónicos de agentes de venta. Estas acciones han sido sistematizadas como la táctica del “sembrado” (Ossandón 2014), es decir, entregar las tarjetas con pequeños montos de crédito a potenciales clientes que no tienen historial de crédito, y asumir conscientemente las posibles pérdidas que implicare el no pago de este pequeño cupo de crédito, ya que las ganancias potenciales respecto a fidelizar –como clientes financieros y comerciales- a quienes sí pagan son mucho mayores, de acuerdo al análisis de los propios gerentes de las tiendas.

Los nuevos tipos de emisores de crédito trajeron nuevos clientes y también nuevos discursos. A la promoción del consumo se sumó la masificación del crédito en sectores medios y populares,1 como única manera de lograr el acceso a bienes y servicios, cerrando el círculo del abandono de dichos grupos por el Estado. Este también contribuyó directamente al afán de inclusión financiera: mientras que hasta fines del siglo XX el instrumento bancario estatal más famoso era una cuenta de ahorro en forma de libreta, hoy es la tarjeta de débito Cuenta Rut, disponible por defecto para cada uno de los chilenos y extranjeros que cuenten con DNI vigente, puesto que utiliza su número como identificador de cuenta y no tiene requisitos, salvo ser mayor de 12 años para las mujeres y mayores de 14 para los hombres. Actualmente, 13 millones de personas tienen una (BancoEstado 2021).

5. La normalización de la deuda para los proyectos de consumo, reproducción y supervivencia

En esta sección argumentaré que el endeudamiento debe interpretarse como una práctica vinculada a cómo se organizan socialmente las prácticas de crédito, el presupuesto del hogar y las compras. Explicaré que en el contexto de un uso masivo, regular y diferenciado socialmente –cuyos orígenes y desarrollo fue trazado en la sección anterior-, los usuarios del crédito desarrollan distintas formas de normalizar el uso del crédito, movilizando racionalidades económicas y no económicas, evaluaciones morales y sociales. Para ello recurriré a las experiencias económicas concretas de los hogares endeudados de ingreso mediano y bajo. En concreto, la normalización se constituye a través de la inevitabilidad, recursividad y ambivalencia social y moral del crédito, y por medio del desarrollo de formas propias de “domesticación” de los dispositivos financieros que les devienen externos, pero que luego forman parte de su vida cotidiana.

Una dimensión de la normalización del crédito a nivel doméstico se expresa entre la ambivalente noción del crédito como “mal necesario”, que ya se ha asentado en las prácticas económicas por décadas, y por tanto, ha llevado a las familias a incorporar al crédito como parte de sus estrategias adaptativas a las vulnerabilidades y precariedades socioeconómicas de un modelo extremo de mercado sin protección social. El crédito, entonces, les permite encarar sus proyectos de supervivencia, pero también aspiraciones a una “vida digna”, sin sobresaltos. Se normaliza como la forma esencial de cumplir ciertos objetivos y por ello lo incorporan como parte de sus estrategias y proyectos de medios de vida (Narotzky & Besnier 2014), tal como lo indicaron algunos entrevistados:

“Es muy fácil tener un crédito. Y yo creo que uno se endeuda porque es la única forma de obtener cosas de manera inmediata. Por ejemplo, yo necesitaba una televisión nueva para mi mamá y busqué la mejor oferta y la compré en cuotas. Luego, cuando me conseguí un crédito para comprar un auto, aproveché de pagar de manera anticipada las cuotas de la tv y otras deudas menores de las tarjetas. Creo que pude ahorrarme algunos intereses”, Natalia, 39, técnico químico.

“En este mismo momento, mi lavadora no funciona muy bien, y lleva meses así. Al parecer, voy a tener que comprar una nueva. Por supuesto que no tengo 200 ‘lucas’ [200 mil pesos chilenos ~ 220 euros] para comprar una de un día para otro, así que obligada a usar la tarjeta de la tienda… yo creo que para la mayoría de la gente es la misma situación”, Sandra, 40, vendedora.

Como parte de estas estrategias adaptativas que se han asentado, el crédito termina siendo “domesticado” por sus usuarios, esto es, termina siendo usado de formas distintas a lo originalmente pensado, siendo incorporado a racionalidades económicas propias. Por ejemplo, Juan Carlos, 50 años, usa esta tarjeta todos los meses en compras pequeñas, principalmente en una tienda de mejoras para el hogar. Siente la necesidad de ir a la tienda a ver qué pasa. El esquema “tres cuotas, precio al contado” es el que utiliza habitualmente; pero ha elaborado un sistema adicional: mucho antes de la fecha de vencimiento del pago, paga una suma por adelantado, por lo que, cuando vence el pago completo, lo siente menos abrumador y “doloroso”. Cuando tiene la necesidad de comprar un artículo más caro, como un electrodoméstico, combina ahorro y crédito, dando un anticipo de un tercio del precio del artículo, y dejando la suma restante en crédito.

La normalización se vive como una imposibilidad de vivir sin crédito aun en situaciones no límites, sino más bien como una posibilidad que ha estado siempre presente, y que acompaña las biografías laborales, económicas y personales de los usuarios, construyendo sus propias “trayectorias de deuda”. Esto se refiere a los recuerdos del pasado de diferentes maneras: precrédito, primeras etapas de la expansión del crédito en Chile, comparación entre el pasado y el presente, narraciones biográficas vinculadas al crédito y reflexión sobre la desregulación de los requerimientos para acceder al crédito y cómo ello impactó a la sociedad chilena.

“Yo podría vivir sin deudas, pero este ‘sistema’ no te lo permite. Está en la vida diaria, en la publicidad de la tv, en las redes sociales… Hace 20 años atrás era imposible que cualquiera de nosotros siquiera pensara en ir de vacaciones a Brasil [usando un crédito], pero ahora… es que, si no has ido, eres una persona muy aburrida”, Gloria, 53, trabajadora de tienda por departamentos.

“Podría vivir sin crédito, pero me costaría. Si se acabaran las tarjetas de crédito, el primer problema sería lo que debo, porque no estaría en posición de pagarlo de una sola vez. Sería un cacho [problema], no sabría qué hacer, de hecho, no sé cuánto es mi deuda total”, Daniela, 43, trabajadora de marketing.

“En un principio, cuando yo estaba con harta pega, llegamos a pagar todas las tarjetas. Pero después por el bajón de la pega, ya no alcanzas y tienes que meterte con las tarjetas. Pero tranquilo, ya no estoy tan encalillado [endeudado]”, Carlos, 42, prestador de servicios para la minería.

La inevitabilidad del crédito es experimentada de manera distinta por hogares y familias. El accionar disciplinante que involucra ser y perserverar como un sujeto de crédito, las “pruebas sociales” que ello demanda (Lazarus 2017) y las aspiraciones sostenidas en torno al uso del crédito son reproducidas en el diario operar de los presupuestos familiares, las prácticas de consumo y los objetivos laborales de los hogares.

El crédito también se hace recursivo. Usar créditos “atrae” más créditos, a través de dos mecanismos: 1) el crédito expande virtualmente el margen de ingresos corrientes, de manera que provoca periodos de vivir por sobre los ingresos corrientes que sólo pueden ser financiados con más crédito, usualmente de distintas fuentes de crédito: tarjetas, préstamos, retiros a crédito. Es lo que se conoce como “bicicletear” las deudas o to borrow from Peter to pay Paul. 2) Lo segundo corresponde a los periodos donde la carga financiera se hace inmanejable y se recurre a créditos para pagar otros créditos, o para “consolidar” las deudas, nombre usado en la jerga comercial de los oferentes del crédito para promocionar estos instrumentos que “alivian” a los deudores.

“Todos los créditos que conseguimos eran para pagar tarjetas y quedar sin deuda. Pero no resultó mucho, porque las pagamos, y quedaron abiertas y las seguimos usando”, Francisco, 42, trabajador independiente.

“Las tarjetas te desordenan a veces, pero es un mal necesario, porque por ejemplo si a mí, mi exmarido no me deposita [la pensión de alimentos] en la fecha que corresponde ¿qué hago para llegar a fin de mes? Ocupo el efectivo para cubrir los cheques de los colegios y ahí tengo que ocupar la tarjeta para ir al supermercado. Esa es la ‘gimnasia bancaria’ que tengo que saber hacer”, Carolina, 31, secretaria.

La normalización del crédito a nivel doméstico encuentra su referente a nivel estructural, esto es, con el retiro o ausencia del Estado. Esto opera a un nivel pragmático, ya que, por ejemplo, resulta evidente que es más resolutivo conocer y usar crédito para financiar un tratamiento oportuno en salud, antes que movilizarse social y/o políticamente por obtener lo mismo. Esta normalización pragmática no es contradictoria con ciertos niveles de conciencia que los avatares de la vida diaria pueden ocultar, pero no enterrar.

“Cuando alguien tiene una tarjeta de crédito en caso de emergencia es porque sabe que su atención médica no la ayudará en caso de una enfermedad catastrófica. Estamos sin poder y eso podría cambiar si hacemos un esfuerzo y renunciamos al crédito. Cosas así, trato de darle decirles a mis alumnos”, Rosario, 39 años, profesora.

El crédito también ha contribuido a la financiarización de la vida cotidiana. Además de las definiciones de lo que es una “vida digna” y cuáles son medios legítimos para lograr dicho objetivo, el crédito ayuda a dar forma a las aspiraciones concretas de las familias. La capacidad de usar el crédito resulta vital para dar paso a una vida digna, en lugar del valor del trabajo y de los posibles resultados de una acción política concertada. Solo la educación supera al crédito en esta tarea, aunque paradójicamente, estos hogares tienen que recurrir al crédito para financiar la educación de sus hijos. Además, el crédito se entrelaza con la dinámica familiar, proporcionando herramientas para reforzar los lazos (Zelizer 1999), las funciones y expectativas de un buen padre o la calidad de vida de una familia. Regalos, aspiraciones, proyectos familiares se producen a través de prácticas de crédito, y para ello hay que ser sujeto de crédito. Las narrativas de sacrificio y capacidad de estas familias que solían estar atadas al ahorro y trabajo duro o bien a la capacidad de negociar colectivamente un incremento salarial en los 1960s y 1970s, ahora se vinculan con un buen manejo financiero y la capacidad de tomar un préstamo y cumplir con los pagos a tiempo; dicha condición es parte de ser un buen padre o madre, y se mezcla con las responsabilidades de la reproducción de la vida material y con la enseñanza de valores en torno a la deuda. La moral del crédito deambula desde la prudencia financiera al oportunismo. Según las personas entrevistadas, el crédito puede ser bueno para fomentar aspiraciones y proyectos, pero es también peligroso. En general, como con el dinero, el crédito es una práctica socializada más que una actividad neutral estandarizada y únicamente económica.

6. Conclusión. La deuda en el capitalismo chileno: una mirada macro-microsocial

El endeudamiento de los hogares es un fenómeno con características globales, pero sin duda en Chile tiene características particulares: retail, Estado mínimo y una mayoría transversal de hogares endeudados. La masificación y normalización de la deuda se relacionan con dinámicas de acceso a la sociedad de consumo y la construcción de narrativas de movilidad social. Sin embargo, es más bien un dispositivo regulador que ha venido a complementar ingresos crónicamente bajos para vastos grupos poblacionales y que puntualmente provee una especie de recurso de alta disponibilidad para autoproveerse individualmente de una red de protección social en el mercado, ante el retiro del Estado. La experiencia subjetiva de endeudamiento y la objetividad de la carga finaciera se experimenta y percibe como un ahogo para los hogares de medianos ingresos hacia abajo, debido a su alta carga financiera. En estos sectores la deuda no es inversión ni es oportunidad, es más bien supervivencia. La normalización contribuye a matizar esta visión, y las narrativas asociadas a la sociedad de consumo, aunque sea de manera precaria, contribuyen a percibirla como la “única forma de progresar materialmente en la vida”.

En lo simbólico, hay un componente en el crédito, referido a la integración que se produce a través de la financiarización: la tarjeta es una puerta de entrada, un acceso individual a los niveles de bienestar que se han visto e incorporado como deseables; incluso puede servir para acceder a otros instrumentos de movilidad social más aceptados, como la educación. Esto ha conducido a resignificar los componentes morales de la deuda (Graeber 2012). Vale decir, es conveniente pagar las deudas, porque eso asegura más acceso al crédito, más que por justicia.

Una mirada asocial del crédito es usada principalmente por Estado y mercado en los discursos de “democratización del crédito” y en los dispositivos de inclusión “social-financiera” (Marambio-Tapia 2021). La visión marcadamente optimista del crédito no solo proviene de las élites económicas y políticas, sino que desde el Estado, a través de sus múltiples agencias, se despliega un discurso en torno al crédito que deambula entre el empoderamiento de iniciar una actividad económica propia a través de un crédito productivo hasta el ejercicio de derechos y deberes como consumidor financiero. De esta forma, y desprovisto de contexto, el endeudamiento –o más bien, lo que se tipifica como sobreendeudamiento- aparece como una falla derivada de malas decisiones o como una actualización de oportunidades. El crédito es presentado por el mercado y los gobiernos como una herramienta útil para mediar y negociar proyectos de movilidad, aspiraciones sociales y significados de clase, así como su uso entendido como una cosa “sensata” (Olsen 2008; van Bavel & Sell-Trujillo 2003)

Sin embargo, en la experiencia de hogares e individuos hay un proceso de mediación moral y estratégico de parte de las familias que impacta sus prácticas de crédito y endeudamiento. Como hemos visto, la normalización implica inevitabilidad, recursividad y mútiples racionalidades que incluyen adaptar y adaptarse al crédito, y a la larga a las condiciones estructurales del capitalismo chileno. Cuando las personas normalizan la deuda, se comprometen con el crédito, actúan con sensatez, de acuerdo con el sentido común, es decir, lo que el colectivo generalmente considera como la forma razonable de actuar. Usar el crédito significa hacer lo necesario para lograr los objetivos en entornos neoliberales como la sociedad chilena. Este sentido común ‘económico’ funciona bajo el supuesto de un enfoque social y cultural de las prácticas económicas, en contra de la posición dominante en la economía sobre la racionalidad económica única de individuos aislados. No es pura lógica de mercado lo que encontramos en las prácticas crediticias, sino un enfoque pragmático para resolver problemas, lidiar con dificultades diarias y alcanzar objetivos.

Analizamos cómo el retail financiero ha podido implementar su ecosistema de crédito y se ha incrustado en la vida cotidiana. Es en este contexto donde la normalización del crédito adquiere el significado de una rutina mundana donde se enmarca el crédito, no un mundo extraordinario de búsqueda incesante de deseos. En esta rutina de reproducción material y sociedad de consumo precaria, no es irracional el uso del crédito, sino que aparece como una opción viable, sensata y de sentido común, que involucra una mixtura de racionalidades de mercado y relacionales y que permite incorporar lecciones aprendidas a través de otros, aunque principalmente por medio de la propia trayectoria de deuda. Las prácticas crediticias y las economías domésticas no se tratan solo de la adquisición de bienes de consumo o de consumismo, sino de integrarse, salir de la pobreza y ser digno.

Disponibilidad de datos depositados

The University of Manchester research.manchester.ac.uk.

Nota

1“El consumo con crédito sano es lo mejor que puede haber. La tarjeta de crédito del comercio es lo mejor que puede pasar. Yo le aseguro que las tarjetas han dado apoyo a la gente que los bancos no atiende”, Horst Paulmann, dueño de Cencosud, uno de los tres principales holdings de la venta al detalle en Chile, en Emol.com, 24 de junio de 2011. (http://www.emol.com/noticias/economia/2011/06/24/488983/paulmann-y-la-polar-es-algo-que-se-sabia-hace-tiempo-en-el-mercado.html) Visitado el 2 de agosto de 2020. 

Comité de Ética y Consentimientos Informados

Esta investigación fue aprobada por el Comité de Ética de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Manchester, y cada una de las entrevistas se hizo con el consentimiento informado de los participantes, quienes firmaron una hoja informativa junto con dar su consentimiento expreso.

This research has the ethics approval provided by the Faculty of Humanities of The University of Manchester. Each interview has its corresponding informed consent, read and signed by each interviewee. They were given an informative sheet together with the informed consent.

Financiamiento

The author wishes to thank the corresponding funding from COES ANID/FONDAP/15130009 Chile and FONDECYT 11200893.

El autor/a desea agradecer el patrocinio y apoyo del Centro de Estudios del Conflicto y la Cohesión Social, COES. ANID/FONDAP/15130009 Chile and FONDECYT 11200893.

Conflicto de intereses

The author has no competing interests to declare.

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